Jueves, 13 de agosto de 2020

De la imitación

“Pronto deberemos construir claustros rigurosamente aislados, donde no entren ni las hojas ni las olas... Donde se menosprecie la velocidad, el número, los efectos de masas, la sorpresa, el contraste de novedad y credulidad. De vez en cuando acudiremos allí para contemplar, a través de las rejas, algunos especímenes de hombres libres”
PAUL VALÉRY

Recientemente, el piloto español Marc Márquez ha conseguido su octavo título mundial de motociclismo, y la natural alegría general que esa circunstancia provoca se ve empañada enseguida por el bochorno intelectual que causa el endiosamiento y mitificación de ese triunfo y ese piloto, que muy concretos intereses comerciales y muchos medios de comunicación, serviles éstos hasta la náusea, realizan de un acontecimiento que no es sino un enorme anuncio consumista que se cuela en la información como si su contenido propagandístico fuese noticia trascendente.

En esa exagerada elevación cuasi mitológica del hombre-anuncio que es el motorista español, seguramente a su pesar, se revela uno de los más graves problemas educativos que arrastra este país, cual es la equivocada fijación de modelos de imitación para la infancia y la adolescencia, que sin contrapesos educacionales de tipo alguno, se ven sometidos, además de a un anuncio interminable de marcas, objetos y elementos de consumo que el nuevo ídolo anuncia en todo su cuerpo a voz en grito, a la fijación en el imaginario volitivo de los menores de la persecución de un modelo de imposible alcance o, peor aún, a una barata, pobre y estúpida imitación para ser colgada en las redes o jaleada en círculos de no menor memez; una demostración centrípeta del vacío de sentido y la frustración que conlleva la triste certeza de lo imposible que les es ser como Marc Márquez (como Carolina Marín, como Ona Carbonell, como Rafael Nadal o como Leonel Messi, o esos “cantantes” cuyo éxito -y cifras de venta- dicen medirse por el número de likes en sus muecas).

Las continuas advertencias sobre lo pernicioso de la fijación equivocada de modelos inalcanzables de imitación para la maduración de los jóvenes, alentadas las más de las veces por padres y madres incapaces para servir ellos como modelo, han sido estudiadas por la sociología, la psicología y hasta la lingüística, que han avisado desde antiguo que abandonar en manos de los intereses consumistas la madurez y el crecimiento intelectual, constituye un error de monstruosas dimensiones e incalculables consecuencias. El afán por llegar a ser el personaje famoso, aunque fuere por la (falsa) identificación de la compra y posesión del objeto que anuncia o al que se le asocia, está creando un modo de pensamiento imitativo, servil, pedigüeño, manipulable y de tal baratura, vacío y sinsentido que explica claramente muchas de las enormes lagunas de socialización juvenil y también define exactamente las causas del escalofriante descenso en el nivel de contenido de las ofertas (y las demandas) de ocio, culturales y de evasión.

La valoración del mérito, el esfuerzo, la capacidad y, sobre todo, la asunción de la individualidad suficientemente educada, consciente y provista de herramientas de reflexión y análisis que es preciso suministrar a las generaciones más jóvenes, ha chocado y choca en este país imitador de toda basura que atisba, con un absoluto desinterés tanto en el ámbito familiar como en los programas educativos, cuyo panorama general es de tal insuficiencia, que ha convertido a millones de niños y adolescentes españoles en “carne de cañón” del consumismo más brutal, sembrando una equivocada orientación de los deseos y tan errada apreciación social del triunfo que hace que, todavía, todavía, el estudioso, el aplicado, el trabajador y el autoexigente, no solo en sus calificaciones escolares sino en la dirección de su vida, sea considerado, hasta en el seno de su propia familia y por supuesto en los círculos de la boca abierta, como un bicho raro.

Anorexia nerviosa, depresión, brutalidad, drogadicción en todas sus formas, ludopatías, dependencias varias, machismo, xenofobia, sociopatías de todo tipo, violencia o tantas formas de patologías físicas y mentales en una edad cada vez más temprana, no son sino consecuencia de una siembra de vacíos formativos que se abren como abismo ante las desinformadas mentes de los más jóvenes, que se ven casi en la “necesidad” de llenar los huecos de esperanza con los anuncios vivientes que son los endiosados triunfadores famosos. La inconsciencia educativa en el seno de la familia que lleva a satisfacer esos deseos creados a mayor gloria del consumo; la profunda desatención con la verdadera naturaleza del crecimiento y la maduración, que establece sistemas de enseñanza basados en los fines del enseñante y no en los medios que implican del enseñado; la ausencia de ejemplos racionales; y la inmensa caída en la frustración que conllevan los inalcanzables modelos propuestos por el consumismo, denuncian, una vez más, la tragedia que significa el concepto que atraviesa como rayo el crecimiento de la práctica totalidad de los jóvenes: la indiferencia.