Viernes, 22 de noviembre de 2019

Agua serás

El último libro de J. M. Barbot no ha ganado ningún premio. Mejor, le digo. Exagerao, me dice. Y es que estamos ante un mapamundi de literatura manantial que no sale de las ganas sino del talento. Y de un calentón que solamente es alacrán con multitud de paisajes cuando tienes cuarenta años y no has dejado de ser Ulisses.

Premios: yo un día metí la pata hasta más arriba del escroto apaciguao y me embadurnaron de improperios. No sé por qué me dio la vena de  defender la literatura frente al politiqueo del vicepresidente más corrupto que ha dado este país desde el Conde Duque de Olivares, el que le preparaba las Corinnas a Felipe IV. Virgencita (y aquí me acuerdo de la virgen que a la hora de dormir después de subir a los cielos, se da la vuelta y le dice a su muchacho “bendiciones” y me piensa) la que se armó. Y lo peor de todo es que no reparé en que hay poetas que zurcen sólo para los premios y los escriben en su bandera  para la feligresía, como Rafael de León y Manuel Quiroga para Marifé de Triana.

Dos sicarios salieron con lanzallamas de glándulas con toxina y vértigo contra un intruso que no tenía ni idea de lo que es un premio. Bueno, yo había organizado hace muchos años la redención poniendo en marcha el “Premio Antonio y Manuel Machado”.  Juntos los dos hermanos, lejos ya las putas vecinitas de Desengaño, antes de que el banquero March depositase en Londres un fortunón para Mola y su golpe de Estado. Y había convencido al anciano Gerardo Diego para que presidiese el jurado con los de su quinta, casi todos restos de aquella aventura “Alforjas para la poesía” del millonario franquista Conrado Blanco. En la primera edición llegaron de todo el mundo 720 ejemplares. ¿Quién les decía a Gerardo y sus hermanos de leche que se los leyesen? Pues el mismo que había metido el hocico luego donde no debía. Qué manía de brincar frente a la perversión. No sé qué fue de los sicarios del corrupto junto a  la arcangélica bandera de Marifé de Triana. Ninguno se dio cuenta del aroma de un señor mayor que sólo intentaba ordenar aquel abuso.

Tengo un libro en las manos, como decía en TVE el catedrático Luis de Sosa cuando andaba yo por los 20 años (no confundir con Lope de Sosa el de las perdices). El libro que tengo en las manos es “Agua serás y lo olvidaste” un polígamo más fecundo que los óvulos  de la cuñada de Miguel Delibes, con una cercanía muy geográfica a su autor J. M. Barbot.

Es un libro multidisciplinar pero embridado en un respeto por las reglas de cada palo que toca. Los jurados de los premios suelen ser acérrimos de lo monolítico, desprecian los ayuntamientos por amor y el amor mismo si sale de una casa, entra en otras con la pasión de airearse. Pero qué guapos son los príncipes ortodoxos, me cagüen.

“Agua serás y lo olvidaste” es un libro de nombres: Francisco Caro, Rafael Soler, Elvira Daudet, Pedro Letai, Lucas Catalán, Sara Zapata, Paco Moral, Elena Moratalla, Antonio J. Sánchez, José García Obrero, Jaime Gil de Biedma, Rodrigo Garrido, Jaime Resino, Enrique Gracia Trinidad, Emily Dickinson, Nicolás Ojeda, Eva Álvaro, y José Ortega y Gasset. Ellos son  el paraje, la excusa, el chispazo o el chanchullo. Pero el motivo es Ana “mi agua, mi vapor, mi hielo”, dice el propio poeta. Ella es dios mirando al mar. Y desde esa visión nace la llamarada del libro para recordar que el amor nunca es excluyente sino todo lo contrario.

Que nadie se engañe, el libro es muy exigente y no compadrea con nadie. Cada toro tiene su lidia, dicen los que saben de corridas. Pues aquí no hay un poema que se libre de la exactitud formal en la arquitectura que le corresponde. El verso blanco, el verso libre, el soneto, la prosa poética tienen el semblante perfecto porque así debe ser cuando el poeta no pierde la memoria del ritmo, el ejercicio de acodar sus decisiones, el saber que si escribe sobre una nube no es lo mismo que sobre una piedra.

Hay un instante en el libro en el J. M. Barbot engatusa a Heráclito. Él sabe por qué. Y es que cuando el tiempo pasa y no somos los de entonces, no se engaña a sí mismo ni nos engaña. Los pájaros que vemos ahora mismo, que nos saludan y nos azuzan la envidia desde esta ventana, jamás volverán, nunca más sabremos de sus cosas.

Quizás todo el libro sea una reflexión, un retrato de lo que ocurre si tienes sandalias y posibilidades de seguir murmurando ramas o sembrando los ojos sobre los columpios, los viajeros, los hogares que se echan de menos. Es tan grande el universo del libro que parece el rostro del abuelo que todo lo sabe para los niños sin apodo.

Y hay veces en que el libro se yergue como los pezones de una mocita al llegar las nocturnidades. Quizás porque el mismo autor confiesa que sus poemas son de andar por casa y hablar de lo vivido. Y en ese coraje contenido los cadáveres también sangran, lejana aún la hora de bajar los brazos y rendirse.

Este último libro de J. M. Barbot confirma su despego de los balbuceos y  las desorientaciones que nunca tuvo, atento a la realidad interior pero también a las periferias donde su compromiso se asienta en su escritura. Pocos alcanzan una identidad poética, aquí estamos ante un autor que lo consigue en cada construcción de luz nueva.

Siempre supe que la poesía no se aprende en las universidades (a no ser que vayas a clase con María Ángeles Pérez López) sino en apiolar con tenacidad la garla de otros que saben, ser atentos con la cultura del esfuerzo y partidarios sin eclipses de domar el lenguaje en los versos, después de cuajar en un poeta.

No se puede cautivar el agua en cántaros para enseñarla. Hay que saber su futuro de libertad y no olvidarla. A mí me ha cundido mucho la vida leyendo este libro. Prueba tú, hermano, quizás te pase lo mismo.