Viernes, 13 de diciembre de 2019

La fiesta de Santa Cecilia en el Conservatorio Profesional de Salamanca

Cualquier ciudad alberga en su seno muchas o varias ciudades. También Salamanca. Esta es la reflexión que me venía después de haber seguido la maravillosa Fiesta de Santa Cecilia el pasado viernes en el Conservatorio Profesional. La verdad es que uno no está acostumbrado a presenciar y vivir el funcionamiento de una institución (y además pública) como un conjunto de individuos creativos y bien organizados: que durante tres horas un numeroso grupo de alumnos, de profesores, de técnicos, muestren su buen hacer y eficaz comportamiento con generosidad y alto nivel artístico, es, desgraciadamente, una excepción en el panorama de las instituciones actuales españolas, públicas y privadas.

Pero la existencia de centros como este Conservatorio es una gran noticia, pues echa al traste el pesimismo radical sobre la imposibilidad de que los españoles nos organicemos bien, amemos nuestro trabajo y disfrutemos con las cosas bien hechas.

Todos sabemos que muchos aspectos de esta ciudad del Tormes no funcionan o tienen excesivos errores o déficits: la sanidad pública, el crecimiento económico, la calidad del medio ambiente, algunas instituciones universitarias, tienen un bajo nivel.

¿Qué es lo que decide  que algunos grupos e instituciones funcionen con creatividad, energía y productividad y otros más numerosos no terminen nunca de funcionar? El factor humano (además de factores  económicos básicos). Lo observamos diariamente: en Salamanca hay  bares, cafeterías, algunas tiendas y negocios que marchan bien, tienen un largo pasado y posiblemente futuro; hay numerosos negocios muy similares a los primeros que no cuajan, cierran unos meses después de su apertura, nunca han tenido un momento cumbre.

Algunas instituciones culturales públicas o municipales han tenido una etapa de positivo funcionamiento y después, da la impresión de que una inercia colectiva las empuja a volver a niveles de existencia deficientes o básicos.

Hace más de veinte años que conozco el funcionamiento del Conservatorio Profesional. Desde el principio he contemplado y vivido una institución de enseñanza, que además de trasmitir la materia que le da identidad, la música, trasmite a los alumnos esos factores que deciden el éxito de un proyecto: el placer del trabajo bien hecho, la necesaria disciplina de horarios, pruebas y trabajo en equipo, el sentimiento de que el futuro depende de todos, de profesores, alumnos, personal auxiliar.

Muchos grupos de muy diversa naturaleza que muestran una vida y un desarrollo  “a trompicones”  deberían mirar esos grupos que funcionan con éxito. Deberían observarlos sin envidia, sino con la humildad suficiente para aprender a trabajar bien, a disfrutar de lo creado, a ser útiles a los demás, no solo a perseguir ciega y exclusivamente beneficios económicos, que, además, la mayoría de las veces no consiguen.