Miércoles, 20 de noviembre de 2019

A la luz de las velas

Desde siempre le había gustado la tradición oral de su país. Recordaba a sus abuelos, rodeados de toda su familia, contando historias en largas sesiones que duraban hasta el incipiente amanecer. Eran muchas las leyendas que se desarrollaban en aquellas interminables noches de infancia a la luz de las velas. Siempre un cirio más que los cuentos que iban a ser narrados. Al acabar cada uno de ellos, apagaban una de las luces, creando una progresiva penumbra, quedando al final una sola candelita encendida.

Las historias hablaban constantemente de monstruos, demonios, fantasmas, criaturas espectrales, animales hechizados, zombis, posesiones maléficas, almas perturbadas, espíritus malévolos que rezumaban sobre las personas su mala suerte, su encantamiento, su bífida lengua, sus afiladas armas… Historias escalofriantes, mitos ancestrales, ritos atávicos, hechizos inventados deambulando entre los personajes, traspasando el finísimo velo hacia la realidad o hacia la fantasía… auténticos horrores que erizaban el vello.

Recordaría siempre aquella sensación de escalofrío constante que tenía en ese tiempo. Ese miedo atroz que sentía cuando las voces de sus mayores iban desgranando cada historia, siempre espeluznante, siempre de desasosiego feroz, ese imaginar cada una de las cosas que iban pasando, con el corazón acelerado, bombeando a la espera del aún más terrorífico final.

Con el tiempo, aquella tradición se fue perdiendo en el seno de su familia. Los ancianos, ya fallecidos, habían dejado paso, sin saberlo, a otras formas de entretenimiento y diversión mucho más occidentalizadas.

A medida que iba haciéndose mayor, echaba más en falta aquellas largas e inquietantes veladas. Así que, en su etapa de adolescencia, utilizaba gran parte de su tiempo transcribiendo aquellos relatos que había escuchado desde niño bajo la luz de las llamas oscilantes.

Posteriormente, se dedicó a recopilar otras tradiciones similares, fundamentalmente de su país… y poco a poco de otros lugares. Incluso, especializándose en literatura en la Universidad, empezó a crear historias cada vez más escalofriantes.

Lo que más le gustaba de toda su asignatura, era que llegaran las fechas que anualmente dedicaban a los relatos de miedo. Invitaba a su alumnado a leer en alto algunas de esas historias a la luz de las velas. El corazón aceleraba su pulso. Realizaba con sumo cuidado los preparativos. Iba reproduciendo el ritual que había vivido de niño: tras cada relato, se apagaba una luz. Y así se desarrollaba la lectura.

Sus alumnos se estremecían de desasosiego tras cada narración. Les recorría algo parecido al agua helada por la columna vertebral. La sangre se les quedaba paralizada en las venas. La piel se electrizaba.

Uno de los días, cuando ya solo quedaba la última candela, los estudiantes permanecían aún sentados tras el estupor que les habían producido los relatos. Él se incorporó desde su sillón para dar por terminada la clase. En ese momento cayó algo de su cartera y sonó un ruido metálico sobre la tarima. Un alumno se acercó a recogerle el objeto, mientras una chica se dirigía a encender las luces del aula. Cuál sería la sorpresa de todos al observar que aquel utensilio era una daga, que produjo un corte en la mano del chico, pues estaba afilada como un estilete.

Todos se acercaron a ayudar al compañero lesionado, vieron el alcance de la herida, y algunos le acompañaron a hacerse una cura mientras los demás salían comentando los relatos y el último hecho.

El profesor recogió sus cosas con la misma meticulosidad de siempre, con la misma parsimonia, con el mismo orden obsesivo. Limpió impecablemente su daga de la sangre del chico con unos pañuelos de papel que dobló con sumo cuidado hasta que sólo se veía su parte blanca. Se dirigió lentamente hacia la salida. Apagó las luces. Cerró la puerta.

Al salir de allí, sintió el frío de la noche. El viento que se había levantado movía ligeramente su pelo. Sus pasos sonaban en la penumbra como crujidos. Retumbaban en aquel silencio sepulcral.

Carraspeó ligeramente. Sonrió hacia un lado con sarcasmo. Sus ojos rápidamente comenzaron a enrojecer y se llenaron de intensas venas…