Sábado, 14 de diciembre de 2019

La esperanza

“children forever

singing wreathed with singing

blossoms children of

stone with blossoming - eyes”

 (“niños para siempre/cantan con guirnaldas de cantares /flores niños de/piedra de florecidos - ojos”)
e.e. cummings

La imagen de Yemina, una niña siria de nueve años, que camina sonámbula y hambrienta, sucia y tiritando sobre el barro de Moria, el campamento de refugiados en Lesbos donde sola está viviendo-muriendo, después de que sus padres y su hermano se ahogasen en el estrecho de Mitilene, arrasa las palabras que uno iba a dedicar a otro tema que ya los ojos no pueden mirar. Y uno, seguramente en vano como siempre, intenta conjurar el dolor escribiendo este, como todos, inútil poema:

LA ESPERANZA
Hay un ave escondida en el cuarto más alto
de los cuerpos,
que aparece al nombrar sus enemigos;
la ceremonia exacta de ese rito
es negarle a la muerte sus victorias
y hacer punto final a la tristeza.
La virtud se descuelga derrotada
en el párpado verde de la tarde
mientras crece el confín de la derrota
por los muros mojados de la calle.
De escalón a escalón cada ventana,
donde tienden los hombres sus susurros
y sus renunciaciones,
un herbazal que imita los jardines
es un cuenco de sal.
Hay un ruido de fondo en la calle reseca
y una niña que pasa sin saber que atraviesa
con su pétalo-amor y su inocencia
escenarios que el odio ha pintado hace poco;
viejas muescas del crimen de los enamorados
y hermosuras perdidas hace siglos,
goterones espesos que oscurecen la risa.
Con la vieja certeza de que nada ha cambiado,
existe en la mañana con visillos un trino
de alegría sin embargo
y hay una encrucijada, sí,
y un camino marcado que me llama.
Miro el campo cercano
que ni existe siquiera como entonces,
agotado por humos que la culpa y el tedio
obsequiaron al verde y al olvido
después de tanto afán.
Sin embargo me asomo a la aventura,
imagino un racimo de verano y conjuro así dioses
como adioses,
con esa tibia lejanía que me acerca.
El sol grita allá arriba y me promete
una esperanza envuelta que aparece
como un bálsamo inmenso contra la ira,
mas de principio a fin sé que es embuste
en la boca del tedio tarde a tarde.
Ha cruzado la niña hacia el lado de sombra
donde una mano atenta la esperaba hace siglos
y la deja expectante de lo por venir;
también hay allí bocas que pronuncian
consejos oraciones cataclismos promesas,
que renacen y vuelan y se van consumiendo
en el orbe pequeño de los límites blancos
de su vestido,
que el sol que hace un siglo dibujó en esta calle su juramento,
y parece de nuevo despertar la ternura.
A veces son las tardes las que gritan;
cual cuchillos de voces de murciélagos locos
las quejas se hacen carne y esclavizan
el inmenso mañana de la repetición.
No dejaré que vuelva la derrota
a mi casa y mi calle que es la suya,
ni a mi pupitre el hálito del hambre y de la duda;
me prometo me impongo me consagro,
será mi afán la torre del hermoso castillo
de la felicidad
o la esperanza;
ni dejaré que el monstruo
de un invierno discípulo del tedio
le conquiste el mañana a esa niña que pasa
y que me muestra todas las certezas.
Es el día de los vivos, la jornada de todos,
la barcaza gigante de los sueños forjados
en la noche anterior a esta mañana
surca ya el río;
es el rumor del hombre y sus aristas,
que a su imagen espera madrugadas ardientes
en que el cielo sea azul como el de siempre
y los verdes sean casas y las manos le sirvan
para hacerle la luz a las orillas.
Hay una puerta abierta a la alegría
aunque no sepa dónde;
la hallaré navegando el rosicler y el frío,
reconociendo muros y balcones
como aquéllos;
haré piedra y cristal cada reflejo,
cada ventana abierta y cada muro,
cada voz que me llame y me convoque
un sortilegio blanco de felicidad;
no los gritos oscuros del murciélago infame
de la desolación,
ni la cruda neblina de epitafios,
ni el caliente refugio en que me acecha
la tristeza;
no el clamor de la pena,
ni la prisa del hambre ni la gris celosía
de la lamentación,
sino copas de vida donde un vino cercano
nos prometa que hay luz en la espalda y la frente,
y tal vez allá arriba,
mucho más floreciente que ese sol repetido de promesas
que ya de nada sirve si torna a ser ocaso,
y que se abra al azul por fin el blanco,
y a los verdes el gris y sea de nuevo
un ventanal de vida la certeza,
mientras niñas que pueblan este mundo,
caminen.