Jueves, 14 de noviembre de 2019

Plazas, paseos y libros

En la mañana dominical de lluvia hay páginas de viejo, plazas que bordan la geometría gris, paseos bajo el palio de las hojas que disfrutan del otoño… y hay libros que nos hacen libres mientras en otras calles se sucede aquello que vemos en silencio, incrédulos, evocando la belleza del ensanche que se hace curva con Gaudí, trazo hacia el mar desde las calles de Barcelona. Observamos y callamos. La barbarie tiene un estrépito contra el que puede el rumor de la página que se pasa en el puesto de la Feria del Libro salmantina mientras resuena la banda municipal y acompaña la lluvia con su rumor de necesidad y de paraguas de colores. En la ciudad de provincias, los libros ocupan cada cierto tiempo, como las estaciones, esos lugares que se hacen seno de sus lomos de colores, sus hojas al viento de las decisiones políticas, de sus ocurrencias municipales. Fuera de la Plaza Mayor de Salamanca o del Paseo de Cánovas en Cáceres, los libros seguirán siendo abrigo de nuestros dedos y de nuestras mentes, sin embargo, los que se quedarían huérfanos serían estos espacios de la página, de la palabra, plazas y paseos que se alfombran de hojas de árboles y volúmenes del corazón. Libros y libreros que, hoy en Salamanca, celebran el recuerdo, la magia de la antigüedad plena de memoria en los colores vivos que nos iluminan el corazón con aires de infancia.

Tiene la Plaza de mi Salamanca, la que comparto con los ojos sabios y llenos de luz del fotógrafo y poeta José Amador Martín, esa vocación de abrazo que nos hace a todos partícipes de su belleza. A los extranjeros que la ocupan y fotografían con todo y libros, a los escritores que presentan sus libros en la carpa, a los músicos y titiriteros traídos por esa Biblioteca Municipal de Salamanca que tan bien organiza, dos veces al año y con vocación de atender todas las artes, las dos Ferias del Libro. Esa Feria que, de tanto en tanto, los políticos quieren barrer un poco más allá, sin darse cuenta de que la plaza es plaza a pesar de las casetas, a pesar de la geometría que cobija, con toda su fealdad y toda su utilidad, a los libros de viejo, a las postales del corazón, a los anticuarios de la página, a los enamorados de los libros con poco dinero que salen cargando los volúmenes que buscamos, dedos rápidos, polvo del tiempo, en la Feria de Otoño, tan de la Plaza, tan del otoño como las hojas y las castañas. Árbol del corazón poblado de frutos.

Tiene mi plaza brillante de lluvia un fotógrafo de excepción que la mira enamorado desde los ojos claros que tanto amo. Porque a José Amador, el habitante de las calles en las que vivo mi amor por la ciudad, le cabe toda la belleza en los ojos. Y le cabe la pena por otro de nuestros relatores de la luz, por H.S. Tomé a quien nos presentó una tarde de plaza recoleta y amor por esta ciudad de fotógrafo. Tiene mi plaza brillante una pátina de libro viejo acariciado por el tiempo y por los dedos añosos. Tiene la realidad un tacto áspero y triste… y sin embargo, la lluvia todo lo borra, las lágrimas, lo feo, la pena… para dejar la pura belleza, la página que paso… y que la fotografíe Amador, luz de las luces.

Charo Alonso

Fotografía: José Amador Martín.