Martes, 12 de noviembre de 2019

Salamanca diócesis vaciada

La situación de la España vaciada está teniendo su reflejo propio en la iglesia diocesana “vaciada”

Actualidad Diocesana

En los últimos tiempos se difunde con resultados de éxito la frase de la “España vaciada”, haciendo alusión a la realidad de la despoblación general, y especialmente la de algunas zonas, con lo cual se plantea una inconcebible situación de futuro para dichas regiones.

La situación puede tener traslación, con efectos similares o paralelos, a la Iglesia católica y a otras iglesias o religiones. Desde luego, en la Iglesia católica se observa una seria y razonable preocupación ante la realidad actual y una creciente preocupación de cara a las previsiones de futuro.

Nadie ignora, y en especial los que han vivido ya más de medio siglo, los profundos cambios que se han ido produciendo a lo largo de los cincuenta últimos años, desde aquellas iglesias repletas de fieles, o que al menos se constituían con parroquias de abundantes feligreses, hasta las actuales iglesias o celebraciones de personas dispersas en los bancos de las iglesias, y constituidas por personas de pelo blanco o de brillantes calvas.

Es verdad que hace cincuenta años estábamos en una situación de cristianismo sociológico y vigilado, en que los no asistentes a las celebraciones eran señalados con el dedo. Pero realmente había abundante feligresía que se hacía presente en los acontecimientos religiosos y que estaba constituida por abundante gente joven y catequesis de niños que llenaban templos o salones de formación pastoral.

Había, y era lo normal, familias con abundantes hijos de cuatro, seis y hasta de veinte vástagos familiares. Lo cual, evidentemente, contrasta con las actuales familias o parejas que no tienen un solo hijo, o se conforman a lo sumo con uno o dos retoños sucesorios.

Al interior de la Iglesia, lo que preocupa especialmente hoy, por la falta de vocaciones sacerdotales, es cómo se podrán atender en el futuro las abundantes parroquias de la diócesis salmantina. Baste un dato clarificador que ya estamos sintiendo y comprobando especialmente en nuestros pueblos, donde un solo sacerdote tiene que atender ocho, diez o más núcleos parroquiales.

¿Cómo se podrá atender a cuatrocientas parroquias diocesanas nominales por el número actual de unos cuarenta sacerdotes, la mayoría de ellos de edad madura e incluso avanzada, y que, lógicamente, irán disminuyendo en los próximos años, correspondiéndoles ya ahora diez parroquias a cada uno?

Claro que, si los pueblos van quedándose vacíos de personas, poco habrá que atender en esas parroquias, pero cada parroquia quiere seguir teniendo su propio sacerdote y sus mismas misas, bodas, comuniones, etc. que han tenido tradicionalmente. Quieren seguir teniendo las mismas misas y en las mismas horas centrales del día, que les permita levantarse tarde, remudarse convenientemente y pasar por el bar, si lo hay, para tomar el aperitivo antes de la comida familiar dominical. Aunque luego aparezcan en la celebración cuatro o seis personas en el mejor de los casos.

De hecho, la asistencia a los actos religiosos va quedándose reducida a la celebración de las fiestas, a la recepción de los sacramentos, primera comunión y otros, y sobre todo la abundante asistencia a los funerales, no por el sentido religioso sino por el cumplimiento social o el cabezazo ante los familiares del muerto al final de la misa, a la que quizá ni siquiera han asistido.

Vemos, pues, la difícil adecuación entre los sacerdotes que han de atender las parroquias, y las aspiraciones de atención puntual que los fieles piden a sus pastores. En consecuencia, la situación de la España vaciada está teniendo su reflejo propio en la manifestación de la iglesia diocesana “vaciada”.

Y eso sin aludir al otro fenómeno, notable en los últimos tiempos, de los conventos de monjas que quedan vacíos, y cuyos edificios se ven reducidos a simple objeto de turismo.