Viernes, 22 de noviembre de 2019

Si echas el surco derecho... ♪

De vez en cuando, me asomo por aquí a echar un cigarro y a charlar contigo de alguna cosa. Yo no soy labrador, pero, como casi todos vosotros, conozco, al dedillo, las faenas que se trajinaban y trajinan en el campo. Las aprendí del mejor de los libros: el de la vida, el de la observación reforzada de curiosidad. De ahí te puedo afirmar que sé lo que es hundir las vertederas, voltear la tierra, sembrar en llano…, y también echar el cerro, aricar, acarrear, hacinar la mies, extender la parva y tornar…, y sacar gatuñas, escardar, segar, atar con bálago y con lías…No lo he hecho nunca, pero te lo he visto hacer a ti y me he quedado con ello: lo tengo grabado en mi memoria como una imagen que no se olvida nunca, porque me afectó tanta fatiga, tanto esfuerzo y sacrificio con tan escasa recompensa. Y también recuerdo a aquellas aradas que cortejaban los caminos, que parecían alfombras de estameña parda, y que también eran condición amorosa: “si echas el surco derecho a mi besana, labrador de mis padres serás mañana”.

Y si no pateé el término de chico, lo he hecho de grande a través de unos paseos tan largos, que no te puedes ni imaginar. Y he comprobado que esos campos ya no huelen a tortilla, ni a torreznos, ni a cebolla, ni a vino de barril; y casi se les ha borrado el nombre a los parajes: ya no hay lindes ni vallados; hoy se les dice polígonos, parcelas y cotos.

Por esta razón, me he asomado esta tarde a esta ventana, para recordarte y no olvides.

Por fin, han llegado las lluvias, y han empapado las tierras. Con este tempero, se ha iniciado la sementera, y, tras la sementera siempre viene un nacimiento; y lo mismo le sucede a todas las vidas que pueblan la tierra; y con el nacimiento viene la esperanza e ilusión.

Mientras el mosto fermenta en la cuba, y el labrador se afana en dejar a punto la semilla, las clavijas, el barzón, el dental, la mancera o esteva, el timón o viga, las orejuelas, las cuñas, asentadera, cama y vilorta del arado; ha aguzado la reja, reparado los tiros, cosido las coyundas y preparado los balancines y boleas. Deja, para el final, la colocación de los gavilanes en el extremo de la aijada. Todo a punto, comenzará la sementera, a finales de octubre, con la lluvia benefactora.

Y cuando todo está a punto, el labrador, inquieto, se afana en preparar el terrero para la siembra. Antes ha retirado la basura, hacinada durante el año en los corrales y corralizas, en carros provistos del tablón delantero, que muestra, en su exterior, escenas de un paisaje agreste, de cacería galguera o el pasaje de san Isidro rezando, mientras el ángel hace el oficio. Antaño, una vez, se llegaba a la tierra, se depositaba el estiércol en pequeños montones, dispuestos en hileras, que, luego, se desparramaban, uniformemente en manto, con el pico de seis dientes; en cambio, el labrador consideraba los orines y excrementos de las ovejas, como el abono excelente para sus tierras.

La imagen mañanera era un ritual: la yunta con el arado sobre el yugo haciendo cruz, el saco de simiente sobre la testuz de la yunta y el extremo del timón dibujando, sobre la tierra reseca o sobre el barro, una línea irregular marcada por el paso vacilante de la yunta; en otros momentos, la pareja iba enganchada al carro y se montaban, en este, los aperos y la simiente. Era habitual observar la calle ensuciada con regueros de cagajones y boñigas, que solían barrer las mujeres, que, después, depositaban en el muladar de casa, como alimento de sus gallinas y como estiércol, que se trucaba a cambio de un carro de burrajos.

Mientras el labrador aderezaba el arado, ajustaba las cuñas y asentaba la reja con la azuela, el mozo cargaba la sembradera, que portaba sobre el hombro, y emprendía el oficio, a lleno por lleno, o sea, tirando una fanega de grano por huebra de terreno. Trazaba una calle de ocho o nueve cerros, espacio que podía alcanzar con el impulso del puño cargado de simiente, e iba avanzando por la besana con marcha acompasada y paso garboso. La pareja se colocaba en el cabecero con las orejeras impidiendo su visión lateral; y el gañán, mancera o esteva en mano, iba guiando la yunta con la voz y abriendo, al tiempo, los cerros; el gavilán, dispuesto en la mano izquierda, por si era necesario limpiar el barro de las orejeras; la mirada firme a lo lejos y la siembra bien tapada bajo un lienzo de tierra arcillosa.

Al mediodía, el labrador y su mozo se sentaban en el hato, y sacaban, de las alforjas, la fiambrera, que les había preparado  el ama y el barril de tinto, mientras la pareja de bueyes hacía lo propio con la cebadera suspendida de su testuz.

En función de las labores, que se realizaban en el campo, tomaban distintos nombres.  Se dice besana, a la rastrojera consumida y zaleada por la pisada reiterativa del rebaño. Al levantarla y ponerle el cerro, perdía esa denominación y pasaba a llamarse pardala. Cuando era sembrada, dejaba de llamarse pardala  y se convertía en serna. Una vez macollada, y recibía el primer arico, entonces se dice senara. Una vez espigada, se le llamaba cierna, y “pan”, cuando estaba a punto de ser segada.

Ya está la simiente fermentando bajo el arrumaco de la madre tierra; mañana, dentro de unos días, los campos se habrán convertido en una alfombra de esperanza e ilusión.

Hoy la sementera es otra cosa, más sencilla, más cómoda y más agraciada.