Martes, 12 de noviembre de 2019

La consumación de la democracia

            Entre los peores vicios que pueden adornar a las personas en general, y a los políticos en particular, figura el cinismo y la insolencia; es decir, tener el descaro de mentir, a sabiendas de lo que se está haciendo, y recrearse en la suerte, olvidándose de algo que se llama vergüenza torera y, por si no fuera suficiente, burlarse de quien ose criticar tal depravación.

            Ya es triste que los ciudadanos de a pie tengamos que admitir como cierta la teoría según la cual la mayoría de políticos son una especie que miente más que los demás; situación que alcanza su máxima expresión en campaña electoral. Si a estos antecedentes unimos la circunstancia de que las campañas electorales no suelen tener ni principio ni fin, llegaremos a la conclusión que el denominado político cínico pasea su desfachatez en todo momento.

            Como estamos en campaña electoral continuada desde 2018, nuestro particular presidente en funciones está batiendo todos los registros de desprecio a los españoles. Sin embargo, y a juzgar por lo que apuntan las encuestas, todo parece indicar que su estado mayor no acaba de encontrar la fórmula mágica que convierta en votos sus pretendidas medidas mágicas capaces de dar la vuelta a la tortilla. No importa. Cualquier fallo en el sistema pone en marcha la imaginación del pasmo de la Moncloa a quien le falta tiempo para remediar el error y encontrar un antídoto más eficaz, nada importa si es o no el más honesto.

            Entre los problemas más serios que actualmente amenazan a España, figuran, por derecho propio, la gravedad de la situación en Cataluña y lo delicado de nuestra situación económica. Decir que cualquiera de los dos preocupa a Pedro Sánchez es no haberle conocido todavía. Él sí conoce la gravedad de los problemas, pero también sabe que toda medida que adopte para tratar de reconducir la situación le restaría votos el 10-N, y eso es sagrado. Por nada del mundo sería capaz de agarrar al toro por los cuernos. ¿Entonces? Hay que echarle cara, y para eso ha demostrado fehacientemente su habilidad el doctor cum laude. Que nadie espere una postura inflexible con la legalidad ni medidas que reconduzcan nuestro déficit y nuestra deuda. Se podrá pontificar en mítines y comunicados, pero la realidad siempre discurrirá en sentido contrario.

            Cuando han salido a la luz los datos de la EPA y Bruselas tira de las orejas al gobierno de España por presentar un presupuesto -previamente “afeitado”- que incumple claramente los límites del déficit y el gasto público marcados por el Consejo, el mago en funciones pone en marcha la maquinaria “arreglalotodo” y se saca del sombrero la exhumación de Franco. Nada que objetar ante el cumplimiento de una decisión aprobada por una amplia mayoría del Congreso de Diputados el 13 de septiembre de 2018, si no fuera por el momento y la forma. Si el gobierno hubiera puesto la mitad de empeño en solucionar los problemas urgentes que amenazan el futuro de los españoles como la celeridad demostrada para desenterrara Franco, es muy posible que, en estos momentos, las expectativas de intención de voto en las urnas del PSOE fueran muy distintas a las actuales. Aprovechar el bache que reflejan las encuestas para distraer al personal puede resultar contraproducente. Se ha bordeado el límite de lo legal sometiendo a la Justicia a presiones nunca imaginadas. Pedro Sánchez podrá decir que respeta al poder judicial. Es posible, pero también lo es que se haya valido de los equilibrios realizados por algunos jueces que han sabido nadar y guardar la ropa para auparle a la Moncloa, o para conseguir una sentencia a la medida en el proceso catalán. El continuo forcejeo exhibido con los restos de Franco ha terminado con una solución tan salomónica que no sería extraño aventurar que su actual destino de reposo no sea el definitivo. No creo que exista un país demócrata cuya legislación contemple la facultad de la justicia para decidir el lugar donde debe enterrar una familia a sus deudos, y aquí se ha hecho.

            La operación que iba a tener lugar en familia y sin prensa tuvo a disposición de la TV del gobierno 22 cámaras y siete horas ininterrumpidas de retransmisión de los actos. Durante ese tiempo ¿alguien oyó hablar de los graves sucesos de Cataluña o de la EPA? Por si no era suficiente el despliegue mediático, Pedro Sánchez creyó oportuno ofrecer un comunicado/mitin desde la Moncloa, eso sí, sin preguntas. Nuestro nuevo Adenauer no dudó en proclamarse solemnemente responsable del verdadero triunfo de la democracia. Los más de 40 años de Transición han sido paparrucha. Ahora podemos decir que llegó la democracia.

            La consecuencia directa de esta forma de entender la política está en la realidad de la EPA y en las calles de Barcelona. Con el esquema de valores que tiene Pedro Sánchez en su cabeza es imposible que pueda actuar de otra forma. Si los continuos desplantes de gobierno y parlamento de Cataluña quedan sin contestación, si un día sí y otro también, el terrorismo campa a sus anchas en toda Cataluña, porque nuestros CFSE se encuentran atados de pies y manos, estamos avanzando hacia algo que ya no es España.

            Tenemos en la Moncloa un socialista de la escuela de Largo Caballero, alguien ciego por el revanchismo y endiosado por exceso de ego. Si algún día consiguiera hacer realidad sus planes, tardaríamos muy poco en revivir los tiempos y las situaciones de los años treinta del pasado siglo. Si alguien cree que exagero, basta que contemple cómo apoyan el movimiento subversivo de Cataluña desde el País Vasco, Galicia o Canarias.