Domingo, 27 de septiembre de 2020

Una gran mujer

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En la basílica de San Pedro en Roma, luce una estatua de Teresa de Jesús con una inscripción debajo que reza: “Maestra de los espirituales”. En la mano derecha sostiene una pluma, en la izquierda un libro y su mirada se pierde vuelta hacia lo alto como el que espera la inspiración del cielo.

En una sociedad como la actual, en que la experiencia de Dios se descifra y estudia desde el plano psicológico es interesante leer a Teresa de Jesús que, con una lucidez extraordinaria, aborda el problema de la experiencia de Dios en el hombre, pasando por todos los ámbitos en los que esta experiencia se manifiesta, incluido por supuesto el plano psíquico. Desde el mismo inicio del cambio, cuando empieza a "darse cuenta" de las cosas, a ser más consciente de cómo vive, hasta la experiencia del desposorio místico, pasando por la oración de quietud  y de unión, Teresa explica paso a paso el trayecto de un "Camino" que cambia y transforma al ser humano, un camino de oración, de humildad y amor que nos conduce a la meta ansiada de la "Perfección" de Hijos de Dios.

Teresa es buscadora y andariega, orante y comprometida, amada y amante. Su vida deslumbra y entusiasma, por ser una mujer fuerte, por ser una castellana recia, por ser una andariega incansable y  por ser una apasionada de Dios. Muchos corazones se identifican y palpitan al unísono con el de Teresa en ese inmenso amor de Dios. Y cuando se ha experimentado al Dios de Teresa, se hace imposible vivir sin él y para él, sin “tener los ojos puestos en él” (V 35,14; C 26,3-4) y sin  darse “del todo al Criador poniendo nuestra voluntad en la Suya” (V 32,9). 

Es fácil, muy fácil, dejarse contagiar por Teresa en su búsqueda de Dios. Su lectura deslumbra y entusiasma y su magisterio termina por enseñarnos la gran ciencia de la vida espiritual. Aprender de esta maestra se torna sencillo y gratificante pese al esfuerzo de la empresa que se acomete cuando uno se inicia en el camino de la oración.

Ella vivió como una aventura de caballeros andantes (al estilo de los descritos en el Quijote) su propia vida, peleando contra sí misma, contra todo lo que podía separarla de Dios y finalmente en los últimos veinte años dejó España sembrada de conventos como una

Muchos han aprendido a ser lectores empedernidos como ella, a identificarse con sus luchas, su dinamismo, su fuerza, su coraje y su determinada determinación para amar como Jesús, para sentir con la Iglesia. Leerla es toparse con su gracejo y su ingenio, su lenguaje sencillo y espontáneo, su delicadeza, su sentido práctico, su fervor, su capacidad de análisis y de introspección.

El Dios de Teresa, el Dios vivo que lo penetra todo y empapa todo,  sigue estando presente y nos espera en cada recodo de los distintos caminos, en la cruz desnuda, en la campana que llama a la oración,  en las risas de los seres humanos, en las veredas del verdadero Camino. Y si de verdad “no mirásemos otra cosa sino al camino, presto llegaríamos; mas damos mil caídas y tropiezos y erramos el camino por no poner los ojos en el verdadero camino” (C 16,11).

Teresa está viva en sus libros, pero también lo está en todos aquellos que viven su doctrina, sin hacer ruido, entregando su vida a Dios y a los hermanos, pues “las cosas buenas se deben hacer sin llamar al universo para que lo vean a uno pasar. Se es bueno porque sí; y porque allá adentro se siente como un gusto cuando se ha hecho un bien, o se ha dicho algo útil a los demás. Eso es mejor que ser príncipe: ser útil” (José Martí).