Viernes, 13 de diciembre de 2019

Elogio del papel

A la chica de provincias que yo era, Madrid se le quedaba grande y los estudios de periodismo eran una quimera a la que se podía conjurar haciendo revistas de facultad arrimando la pluma y el teclado. Renglón atento a la vida que pasa, pregunta que se lanza al viento, crónica apresurada, columna constante. A la escritora provinciana que yo quiero ser ahora, le sigue siendo fascinante poder contar desde las páginas, la vida que pasa, la gente que regala su talento, la sucesión de una ciudad letrada que siempre ha tenido excepcionales cronistas, inmejorables periodistas culturales -¿No es cierto, Antonio Marcos, Charo Ruano?- y magistrales fotógrafos de calle atentos al devenir de los trabajos y los días. Carne de rotativa, alma de tinta, pulso de obturador.

Es el nuestro un ejercicio de humildad. Cuando yo escribía para el suplemento cultural de Tribuna, mi madre usaba las hojas de periódico para tapar el suelo recién fregado. Ver tu nombre envolviendo una acelga gigante o tapizando el suelo de la jaula del canario no deja de ser una cura contra la vanidad. El periódico en papel se moja, se pisa, se lanza al vuelo como gaviota que aterriza en la papelera, como la página digital desaparece en el limbo del algoritmo, apenas tiene vocación de convertirse en libro, paso rápido por ese facebook que te aprueba sin leerte. El ejercicio del periodismo es el acto de estar ahí, de ser testigo constante e invisible de la vida que pasa, del estreno, el acto, la presentación, en encuentro… allí donde no eres más que un invitado a veces necesario, otras molesto por lo inevitable. Estás ahí, eres el que consigna en un mundo donde todo el mundo hace fotos y comenta la jugada… estás ahí en el lugar privilegiado donde todo sucede y eres tú el que lo cuenta a quienes ya están en otra cosa, a quienes lo único que desean es la constancia de que ellos estuvieron ahí, selfie egocéntrico de una sociedad que es espejo de uno mismo. Ahora periodistas somos todos, y ahí donde no llega el espectador testigo, es porque quienes mandan no quieren que nadie constate la barbarie. La profesión sigue siendo un trabajo de riesgo y los periodistas mueren o son empujados hacia esa zona neutra donde contar mentiras o falsas verdades. Ahí donde no pasa nada.

Enamorada del periodismo y del papel, compruebo cómo van desapareciendo los kioskos multicolores de mis calles. De repente, donde lucían las portadas, ya no hay nada, nada. Leemos el diario por internet y dejamos de pasar las páginas junto a la caña, el café o el pincho. La barra del bar es un espacio letrado de columnas y fotos, donde ver pasar los días. Y ya en casa, la revista satinada, el lujo del color, la carga del suplemento me dejan el disfrute demorado de esa imagen casi irreal. Es el elogio absoluto de la prensa escrita, el placer de la página, la lectura semanal, el goce diario. Amo el periódico y la revista como un Lou Grant benévolo, como un Kane incapaz de manipular. Soy un puñado de páginas volanderas que me devuelven el gusto por el lenguaje, el renglón perfecto, la columna constante. Soy, después de todo, y como dice Elena Poniatowska, periodista, patita de perro, testigo privilegiado que todo lo cuenta.

Charo Alonso.

Fotografía: Fernando Sánchez Gómez.