Martes, 10 de diciembre de 2019

Un reino para todos

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Cristo es rey del universo. El reino que predica es para todos que aceptan la invitación a la fiesta. El que se decide por la novedad de Jesús sólo debe mirar hacia adelante; el pasado quedó atrás. La opción por seguir a Jesús no puede quedar a medio camino . El reinado de Dios se parece a la levadura que acaba por fermentarlo todo (Lc 13,21);  es como una pequeña semilla que se va desarrollando poco a poco, pero con firmeza (Mc 4,30-35); semilla buena, pero que por ahora crece junto a la mala hierba (Mc 13,24-30). Este crecimiento del reino se realiza continuamente a través de los pequeños triunfos de liberación que se efectúan a través de la historia.

El reino de Dios es un proceso que empieza en la historia y que acabará en la escatología final. Jesús anuncia un triunfo final, pero ese triunfo se va anticipando en la historia concreta de cada día. Por ello a cada liberación parcial realizada en la historia se le abre el horizonte del triunfo total, cuando el reinado de Dios haya llegado a su plenitud. El Reino de Dios ya está en medio de nosotros, pero todavía no se ha completado su construcción. El reino que predica Jesús no es el reino del poder. Cuando el diablo le ofreció el poder terreno, él rehusó en seguida; cuando el pueblo quiso nombrarlo rey, él huyó hacia el monte; cuando Pilato le preguntó si él era rey, Jesús le contestó que él no era rey de este mundo. Los más importantes en el Reino son los niños y los que se hacen como niños (Lc 9,46-48).

El reino de Dios jamás se identifica con las estructuras del mundo, pero está en este metido dentro de este mundo. Dios quiere llevar la historia a su plenitud: hacer la unidad del universo por medio del Mesías, de lo terrestre y de lo celestial. Todo ha de quedar sometido a Cristo. Dios reinará como Padre verdadero y Jesús resucitado, nuestro hermano, será todo en todos. Es esta una esperanza inquebrantable, incapaz de defraudarnos La plenitud del reino es una magnífica esperanza (2Ts 2,17), pues estaremos siempre con el Señor; el creyente aguarda un cielo nuevo y una tierra nueva en los que habite la justicia (2P 3,13).

El reino no se impone, sino que crece en medio de la libertad de quien se abre a él y lo acoge y sus comienzos son imperceptibles y tan pequeño como un grano de mostaza y la fermentación suave que produce la levadura; crece desde la sencillez, desde el aquel que cree, espera y ama y tiene paciencia. Habiéndole preguntado unos fariseos cuándo llegaría el Reino de Dios, les respondió que la llegada del reinado de Dios no está sujeta a cálculo, ni podrán decir míralo aquí o allí, porque el Reino de Dios está dentro de vosotros (Lc 17,20-21). El crecimiento en el Reino es lento.

La Iglesia tiene que anunciar y hacer presente el reino de Dios entre los seres humanos. Según palabras del Concilio Vaticano II, ella constituye en la tierra el germen y el principio del reino (L.G. 5). Este reino, sin ser una realidad desligable de la Iglesia, trasciende sus límites visibles, porque se da en cierto modo dondequiera que Dios esté reinando mediante su gracia y su amor (Puebla 226).