Viernes, 13 de diciembre de 2019

Vicente de la Calle, servicial, no servil

El acto, organizado por la Federación de Peñas Taurinas Helmántica, tuvo lugar ayer viernes, en el Centro de Documentación Histórica. Y es cierto, Vicente de la Calle es historia viva, protagonista de la argamasa que sostiene sin desgarros este edificio que llamamos fiesta de los toros, espectáculo taurino, tauromaquia, corrida de toros, llámenlo como quieran. Vicente va en silla de ruedas porque el otro día se cayó y se hizo daño en una pierna, pero el caso es circunstancial.

Él sigue de pie, aunque a veces no sabe dónde está. Normal, el baqueteo de la vida, que llaman, el deterioro físico. “Mi padre, decía ayer Álvaro, su hijo, matador de toros, aguantaba dos días al volante”. Fue chófer, entre otras muchas cosas, de cuadrillas. Esta piel de toro taurina se la sabe de memoria, no tiene recovecos para este hombre enjuto de cuerpo y mirada lánguida. Servir, servir, servir…es el verbo que caracterizó la vida de Vicente. Al jefe (empresario), al torero (mozo de espadas), al público (taquillas).

 Tanto servir bien y honestamente que en muchas ocasiones no obtuvo viceversa, no encontró respuesta merecida y fue tratado, estoy seguro, con la displicencia que encarna la soberbia, la vanidad, la arrogancia y la altanería de quien tiene el poder y la sartén por el mango. Vicente fue servicial no servil y lleva en su carácter prendida esa humildad que caracteriza a las buenas personas. Pero los suburbios del toro son, de inmediato, espacios hostiles de navajeo y guerras de poder, pulsaciones de constantes refriegas en busca del dinero, la fama y el favor de los públicos. Personajes grises que anteponen su dinero (que a veces lo tienen por castigo), que son ajenos a la ceremonia más cabal y pura del toreo, pero que están faltos de prestigio o reconocimiento social. Y en el toro encuentran ese atajo con los billetes como necesario lubricante. Ese es el mundo en que bregó Vicente y en  el que batallan sus hijos hoy.

 El acto de ayer fue hermoso porque ganó la emoción del homenaje a una persona, a una familia querida en Salamanca (Juan Vicente, administrador taurino de reputada valía y Álvaro, torero que espera con fe) y porque tuvo un punto didáctico al reivindicar algo que apenas conoce el grueso del respetable: el trabajo laborioso, responsable e imprescindible de estos “mecánicos de alto standig”, fundamentales para que el espectáculo sea una realidad y podamos disfrutarlo con toda su brillantez.

 Por lo demás, tierno, dulce, cariñoso, amoroso…los nietos de Vicente  hicieron del acto un adelanto navideño que nos emocionó a todos.