Lunes, 9 de diciembre de 2019

Los diputados, unos desconocidos

Os traigo dos ejemplos, que pueden ser hasta mil, para que comparéis la acción de nuestros diputados y senadores hoy, con los que fueron en otro tiempo, en que los diputados y senadores provinciales estaban pendientes de lo que sucedía y necesitaba cada pueblo y del servicio que debían prestar como su representante en el Estado.

“El 10 de agosto de 1861, Isabel II, en San Sebastián, promulgó un decreto por el cual nombraba a Macotera villa a instancias del diputado por la demarcación de Peñaranda de Bracamonte, don Francisco Millán y Caro”.

“Septiembre de 1903. El Ayuntamiento de Macotera ha recurrido al Ministerio de Agricultura en súplica de que se le conceda, por cuenta del Estado, la construcción de un puente sobre el río Almar, al sitio de San Pedro, que une el camino vecinal con la estación de ferrocarril.

Para dar mayor impulso a sus trabajos, han abierto una suscripción popular a la que han contribuido en primer término el diputado a Cortes por este distrito, don Santiago Udaeta y el senador del reino, señor marqués de Ivanrey, suscribiéndose cada uno con 500 pesetas…”

 

Y como me gusta informarme de la situación, pregunté a un grupo de señores, que compartían palabra en un banco, si conocían el nombre de alguno de los diputados y senadores por Salamanca, y todos, con un gesto del labio inferior, me respondieron que ni idea. Y yo casi estoy seguro de que los diputados y senadores por Salamanca ni conocen el nombre de muchos de los pueblos de la provincia y, mucho menos, cuáles son los problemas más acuciantes de cada uno. Y el caso es que la gente vota por inercia, porque es un deber, como lo es pagar la contribución y el agua. Y saben que existe el presidente de la diputación, porque se presentó en la fiesta del pueblo o a inaugurar el Ayuntamiento o un tramo de carretera o un centro de médico…, o a tomar unos pinchos, que, para esto, también hay ocasión. Y muchos no se explican por qué ese señor o algún diputado que se cae, va inaugurar algo, porque, en realidad, quienes deben ponerlo en funcionamiento son los propios vecinos, que son quienes pagan la obra; y, para más inri, es que hay que agradecérselo como si fuera todo un gesto de generosidad o magnanimidad por su parte.

Y como un paisano más, me interrogo: ¿Qué hace, entonces, un diputado y un senador, si, por la provincia, no mueve un dedo?

Hombre, no exageres. Así ocurre en la vida: todo evoluciona; antes el diputado servía al pueblo, a su gente, y se mojaba, porque era su deber; en cambio, hoy, los diputados y senadores dependen del partido, y su quehacer está en cumplir lo que les ordenan. Es como un muchacho de los recados: les dicen tú a la comisión equis, aunque no tenga ni idea, pero no te salgas del guion; y, tú, buen mozo, al Congreso, y quietecito; y si te aburres, puedes hacer lo que quieras, pero, atento al dedo del sí, del no o de la abstención.

La lealtad bien vale un plato de lentejas.