Viernes, 22 de noviembre de 2019

Sin pájaros 

Cuando cruzamos el río y entramos en la ciudad sin nombre creímos que habíamos llegado al paraíso. Una sola llave abría todas las puertas, así que la casa de cualquiera era la casa de todos. Un cielo de uralita cancerígena nos cobijaba, pero podían más los sueños que nos nacieron de repente, como si brotara la vida gratis y no reparamos en que algún día quizás aquello se acabaría como el fuego de los magos. Una alameda donde las madres no entraban nunca, un regato cargado de lejanías, una pradera circular y patriótica, el campo. Y ningún tirano. Y  muchos pájaros. Dabas unos pasos fuera de la tribu y allí estaban, en las encinas, en las paredes bajas e ingenuas que después de siglos de soledad se creían a salvo.

Cayeron los años como silbidos inaudibles, dejaron de alumbrar los candiles, la gente se fue marchando, tuvimos que ir enterrando nuestros muertos muy lejos, cesaron de gemir los inviernos, y una enredadera de olvidos nos salió al encuentro.

Ahora no queda el rastro de aquellos pájaros, exterminados por un absurdo vacío exterior que nadie sospechó nunca. Donde estuvo la leyenda de la ciudad sin nombre no queda ni un atisbo de la eternidad del espanto.

Tuvimos que ir a aprender a soñar rompiendo aquellos amados horizontes e inaugurar una segunda vida en la que no estaban prohibidas las palmas de las manos para seguir una carretera donde aún zumbaba el sol de la infancia, pero que había colmenas con dioses que cantaban. Supimos que definitivamente el amor del hombre es insaciable.

En algunos lugares de Madrid el estío huele a nieve. Y nos recuerdan que la música no es un  viento mentiroso sino la refrescante piedad y el placer de saberse todavía legítimo como una hermana rosa sobre las ruinas de aquel entonces.

A Marta de la Aldea le sientan mal los halagos, eso es desde siempre, y a mí me escribió el guión de la vida que me queda Pedro Puche el que le hacía los cuplés de Sarita Montiel. Pero una vez al año hay que mentir, me dice mi nieto  y de vez cuando me salto las órdenes y le doy al vino de misa. ¿Existen los milagros? Vaya que sí.  Suceden cuando Marta de la Aldea abre la boca para cantar más seductora que nadie. Marta, de negro, vaporosa, y en los labios un carmín que no deja rastro al besar, se alza sobre sí misma canción a canción, y a veces es  más Joplin que la propia Janis, desgarrá en la tirana, feliz con los gallos de Chicho, justiciera con los versos del vals de Lorca, dulcera con la sombra,  y  hasta Antonio Toledo  para los  instantes, deja la guitarra y aplaude.

Y así más o menos cada noche que sube a un escenario nos confirma lo que todo el mundo sabe: Marta de la Aldea canta todo un poco mejor que los demás. Ella tiene la pasión de los frutos silvestres, un corazón predestinado, un cúmulo de posibilidades, el largo batido de los mares casi salvajes, la escasez de asomos que nos da pavor a sus devotos.

Marta de la Aldea: más allá de una voz prodigiosa, nadie pudo nunca vallar su actitud de mujer en llamas frente al compromiso. Y como nunca calla, el asfalto de hoy es como aquel roquedal que dejamos en  la ceniza de la ciudad sin nombre. Como si volviesen los pájaros y el mundo fuese infinito.

Si Marta de la Aldea es un sueño, Antonio Toledo es una leyenda. Las leyendas no se acaban nunca, no estoy seguro de que se cumplan los sueños. ¿Y qué sucede cuando se juntan una leyenda y un sueño? Quizás estallen dos horas donde no hay un sitio para la nostalgia, es probable que la tarde se ponga muy guapa sobre un escenario.

Guardo en mí una visión de un pequeño universo, desnudo de mí mismo y lleno de  fervor. No sé si fue en Córdoba la llana, no sé si fue mucho más arriba. La mejor guitarra de los últimos cincuenta años se sentó al fondo de la media luz,  dio un paso adelante la voz más limpia de ahora,  cogió el sonido en sus manos, se abrió las venas del genio, y voló como vuela el viento.

Y ya tuvo dos nombres la canción que estaba sonando. Se hizo atrás la marea, todas las ventanas se cerraron, y fue certeza y no invento que el paraíso perdido regresó de las manos de dos serpientes que merecen más mies grano a grano. Antonio y Marta, Marta y Antonio, qué dos aguas puestas en pie, qué seducción tan diaria, que revolución tan acostumbrada, qué gloria de costumbre incendiada.

Ahora que la música está a tope de metáforas, ahora que la apocrofía es tan  barata, ahora que es tan fácil volar sin alas, ahora que es tan frecuente esconder la mano, tenemos un mundo contrario. Porque si todo nació de un big bang y no de un traidor coronado, a esta hora que escribo después de  un abrazo, ya debería haber hostias para que la memez no nos prive  de una leyenda y un sueño, trescientos sesenta y cinco días al año. Y que todos los años fuesen bisiestos para tener un cachito más de su pan enamorado.

Antonio Toledo tocaba la guitarra como dios ya a los 9 años. Después un duro y devocional trabajo para el aprendizaje que ha desembocado en este lujoso claro en medio del boscaje. Medio siglo (las horas no deben contarse para los genios) en el que el mundo entero ha saboreado su tremenda juventud que escupe en sus manos de guitarra la magia que ni si se compra ni se vende: no hay parné para pagarla.

No sé qué esperamos para llamar a quien debe y que le memorice como una sinfonía inacabada en la historia de un país que desama la cultura, pero  no tanto como para extrañarnos hasta los que hicimos del descreimiento una conducta. Y no sé que espera alguien para escribir su biografía y quede en la memoria musical de tantas Españas ¿En casa del herrero, cuchillo de palo?

Cualquier día se nos harta y se nos va a China, o a América, o a Senegal, a Europa mismo, y luego en San Fernando se lamentarán de que la Lola se vaya a los puertos dejando la Isla sola. La mejor guitarra ha acudido ahora a la llamada no sólo de las cantantes chinas sin nombre que las recuerde, sino de los más grandes de aquí a la hora de grabar.

(Amaneció en San Fernando y nació un niño con una guitarra en la mano. Amaneció en Madrid y nació una niña con la garganta de pájaro. Nadie sabe el cómo, el por qué y el cuándo, si fue otoño, invierno, primavera o verano, cuando dos  ríos se dieron la vuelta y dos galaxias se sumaron. Pero esta vez  venció el cantor al tirano).