Lamentación y alivio del candidato al que nadie votó

 

No, no se rían. Yo tampoco me voté. Lo de votarse a uno mismo siempre me pareció fuera de lugar y el pasado domingo, la primera vez que me presentaba a una elección en mi vida, no iba a empezar haciendo excepciones contra mi conciencia. ¿Mis familiares? No, ellos tampoco. De hecho, cuando supieron que había formalizado candidatura mi mujer me retiró la palabra hasta el lunes 11 de noviembre, por aquello de que a todo cerdo le llega su San Martín y a mí el indulto. ¿Mis amigos? Suscité bromas, muchas bromas, pero comprobé que ningún voto. Alguno me confesó que por mi bien no me avalaría con su papeleta.

Por mi bien precisamente es por lo que decidí presentarme. Durante años me había cansado de quejarme de que si Fulano era tal o Mengano cual, que si ningún partido me representaba suficientemente, que si habría que cambiar esta y aquella ley, que si existía otra manera de hacer las cosas, que si se necesitaban caras nuevas, que si España, que si la justicia social, que si la igualdad, que si las libertades, que si… Que sí, que me presento. Por coherencia. No les digo mi nombre, pero quizá lo hayan leído en algún rincón breve de algún periódico durante la reciente campaña, o precampaña, o protocampaña, o es posible que se fijaran en él cuando fueron a votar el domingo. Sí, era yo el artífice de aquel montón medio escondido que no bajaba nada su altura en el extenso escaparate de su colegio electoral. Si les tocó mesa puede ser que reparasen en algún apoderado de algún partido manejándolo, por ver si me confundían con la formación rival. Pero ni por esas, ni por error, ni por casualidad… Nadie me votó.

Digo que por mi bien, por ser coherente con mi manera de pensar, me presenté a estas elecciones. Cuando asumí hacerlo en solitario, sin el paraguas gigantesco o al menos el chubasquero elemental de unas siglas, de las que lucen comités, secretarías, congresos y convenciones, acepté que la misión se complicaba. La de salir elegido. Que para obtener notoriedad o aparecer en la prensa no precisaba yo salir en el BOE, y para ganarme la vida tampoco afortunadamente. Pronto me di cuenta de que competía con gente que sí, ávida de foco y de peculio. Ya me advirtieron los periodistas de que, siendo yo quien era, me olvidara de coberturas favorables. Cuando conocieron algunas de mis ideas, que nunca oculté, y cuando confesé que no podía adelantar ninguna promesa electoral, que nunca hice, se aventuraron a pronosticar mi fracaso. Siempre aparente, como todos los fracasos, pero, en efecto, nadie me votó.

¿Ideas? ¿Ideales? ¿Ideología? La expuse. Pero prescindí de argumentarios. Me abstuve de mensajes simplísimos. Quise justificarme y desarrollarlos. Propuse pensar un poco. Me veía en el parlamento parlamentando. Investigando realidades que no conozco. Empapándome de lo que ocurre sin prejuicios. Recurriendo a expertos, a técnicos, a estudiosos, a testigos, a afectados, a mis representados. Y dando explicaciones, recibiendo visitas, mostrando datos, recabando otros… Muy deprisa iba. Cuentos de la lechera. Ya me aclararon algunos candidatos con los que coincidí en debates en los que me interrumpieron todo el rato que la cosa no va así. Que se trata de hacerse hueco, de crear comisiones, de pasar de incógnito cuando toca y de dar la nota cuando sirve, que me había equivocado de aventura. También ellos me supieron pronto contrincante sin peligro. Muy educados todos, eso sí. Con una sonrisa en sus labios triunfadores. Y así fue, nadie me votó.

Dice mi indulgente mujer, después de levantarme la sanción, que me ve muy capaz de volver a las andadas y ella se ve muy dispuesta a votarme la siguiente vez, por pesado. Mis amigos se llevan las manos a la cabeza porque no he abjurado solemne y razonadamente de mi impulso meditado, pero en justa correspondencia a mi supuesta perseverancia amenazan con crearme y actualizarme perfiles en redes sociales antes de ir todos en masa a votarme cuando se reabran las urnas. Los periodistas, recuperados de la resaca de la noche electoral, me están llamando con insistencia, porque dicen que he entrado en el Libro Guinness de la Democracia, que de momento tengo un reportaje y que para la próxima tendré mucho éxito. Por último, varios candidatos derrotados el domingo, de diversos partidos, me han ofertado alianzas, confluencias, coaliciones, para complicarme el futuro, porque me perciben como un político con mucha proyección. Yo no contesto a ninguno. Ni a mi querida mujer. Pero me encojo de hombros como diciendo “Nadie me votó”.

-Apócrifo post-electoral (estas cosas, al menos en España, no ocurren) -