Lunes, 3 de agosto de 2020

Una buena película, con reparos

La de Amenábar sobre Unamuno, quiero decir.

Comparto la valoración de los críticos sobre ella: es buena, (le dan una media de tres puntos sobre cinco, más o menos): mantiene el interés y suscita la respuesta emocional y la reflexión gracias a buenas interpretaciones y a un desarrollo dramático bien pautado, que culmina apoteósicamente en el famoso acto del paraninfo.

El guion es bastante riguroso en el enfoque histórico, más allá de pequeños desajustes que algunos se han afanado en detallar. Se podrían indicar dos o tres más, pero prefiero valorar el solvente tratamiento de algunos asuntos clave: el acceso de Franco al caudillaje del Movimiento Nacional y la naturaleza sanguinaria, autoritaria y frailuna de este; y la pretensión de Franco de alargar la guerra con el fin de asentar su poder y desangrar lo más posible a sus adversarios –como ya advirtió Dionisio Ridruejo hace años–, creando un régimen de terror cuyas derivas han llegado hasta tiempos muy, muy cercanos. Además, resulta consistente y verosímil el papel jugado por Millán Astray en esos momentos, tal como muestro en un trabajo sobre la prensa y la propaganda del primer franquismo, pendiente de publicación.

También es correcta la presentación de Unamuno, que vive unos meses de agonía y tensión extrema en una situación que no acaba de comprender ni asumir. Queda claro su alejamiento de la república y su inicial respaldo al golpe militar, así como el posterior desengaño por sus derivaciones violentas.

Pero si el rifirrafe de Unamuno con Millán Astray se interpreta como una condena total por su parte del Movimiento nacional y de su “Caudillo”, nos estaremos equivocando, sin que eso implique minimizar la gravedad del suceso y de sus consecuencias (que en la película no se advierten, pues acaba en ese punto). Claro que es difícil matizar eso si se parte de la tópica visión simplista de las “dos Españas”, de “los hunos y los hotros” y demás estampitas históricas.

La ambientación de la película tiene el valor añadido de la Salamanca monumental. Es comprensible que por ello haya entusiasmado a los hosteleros y a algunos profesores locales. Pero, poseído de espíritu unamuniano, me atrevo a señalar ahí un fallo, quizá el principal desde el punto de vista escénico o estético: la película se desarrolla con maestría en las escenas de intramuros en la catedral, la Clerecía, la Universidad… pero resulta fría y desangelada cuando discurre en las calles, plazas y entornos salmantinos. Se echan en falta ahí los vecinos, el pueblo, la Salamanca "de carne y hueso", como diría Don Miguel.

Los testimonios y documentos nos recuerdan un ambiente de agitación callejera, propio de unos días veraniegos agitados por las convulsiones de la guerra, en las ciudades de la retaguardia franquista. Y nos hablan de miedo e inquietud en unos barrios periféricos que no aparecen en la película (salvo que vienen de allí las descargas que se oyen): el Arrabal, Tejares o Pizarrales, que le pillaría de paso a Unamuno en sus caminatas por la carretera de Zamora.

Pero Unamuno pasea casi sólo por esas vías y no sabemos si eso es un recurso expresivo de la película, que le presenta alejado de esos vecinos, como si fuera dirigiéndose ya hacia la soledad definitiva, una vez han ido desapareciendo sus amigos.