Jueves, 21 de noviembre de 2019

La caída del Muro

 

Había sido un jueves tranquilo y  al comenzar la noche de hoy, nueve de noviembre, del año 1989  por una serie de malentendidos cientos y miles de berlineses del este se agolparon en los checkpoints, en los puestos de control para pasar al otro lado del Muro. Los guardias se vieron desbordados y por un vacío de mando y de previsión acabaron por dejarlos pasar. Miles de ciudadanos del este comunista lo habían intentado antes desde hacía veintiocho años y cientos habían muerto en el intento. Y Berlín se convirtió en una fiesta de libertad.

Al pensar hoy, sábado, en la noche que viene  y lo que sucedió en ella hace treinta años, es inevitable repasar los muros de hoy que siguen sin caer. Hemos levantado muros frente a migrantes, muros de raza y de etnia, muros de riqueza y pobreza, muros de religiones e ideologías, muros de supuestos buenos y malos, muros de defensa frente a lo que amenaza real o supuestamente. Y este levantamiento o conservación de muros actuales no cesa y su proceso está perfectamente asentado, con el agravante de que casi siempre los ampara la ley de cada país o de cada grupo. Y los de hoy son más altos y mejor defendidos, en general, que aquel muro de cemento, mampostería y alambradas que atravesaba Berlín y que acabó cayendo en una noche como la de hoy.

Todavía impresiona en la actualidad ver en Berlín los restos, los límites y los mapas ante los que no se puede pasar sin cierta emoción. Sin embargo ante muros de hoy que en un sentido bien cierto parecerían más violentos y más ostentosamente injustos nos quedamos tan tranquilos como si no existieran o no tuviéramos que ver con ellos. No se nota implicación gubernamental ni intervención popular ni indignación o protesta de los ciudadanos ante ninguno de esos muros que antes he puesto en la lista. Tranquilos, los muros nos protegen.

Incluso hablando de la Iglesia Católica, por poner un ejemplo de una institución “universal” (que eso es “católica” en castellano) el Papa recordaba hace unos días lo que ya había dicho públicamente hace años en el Concilio el Cardenal Hume, primado de Inglaterra, cuando aclaró que la Iglesia no debe parecerse a un castillo con sus murallas y sus defensores sino a una tienda de campaña levantada en la calle para que entre cualquiera que pase o salga cualquiera que lo desee. La imagen es vigorosa y supongo que ese desafío nos supera hoy a los católicos, a pesar de las repetidas invitaciones del papa Francisco a ponernos “en salida” y “salir a la calle”. Demasiados muros defensivos todavía.

Valgan estas líneas y estos pensamientos como  recuerdo de aquel muro de Berlín que fue construido en una noche y que en otra, veintiocho años más tarde, fue atravesado y al día siguiente demolido. Está claro que torres más altas han caído y si despertáramos del sueño seríamos capaces de echar abajo la mayor parte de los muros que nos separan. ¡A por ellos!  Y qué maravilla de mundo estaríamos levantando…