Lunes, 28 de septiembre de 2020

Castilla, Aragón y Portugal (y 2)

Las viejas formas del novio, forjadas en el molde provenzal, son incomprendidas. El sentir y el hacer, mediterráneo y europeo, rechazado. El artificio, el cálculo y la pompa, la inteligencia que siempre se impone al corazón. El viejo catalán, cuyo lugar natural sería cualquiera entre el Languedoc y Sicilia, fija sus ojos en esta manzana roja que las heladas del valle alto del Tormes no han logrado echar a perder… y todo ello por la conveniencia, ley fundamental de aquella tierra; aprovecharemos su juventud, su fuerza, su número, su riqueza…

Menuda boda la que hicimos, casando a oscuras y en secreto un botiguer con una pastora; es como para echar las campanas al vuelo. Más hubiera aprovechado, si es que tenía que haber boda, casar a la novia con un marino portugués con el que, si no la pasión, si al menos complemento hubiese habido; ella guardando la finca y haciendo crecer la hacienda con su honradez, su eficacia y su trabajo vigilante, en tanto que el marido surca, descubre, abre rutas, comercia y se enriquece en tierra extraña.

Cuando él vuelve de la bruma eterna, como el experto piloto que es, remonta el Tajo hasta cierto punto siguiendo luego a caballo y, entre ansias mutuas tienen lugar esos interludios amorosos que van haciendo crecer la prole. Mas tarde y al calor de la lumbre, él le cuenta sus viajes omitiendo los lances que incluyen sexo exótico pero resaltando las posibilidades de negocio y, puestas todas las cosas en común, no hay motivo para no hacer de ello una empresa de ambos; en el futro el marido fletará a su costa barcos y tripulaciones mientras la esposa pone caballos y las armas, amén de la gente necesaria para manejar unos y otras; puede ser alianza gloriosa y de largo empeño, dos naturalezas en un solo ser, como el centauro.