Jueves, 17 de octubre de 2019

Gustavo Martín Garzo y ‘La rama que no existe’ en la librería Letras Corsarias

El autor vallisoletano presentó su última novela en la librería Letras Corsarias tras impartir un Taller de Escritura en la biblioteca Torrente Ballester 

Gustavo Martín Garzo presentó su última novela ‘La rama que no existe’ | FOTOS: Carmen Borrego

La faena se remata en la hermosa terraza del Restaurante Valencia en esta cálida noche de octubre. El mismo patio en el que escribió Graham Green “Monseñor Quijote”, como nos recuerda José Luis Valencia, el dueño de este local emblemático que, tras saludar a Gustavo Martín Garzo, le pinta en el plato la pluma y la página de los escritores.

Un homenaje particular para el autor que desde su Premio Nadal de 1994, es una figura reconocida, premiada y admirada por sus novelas, artículos, relatos, libros infantiles y ensayos, siempre desde este Valladolid de Delibes en el que ejerció como psicólogo clínico y escribe estas historias plenas de lirismo que sus fieles lectores reciben como una ofrenda.

Y fue “La ofrenda”, su novela publicada el año pasado, la que trajo a la librería Letras Corsarias, “Soy aficionado al cine de piratería y el nombre de este lugar indica deseo de aventuras y búsqueda de tesoros”. Una historia fantástica, plena de aventuras y misterios que contrasta en cierto modo con la deliciosa brevedad, la sutil trama amorosa de su última novela. “La rama que no existe” es una historia de soledades, de deseos y amores entrecruzados que se desarrolla en medio del hermoso paisaje cántabro donde un profesor de instituto anodino, aficionado a los pájaros, dibujante de cuadernos de campo, se enamora de su compañera, profesora de literatura francesa, a la vez fascinada por un anciano pintor que se refugia aislado de todos. Tres personajes heridos de donde surge la historia porque según Martín Garzo los seres dañados provocan que queramos saber quién les ha causado la herida.

Tiene Gustavo Martín Garzo el don de la palabra, el tono mesurado, pleno de sabiduría. Nos hace reír cuando recuerda que a lo niños les encanta exhibir sus heridas, cubrirse de tiritas… y a nosotros nos gusta escuchar su voz pausada, sus citas siempre luminosas. Para él, el arte precisa del silencio, del vacío, de ese espacio del olvido donde esperar que llegue a ti esa voz. En un tiempo en el que vivimos entre el ruido y hemos perdido el sentido del silencio, el novelista aboga por el retiro, la soledad, la espera para que llegue la revelación, como si se tratara de la mística.

Una revelación que ha configurado una novela dedicada al arte. Porque arte y amor son lo mismo para Martín Garzo, que hila a la perfección la documentación histórica sobre la pintora Maria Blanchard, miembro de las vanguardias parisinas y falta de reconocimiento, tía de un personaje de ficción que articula la trama. El arte, cine, música, pintura, literatura, envuelve a los personajes en un constante anhelo de belleza. El arte, para el autor, como el amor, es un antídoto contra el miedo a la aridez de la vida. Un recurso que nos hace humanos.

Y es en medio de este silencio reverente que llena la librería, donde Martín Garzo nos lleva, a través de las palabras, a la sabiduría de los otros. Donde no recuerda que para Octavio Paz había hombres que querían comprender el mundo, como los filósofos o los científicos. Hombres que quieren cambiarlo, como los políticos e ingenieros… y hombres que hablan con el mundo como los niños, los poetas y los enamorados. El arte, para el autor, sirve para hablar con el mundo y gracias a él la vida tiene una dimensión diferente.

El arte como una forma de hacernos las preguntas eternas, el arte que se somete a una crítica que debe servir para guiarnos por las ínsulas extrañas… por ese territorio de las historias que nos vinculan con la vida. El arte es el verdadero protagonista de esta novela breve – una forma textual muy exigente para el autor- cuyo título es un verso de Cernuda, un arte que nos hace humanos porque humano es el anhelo de algo que, puede no existir, pero que es maravilloso.

Tiene la charla de Gustavo Martín Garzo la dulzura de lo obvio y la belleza de lo inmutable. Y habla con esa calma propia de su prosa, esa prosa sugerente que pretende crear inquietud en un lector al que desea sorprender, inquietar, despertar. Y lo hace con esta breve novela de capítulos tan delicados como pinceladas, con esta delicada acuarela de afectos, soledades y galerías de almas perdidas que logran encontrarse a través del amor y del arte en un destino misterioso en el que no caben las coincidencias.

Escuchamos al autor con esa reverencia silenciosa, ese reconocimiento de sonrisas, de quietud, de páginas que se pasan. A todos nos atiende con dulzura este escritor que cuidado lirismo, de palabra segura y confiada en la bondad del cuento, de lo mágico, de lo maravilloso. Salimos y la ciudad sigue en la calle disfrutando de la prorroga del verano. Le llevamos al lugar donde Graham Greene escribió su novela española mientras bebía vino blanco y veía pasar la vida. José Luis Valencia le dibuja en el plato, tinta de homenaje y reconocimiento, una pluma y una página en la que seguir relatando la vida. Y la vida, entre los renglones, brinda feliz una historia en el bosque habitado de la obra del autor. Entre las ramas que sí existen, hay un nombre imprescindible, Gustavo Martín Garzo.