Miércoles, 13 de noviembre de 2019

Un capítulo que se cierra, un libro que sigue abierto

Tras año y medio de idas y venidas, dimes y diretes, sobre la exhumación de Franco, esta semana finalmente llegó la misma y, fruto de ello, este asunto dejará de colarse cada cierto tiempo como parte de la actualidad política del país.

Ha sido un proceso más largo de lo que esperaba el Gobierno, que fijó inicialmente una fecha, sin contar con que, como era previsible, la familia Franco recurriría a los tribunales para pelear porque no se moviese el cadáver del dictador del Valle de los Caídos.

Quizá algo más sorprendente ha sido la férrea oposición a la exhumación por parte del prior benedictino de la basílica que albergaba la tumba, Santiago Cantera. Sorprendente no tanto por su oposición inicial, si no sobre todo porque, una vez que la cúpula de la Iglesia Católica señaló que no pondría reparos a la exhumación, el prior siguió haciendo requerimientos y movimientos para intentar impedirla, llegando a señalar que sólo acataría una orden directa explícita del Papa (pese a que el Vaticano ya había manifestado previamente que el prior debía acatar lo que decidiesen los poderes civiles y judiciales del Estado).

Ahora, por fin se ha dado carpetazo a este asunto, que llevaba décadas saliendo a la palestra cada cierto tiempo, habiéndose puesto en evidencia, por las declaraciones vertidas desde unos y otros ámbitos de la misma, que la herida que dejó la guerra civil y la posterior dictadura, aún no ha sido cerrada por buena parte de la sociedad española.

Y es que, por detrás del aparente consenso de la Transición, aún hay heridas que han cerrado en falso y la guerra civil, pese a haber pasado 80 años desde su final, aún coletea como si fuese un hecho reciente.

Bien es cierto que difícilmente podrán cerrar algunas heridas cuando aún permanecen más de 100.000 españoles desaparecidos, ya sea en cunetas, o en la propia basílica del valle de los Caídos, que alberga los cadáveres de 33.833 españoles presos políticos de la dictadura franquista.

Cuestión, por ello, siempre difícil de abordar, cuando España somos el país con más desaparecidos del mundo tras Camboya, fruto de que la reconciliación que se hizo en la Transición no conllevó buscar a los españoles desaparecidos (entre ellos quien fuera alcalde de Salamanca, Casto Prieto, fusilado en un monte de La Orbada), o cuando se ha dado más prioridad en sacar al dictador de su tumba, que en intentar dar con el nombre y apellidos de los miles de españoles que siguen sin identificarse en la misma basílica, o en cientos de fosas.

Y es que, en buena parte de la sociedad no ha habido una reconciliación real de las dos Españas, quedando aún mucho resquemor entre los polos más opuestos de la derecha y la izquierda, acompañado de una herencia importante de franquismo sociológico en algunas provincias como la nuestra, que dificulta que pueda hablarse de qué pasó realmente en la guerra y la posguerra en nuestra provincia, so pena de ser tildado de ‘rojo’.

Pues, cuando se trata de la guerra civil y el franquismo, casi nadie quiere intentar hacer un análisis objetivo de qué paso en realidad, si no que simplemente se tiende a buscar una justificación para reforzar la idea simplificadora y banderiza de que ‘los míos son los buenos’. Así, la conciencia crítica tiende a brillar por su ausencia para abordar con madurez y amplitud de miras todo aquello que toque la guerra civil o el franquismo, y los abusos cometidos por los dos bandos enfrentados en dicha contienda.

De este modo, muchas veces se pierde de vista que la guerra civil fue una matanza entre españoles, en la que se perdieron medio millón de vidas, que la represión de la posguerra sobre otros tantos españoles hizo regar de más muerte nuestros campos, y esa España desangrada tras la guerra se quedó hambrienta, con una posguerra de casi dos décadas en la que las cartillas de racionamiento evidenciaron que el país se moría de hambre.

Y así fue hasta que empezó a llegar el dinero de los que emigraron a una Europa que crecía bajo la inyección económica del Plan Marshall, y una España que se subió al carro del crecimiento económico cuando los Estados Unidos de Eisenhower decidieron que la España franquista era un buen aliado en la Guerra Fría contra la URSS, y había que propiciar que creciese su economía, inyectándole millones que posibilitasen su salida del subdesarrollo.

Hoy, varias décadas después del final del franquismo, parece que se cierra un capítulo del mismo, el más mediático, con la salida de Franco de un mausoleo de titularidad estatal, pero aún quedan los capítulos más importantes para que se pueda cerrar el libro, como es la identificación y dignificación de todos los españoles que murieron en aquella época por pensar de un modo diferente a quien ostentaba el poder.

Esperemos que pueda haber la altitud de miras y empatía suficiente entre paisanos como para poder dar ese paso, y ser conscientes de que por encima de una u otra ideología, los desaparecidos son personas, españoles, y debería existir el sentido de Estado suficiente como para que nos pongamos de acuerdo en que todos los desaparecidos sean identificados y enterrados dignamente, sin reparar en cómo pudiesen pensar o de qué bando eran.

Quizá, si llegamos a ese punto, podamos cerrar de manera definitiva una herida que aún supura, y con ello, poder avanzar como sociedad hacia la reconciliación real que necesita España, pudiendo mirar al futuro sin que nos desangre el pasado, porque por encima de las ideologías, España pertenece a todos, y nadie es más o menos español que otro por pensar de una u otra manera.