Martes, 10 de diciembre de 2019

Miguel Grande (en memoria)

            “Los muertos se van en fila india” indica un adagio de Julien Green, pero de raigambre tan popular, para advertir cómo el existir de todos constituye –pese a lo maravilloso que es y tendría que ser– una imperceptible hilera que termina en la muerte, como paso hacia no sabemos qué misterio.

            Digo esto a raíz de que, hace ya varias semanas, se nos acaba de marchar Miguel Grande, maestro, educador y profesor salmantino, oriundo de Sepulcro Hilario. Un hombre entregado y convencido de la importancia de la educación y de cómo, en nuestra tierra, en esta meseta vacía, vaciada, despoblada, desatendida…, la escuela rural tendría que ser un elemento de cohesión y mantenimiento de nuestra tierra. Pero ¿dónde están los niños?

            Miguel Grande es autor de un libro en el que plantea esa importancia de la escuela rural, titulado ‘La escuela rural. Situación educativa en el medio rural castellano-leonés (niveles básicos)’, publicado en 1980, por la Editorial Escuela Popular, en Salamanca.

            Miguel Grande fue uno de los luchadores por la mejora de la educación y de la escuela rural; fue uno de los dinamizadores de los Colegios Rurales Agrupados; desarrolló una importante labor sindical; formaba parte del Consejo Escolar de Castilla y León; desarrolló una entregada labor universitaria; fue un defensor entusiasta y consecuente de la enseñanza pública…

            Sí, todo eso lo fue Miguel Grande. No es el momento, sin embargo, de subrayar currículo alguno de un personaje bien conocido en el ámbito educativo tanto salmantino, como castellano-leonés.

            Su trayectoria vital está ahí, ya cerrada y cumplida. Para ejemplo de todos. Fue, sobre todo, una persona entregada, generosa, laboriosa, que entregó su existir en la mejora de una sociedad como la nuestra, tantas veces ramplona, mezquina, individualista, donde los logros sociales y para todos no importan mucho. A Miguel Grande sí que le importaban, de ahí su entrega y su labor.

            Además, como buen salmantino, de origen rural, campesino y humilde, era un hombre sobrio y austero. Y su labor merece la pena que la tengamos en cuenta, pues desarrolló una vida al servicio de todos, nunca para sí mismo ni para los suyos solamente, sino en pro del bien común, de la mejora de la educación, de su dignificación en el mundo rural, del que él procedía, del que muchos procedemos.

            Estas líneas quieren rendir un sencillo homenaje a un español de bien, en la estela ilustrada de una vida entregada a la mejora de la sociedad, del país, de nuestro país. Y aquí recordamos también, y lo asociamos con Miguel Grande, a aquel otro maestro entregado que fuera Bonifacio Rivas Portal, que se nos fuera también antes de tiempo.

José Luis Puerto