Martes, 12 de noviembre de 2019

Huérfanos de mar

Hablando a los castaños llegó el otoño. Miraron al cielo, susurrantes, preguntando si iba a seguir el sol acercándose a sus ramas con la misma fuerza, si alguna nube se apiadaría de ellos y rociaría con sus lágrimas sus hojas aún verdes, si algo de viento mecería sus frutos para precipitarlos a la alfombra que poco a poco se teje con las hojas caídas.

La mayoría de nosotros va buscando esa ropa de abrigo, cambiando sandalias caladas por calzado con una piel más curtida ante la lluvia, más hermética ante el viento, más aislante del frío para acompañar nuestros presurosos pasos por baldosas y adoquines.

Me envuelvo en mi cálida y querida mantita de escritora, que está siempre vestida de cariño y otoño, y huelo la infusión que me acompaña… Su humeante vaho dispara mi recuerdo. Ser agua, ser mar, ser ola o susurro, manantial sonoro que nos acerca su vitalidad, su constancia, su tesón, su lenguaje, que nos insiste, día a día, que sigue ahí aunque no lo veamos.

Cuando nos remangamos y cogemos las riendas de lo que para mí siempre será curso escolar, y comienza a cambiar cada sonido, cada visión, cada proyecto, no dejo de pensarlo, de echarlo de menos. Aun mirando con ilusión y optimismo los meses que vienen tras el actual, me siento huérfana de mar.

La actualidad se nos presenta prosaica cada día, delante de la cara nos ofrece imágenes de aquí y de allá que atenazan el corazón, que duelen, que se quedan en un rincón de nuestra mente y permanecen encogidas, se acurrucan en el espacio del dolor y la pena. Toneladas de peces muertos por falta de oxígeno en el Mar Menor… En un espacio que, un día, fue natural, lleno de belleza, brillante de diversidad, reluciente de sencillez, simplemente vivo, variado, tranquilo, bello. Los medios de comunicación nos bombardean con imágenes. Un día. Después… se olvidan, lo obvian, pareciera que dejan de existir… Desaparecen.

Pero los peces siguen allí, sin latido, sin vida, con sus bocas abiertas, ahogados, muertos de pena, diciendo tanto con sus miradas calladas, gritando sus asfixiados silencios, sus dolores tan vivos, evidenciando nuestras miserias, nuestros errores, nuestros descuidos, nuestro desamparo, la falta de ayuda, tanta carencia de amor, de respeto, de socorro.

Me siento huérfana de mar cada vez que lo echo de menos, cuando vuelan hojas de calendario pero no son suficientes para que llegue el día del ansiado encuentro, cuando aparece ese deseo de volver a ser agua, de mirar su vaivén chispeante que el sol llena de reflejos.

Pero a la vez, ahora, me siento huérfana de vida, de aliento de pez, de escamas y branquias que respiran, de sus ojos brillantes, de sus pieles plateadas y tersas, de sus saltos libres en su casa, que es su hábitat. Escucho esa agonía, que era lenta, del mar, ese lamento que ya se precipita, ese mar doliente que se queja, que se desgañita ante su propia y anunciada muerte.

Ya no hay mantita de colores que les arrope, que les devuelva a la vida; no hay infusión que dé hálito a sus inertes cuerpos…

Las imágenes siguen doliendo en el rincón de mi mente donde se acurrucan.

¿Seremos capaces, algún día, quizá, YA, de devolver al mar su aliento?