Viernes, 22 de noviembre de 2019

Carta abierta a un católico salmantino

Querido amigo, espero que cuando leas mi carta te encuentres bien de salud de alma y cuerpo y que sepas y puedas disfrutar ambas cosas.

No voy a decirte nada que no conozcas, pero me ha parecido oportuno recordártelo, sin que haya ningún objetivo expreso ni secreto al escribirte estas breves notas. Simplemente me han venido a la mente al considerar tu presencia en estos lugares y me pareció oportuno comentarlas contigo.

Por cierto ha sido un casi ya salmantino como Olegario González, Medalla de Oro de esta ciudad entre otras cosas, el que en varios lugares de sus muchas obras ha escrito y descrito mejor que nadie lo que quiero decirte.

Y quiero decirte unas palabras sobre cierta soledad, más sugerida y sentida que real, en la que vives la fe en Salamanca, aunque la tengas mucho y bien acompañada por otros creyentes que te arropan y caminan contigo. Y por supuesto es la tuya la misma situación de un cristiano en Berlín o en Buenos Aires. Me refiero a que vives tu fe entre paganos, entre no creyentes, entre ateos de hecho, entre indiferentes de casualidad o entre simplemente abandonados por descuido, con muchos matices por medio, pero solo, en medio de todos y con tu fe, pequeña y humilde, apretada en la palma de la mano del alma.

Y a veces te ves extraño, como un exiliado en tierra propia, perfectamente rodeado de increencia; en la misma familia muchas veces, los amigos en otra onda, los vecinos lejos, los compañeros de trabajo ante los que hay cosas que ni se nombran. Solo y como un poco extraño.

Sin duda esta circunstancia externa y su sensación percibida son cosa de siempre y ya Pablo en sus cartas a sus cristianos les hablaba de esto. Y muchos han comentado esto, desde él, hace veinte siglos, hasta K. Rahner, un pensador cristiano alemán de máximo renombre, que escribió sobre esta cuestión tan concreta páginas memorables.

Tampoco es algo dramático a lo que haya que darle importancia especial, pero está ahí y cada día se deja notar y va configurando criterios, relaciones, sensaciones, referencias, cautelas y hasta métodos de defensa.  Y claro, esta curiosa situación plantea al menos dos cuestiones. Una cómo sobrevivir en feliz convivencia entre fidelidad explícita y tolerancia positiva y la otra, cómo evitar diluirse en esa liquidez existencial que te rodea.

No te es tan sencillo, me parece a mí, lo primero, mezclar con alta dosis de respeto y consideración la fidelidad debida y de vida con la aceptación y acogimiento positivo de lo que los otros dicen y piensan. En teoría no hay dificultad, pero cuando esas actitudes tienen que cumplirse en rostros y nombres  concretos, y una y otra vez, ya no es tan sencillo. Desgasta no poco y disgusta sobre manera. Y no hay descanso ni días de asueto o distancia.

Y a la vez el difícil reto de lo segundo, no diluirse lentamente como creyente cristiano y no limar ni rebajar ni redondear adhesiones y fidelidades hasta desaparecer engullido por un ambiente de obsequiosa indiferencia o de hostil hostigamiento, que de todo hay.

Esa especie de nuevo contrato social de que todo vale y cada uno se hace con su capa su propio sayo hace que el perfil de un rostro cristiano desaparezca educadamente en el anonimato de la masa salmantina. Y ya te tienes viviendo como un pagano.

Ante estas dos dificultades me atrevo a recordarte algunas cosas que no y a la vez algunas que sí. Las sabes, unas y otras, pero me permito recordártelas por si procede. Y muy breve porque no quiero alargarme.

Entre las cosas que no, pongo, no sin cierto atrevimiento, no ceder a la tentación de aislarte, de cerrar puertas y comunicaciones, además de no ser nada evangélico sería realmente perjudicial y sólo provocaría alguna enfermedad cristiana grave, si no mortal. Algo de esto quiere evitar el Papa Francisco con su repetida consigna de ponerse “en salida”.

Otra falsa solución es el rechazo del mundo y de la sociedad y de la masa como una realidad maligna y casi satánica. Es el desprecio instintivo y primitivo hacia lo que está enfrente y se exhibe como distinto y hasta opuesto. Me enroco y hago mi juego para mí. Y acabo creando una secta, que es lo más contrario al espíritu del evangelio.

Y para no alargar la carta me atrevo a sugerir algunas iniciativas o cautelas que podrían ayudarte en ese entorno concreto en el que vives hoy la fe. Lo hago en formato de lista sin más, porque las conoces bien y de cerca.

Es necesario que cuides el diálogo y el intercambio de dentro hacia fuera y viceversa, la formación y el análisis leyendo y escuchando, la oración tuya y con todos y la adhesión fiel y mantenida a tu comunidad cristiana y a los espacios donde sea necesaria o esperada tu presencia, la eucaristía del domingo elegida y preparada y el encuentro habitual y hasta reglado con otros cristianos, una actitud interior de fidelidad humilde, pacífica y disfrutada, la especial sensibilidad ante quien te necesite y ese modo de vida que te conoces bien asentado en la fidelidad diaria y en tantas formas posibles de la caridad de cada día. Tú mismo puedes alargar la lista y vivirla a tu modo y medida.

Que disfrutes de la fe y que hasta se te note. Vale, un abrazo. Y que no se me olvide, enhorabuena.