Viernes, 13 de diciembre de 2019

Amar la verdad

Sí, querría que me devolvieran a esa época cuando los cuentos comenzaban -Había una vez- y, con la fe absoluta de los niños, uno era elevado a una misteriosa realidad”.

Ernesto Sábato

 

Nos gustan las historias maravillosas por excitar la fibra de un antiguo instinto casi prenatal de curiosidad y de asombro”

Gilbert K. Chesterton

Cada tercer jueves del mes de noviembre, se celebra el Día de la filosofía, saber muy necesario en estos tiempos convulsos, sobre todo para los más jóvenes. Es necesario estimular el pensamiento crítico e independiente y poder trabajar en aras de un mejor entendimiento del mundo, promoviendo la paz y la tolerancia. La filosofía es fundamental para construir un mundo más habitable, más libre, más justo.

En estos tiempos de crisis, no solo nos aturde el consumismo y la indiferencia, también el fuerte invierno democrático que se cierne en la vieja Europa y que alarga su sombra más allá del Atlántico, donde el autoritarismo y el racismo parecen romper la brújula de la razón. Si falta el pensamiento, la acción deja de ser transformadora, queda aletargada en la desesperanza y pasa por alto ante el dolor y las víctimas de tantos necesitados que se acercan cruzando los mares y las fronteras buscando un futuro mejor.

Fugitivos de las bombas y del hambre, portadores de la desesperación, su esperanza chocará con el rechazo de muchos, ya que estamos creando un nuevo tipo de ser humano, “seres sin mundo” en la figura del refugiado, como nos recordaba H. Arendt. Hostigados de país en país, los refugiados representan la vanguardia de los pueblos más desprotegidos, necesitan el coraje de seguir viviendo en ausencia de mundo, en medio de una humanidad que se encoje de hombros. No podemos ser indiferentes y claudicar desde la verdad, ante las nuevas esclavitudes del contrabando de inmigrantes y la trata de seres humanos, fruto de unos sistemas socioeconómicos nefastos e injustos.

El filósofo y el pensador deben anhelar la búsqueda de la verdad, aunque regresen con las manos vacías, buscar la verdad y proponerla. El amor a la verdad siempre va acompañado de mucha humildad (Simone Weil). Pero el pensar no es tarea fácil, hilvanar el pensamiento es un proceso arduo y laborioso, se requiere habitar el silencio y desvelar el pensamiento desde la reflexión más allá de la mera opinión. La verdad siempre tiende a ocultarse y hay que aprender a buscarla, pero sobre todo amarla. Es el amor a la verdad el camino que nos aparta de los convencionalismos y nos ayuda a librarnos de las esclavitudes.

Para poder ahondar en la verdad, debemos recuperar el asombro. Aristóteles declaraba al comienzo de su Metafísica que “por el asombro comenzaron los hombres, ahora y en un principio, a filosofar” . El asombro es lo que da sentido a la rutina, es la puerta del descubrimiento y, el descubrimiento sabiamente saboreado nos ayuda a profundizar en la vida y a vivirla con más plenitud. El asombro se despierta desde una mirada honda, raíz de lo auténtico, origen de la verdadera filosofía.  El asombro precede a la pregunta por todo lo que nos rodea: ¿Qué puedo saber? ¿Qué debo hacer? ¿Qué me cabe esperar? ¿Qué es el hombre?.

En el fondo de la pregunta está la búsqueda de sentido, parte esencial de nuestro ser en el mundo, así nos lo proponía Platón en su Apología de Sócrates: “Una vida sin búsqueda no merece vivirse”. Todas las preguntas serias participan de esta exigencia radical, de una manera u otra, expresan la interrogación de fondo sobre el sentido último de la existencia, las opciones decisivas, los valores que podemos buscar.

La filosofía y el pensamiento no solo son necesarios en las aulas, es primordial que no dormiten en el limbo de la cotidianidad, aletargada en las rutinas y, que sean la voz crítica desde las grandes preguntas. Es necesario levantar la voz en medio de las sinrazones egoístas y narcisistas de tanta política mediocre que no respeta la dignidad y los derechos de los más desfavorecidos. La filosofía, al igual que el buen pensamiento, es acertar en lo importante (G. Amengual).

En estos tiempos oscuros para la filosofía y las humanidades, nuestro mundo preocupado por la economía y por la técnica, no quiere la profundidad y la hondura crítica, sino un modo refinado de dominio, una forma silenciosa de ajuste interior. Nuestra sociedad despliega toda una serie de individuos pasivos que consumen emociones, convirtiendo al ser humano en cosa, en consumidor compulsivo, mercantilizando las relaciones humanas. El ser humano se está replegando a la enfermedad de la indiferencia o del cansancio que no le deja pensar, no le deja buscar la verdad, arrinconándolo en un hondo vacío existencial.

Horkheimer, en su Crítica de la Razón instrumental, reconocía que “los avances en el ámbito de los medios técnicos se ven acompañados de un proceso de deshumanización. El progreso amenaza con destruir el objetivo que estaba llamado a realizar: la idea del hombre. Benjamin dejó constancia de la ambigüedad radical del concepto de progreso, la barbarie, en general, y el fascismo, en particular, no son lo opuesto al progreso sino una de sus posibilidades. Esa fatal posibilidad es para la víctima, la norma.  Kafka capta anticipadamente la reducción fascista del hombre, donde el individuo pierde todo el valor y sólo queda reducido a mera expresión de poder.

La sociedad es cada vez más compleja, y en ella, los problemas aparecen en cualquier esquina del mundo, valorándose, por encima de todo, la productividad, la eficacia y la rentabilidad económica. Esta razón instrumental y utilitarista, amenaza los valores de los individuos y de las sociedades, diluyendo los criterios para distinguir lo que se debe de lo que no se debe hacer, lo que es prioritario de lo que es secundario. En la raíz de la actual crisis de nuestras sociedades occidentales se encuentra la adopción de un modelo mecánico de la solidaridad, donde el concepto ético de virtud ha sido sustituido por la noción pragmática de eficacia.

El hombre es esencialmente relación, encuentro con el otro para enriquecerse (M. Buber). Para vivir en plenitud hay que aprender a relacionarse con las cosas, con las personas y el misterio: a través del arte, del amor y de la trascendencia. No podemos claudicar del pensamiento, ya que vivimos tiempos de incertidumbre y de ceguera moral. Debemos apostar por la creatividad y la solidaridad, levantar la esperanza y reconstruir el amor, la amistad y la lealtad, sin las cuales nada bueno se había desarrollado en la humanidad.