Lunes, 14 de octubre de 2019

Veneno de afición

Servidor, del que nunca hablo, se atreve ahora al cumplir los sesenta años que comencé a abrir los ojos a esta Fiesta de los toros, que siempre ha creído que era inmortal

Cuando uno asiste a charlas, coloquios, tertulias, conferencias y en casi todos los foros y parlamentos taurinos, incluso en amena conversación entre amigos y aficionados, no es raro que aparezca en las mismas por parte de alguno de los comensales, la cita del tiempo, que llevan dentro de esta ”bendita” afición. A cualquiera de ellos le unen los recuerdos y evocan las mocedades y nada raro por lo tanto oír que: “Comencé a ir a los toros, cuando de chaval me llevaba mi padre, mi tío, mi abuelo etc.”.

Servidor, del que nunca hablo, se atreve ahora al cumplir los sesenta años que comencé a abrir los ojos a esta Fiesta de los toros, que siempre ha creído que era inmortal. Por otro lado, debo decir que a este chaval no lo llevó nadie a la plaza, ni abuelo, ni padre, ni pariente alguno, y no es que sea mérito alguno, ni mucho menos presuma de ello, sencillamente no ocurrió y este hubo de nutrirse entre chicos y amiguetes de barrios de esta ciudad, para marcar a hierro su desmedida y zozobrante afición, es decir, me hice adicto a “martillo y cincel”.

Arranqué, por tanto, en La Glorieta en una Feria de 1959. Había visto ya alguna novillada económica, fiesta de los barrios, de los bomberos, etcétera, pero sin mucho énfasis, ni fijación, pero aquel año un “gorrilla”, de mi barrio “la Prospe”, dos horas antes me llevó a la plaza, e iba limpiando las almohadillas, por entonces eran como las de Madrid, allí, acurrucado en la bocana de entrada al ruedo, veía el festejo. Al  término, a recoger las almohadillas, que pesaban un quintal, y alguna pesetilla caía, por el trabajo. Luego pasé a las botellas de gaseosa, y de otros refrescos, pero para mí lo sublime era ver a aquellos torerazos, faenas, salidas a hombros, cogidas, todo quedaba guardado en mi retina, y todo lo contaba en casa con desbordante ilusión, dibujando con un palillo y un trapo, la faena de la tarde. Porque en aquel tiempo: ¿Quién no fue improvisado torero? Cuando se jugaba en la calle, se jugaba al toro. Y luego, cómo era capaz de contárselo a los vecinos de mi calle, a los chicos y grandes, era una forma de sentirte dentro de la plaza.

Después el transcurrir del tiempo, te vas empapando del toreo, y quedas enganchado a este animal sublime y bravo, a los trajes de luces, a las hazañas de los toreros, y comienzas a tomar cartel por muchos de ellos, por su destreza, por su señorío, su empaque, su valor su gesto, y esos rasgos de personalidad y grandeza, que singularizan a cada uno de ellos, así quedas atrapado. Y sin desvelar muchas de las cosas que hice por seguir empapándome de todo aquello que me sugestionaba, comencé a leer, coleccionar, preguntar, estar al tanto de todo lo que tenía que ver con el toro, matadores, novilleros, figuras destacadas, plazas, trofeos, ferias, ausencias, retiradas, cogidas, vueltas, hasta quien tentaba en invierno en las ganaderías. Todo estaba en la prensa de entonces y en las revistas ‘El  Ruedo’,  ‘Dígame’, ‘Fiesta’, etcétera. Los vericuetos de la Tauromaquia se completaban oyendo a  aquellos mayores que hablaban de todas las calendas ocurridas antes y ahora, a partidarios, y antagonistas, donde se creaba un ambiente discrepante pero en una armonía distinguida.

La afición a las fiestas taurinas, amén de manifestarse en las plazas de toros, constituían después de las corridas y durante la temporada muchas reuniones en cafés y casinos donde se congregaban individuos reducidos en número pero selectos en calidad, para hablar de la fiesta, comentando sus accidentes, juzgando lo bueno y lo malo de las ganaderías y apreciando la capacidad y valor de los lidiadores. No existían apenas peñas o círculos organizados como los hay ahora, donde se juntan los partidarios de determinados diestros.

Los cenáculos de la época eran absolutamente particulares, se componían de aficionados de diferentes gustos y de distintos pareceres en cuanto al mérito de los toreros. Cada uno tenía su preferido y en las discusiones que se suscitaban, defendían lo que estimaban mejor de sus dotes gesto y torería del espada simpatizante.

Había aficionados de total competencia en la materia, que los juicios sobre reses y toreadores los escuchaban con respeto los más acreditados ganaderos y los más afamados ases de la torería que alguna que otra vez hacían acto de presencia y oían sin perder detalle las indicaciones y consejos de aquel tribunal, cuyos fallos gozaban de un razonable prestigio.

Eran reuniones, donde casi todos los asistentes eran de edad madura, por lo tanto habían tenido ocasión de presenciar y dar fe de los contrastados estilos que mantuvieron los gloriosos espadas. Al tiempo que se les concedía a los más viejos cierta autoridad, puesto que sus opiniones se difundían entre los aficionados, sirviéndoles para orientarse en sus observaciones y dictámenes en la plaza. Estas tertulias apenas tienen hoy razón de ser, porque aparte de saberlo todo, hoy no sabemos escuchar, todos somos unos entendidos, aunque luego en la plaza haya un palmaria demostración de ignorancia, de aplaudir con frenesí y solicitar los trofeos sin tasa ni medida que lo justifique. Convendrán conmigo que hoy a los públicos asistentes les faltan “cimientos taurinos”. Claro que estos son los que más gustan a empresas y toreros. Pasen y vean.