Sábado, 14 de diciembre de 2019

Carlos I rey de España el Emperador (1516-1556)

Nació Carlos en Flandes en 1500 como primogénito de Felipe el Hermoso y de Juana la Loca y heredero de Castilla, Aragón, Navarra, las posesiones italianas, las norteafricanas y las Indias; sur de Alemania, Austria, Países Bajos y el Franco Condado. El título de emperador apenas tenía valor, y los ingresos y el poder procedían de sus reinos, especialmente de Castilla. Su coronación como emperador provocó la guerra de las Comunidades en Castilla y de las germanías en Valencia y Mallorca. Pacificados los reinos la monarquía y la aristocracia salieron fortalecidas de ambas revueltas.

En Castilla las Cortes se convirtieron en una institución sumisa que fue convocada en contadas ocasiones. Los corregidores[1] retornaron a las ciudades y los nobles, ante el temor de nuevos levantamientos, buscaron el apoyo de la corona, se atrincheraron en sus privilegios y se convirtieron en fieles aliados del rey. Carlos I aprendió castellano, integró a la alta nobleza en el gobierno y se casó con su prima, Isabel de Portugal, madre del rey Felipe II.

Sujetos los reinos hispanos Carlos V pudo ejercer de emperador supeditando los intereses españoles al sueño imperial de los Habsburgo. La idea medieval, afianzada por los Reyes Católicos, por la que los pueblos cristianos de la península Ibérica constituían el Quinto Reino de Dios reconocida por el papado y a la que sus habitantes tenían conciencia de pertenecer, desapareció con Carlos I y fue sustituida por el sentimiento de formar parte de unos territorios más amplios repartidos por Europa, que coparticipaban de la Monarquía Católica y del Imperio Universal que tenía tres objetivos; mantener a sus vasallos unidos bajo la autoridad del Papa y el liderazgo de los Habsburgo, detener la expansión del Islam y defender el enorme patrimonio heredado. Para conseguirlo Carlos tuvo que entrar en guerra contra el rey  de Francia (victoria de Pavía en 1525), el imperio otomano y los príncipes alemanes protestantes. El ejército imperial contó con los tercios españoles, unidades de infantería compuestas por mercenarios -como todos los ejércitos de la época- cuyo valor y estrategia militar se demostraron muy eficaces, si bien exigieron una financiación que sólo fue posible mantener con la sangre de Castilla, el saqueo de sus recursos y el oro y la plata llegados desde las Indias.

En octubre del año 1555 el emperador, caído de tanta soledad, le entregó a su hijo Felipe de veintinueve años la corona de los Países Bajos. El futuro Felipe II, viudo y con un hijo, se había casado en segundas nupcias hacía dos años con María Tudor reina de Inglaterra, Bloody Mary[2] para los ingleses por las muchas condenas al tormento y a la hoguera de los disidentes religiosos.

Tres meses más tarde, en enero de 1556, terminó de entregarle su patrimonio en España, Italia y las Indias. Los derechos imperiales, la herencia austriaca y un porvenir azaroso se los cedió a su hermano Fernando, retirándose al monasterio de los jerónimos en Yuste, a aprender a vengarse con olvidos.

[1] Alcalde mayor y gobernador nombrado por el rey. Sus funciones eran económicas, judiciales y gubernativas. Controlaba a las autoridades locales.

[2] María Sangrienta.