Miércoles, 16 de octubre de 2019

El cambio climático también es cosa de niñas

 

 
 

 

 

Si usted no tiene fe en los niños, usted no tiene fe en la humanidad

(Unamuno, en la película La isla del viento)

 

 

 

 

(Foto: Manifestación reciente en Zaragoza)

La intervención de Greta Thunberg en la ONU el pasado 24 de septiembre ante los líderes mundiales no pasaría de ser un brillante gesto simbólico si no fuera porque viene acompañada de un amplio movimiento global. Adquiere así el carácter de manifiesto histórico definidor de un momento clave para la humanidad, dando una nota de luz y esperanza en un panorama cada vez más sombrío. Ahora mismo hay una acampada en Madrid ante el Ministerio de Transición ecológica y se suceden los actos públicos en otras ciudades y otros países; ha habido muchos más en los últimos años y todo invita a pensar que se multiplicarán en la medida en que la catástrofe climática empeora sin que los gobiernos tomen medidas ni cumplan compromisos adquiridos tiempo atrás.

Que este movimiento empieza a tener consistencia como agente político lo muestran las agrias reacciones suscitadas por ese discurso entre los llamados "escépticos" –incluidos los de la ignorancia supina y los vendidos a la energía fósil– ante el cambio climático. Ladran, luego cabalgamos, se podría decir. ¿Por qué uso ese verbo perruno? En un debate que debería emplear argumentos y datos (por ejemplo los que dan entidades oficiales como la Agencia Española de Meteorología, como comenté aquí el pasado quince de agosto) se recurre al golpe bajo de la calumnia y del juicio gratuito: que si Greta está manipulada, que si es una exhibicionista consentida por sus padres y profesores, que si tiene conexiones con el millonario judío Soros... Y aún alguien tiene la indecencia de aludir con desprecio a sus "deficiencias" personales, a su enfermedad psicológica, como si eso no fuera algo que da aún más valor a su sentido de la responsabilidad, a su valentía y a su inteligencia a la hora de saber movilizar a muchos otros jóvenes en todo el mundo.        

Todavía alguna señora mayor disfraza su descalificación con comentarios de peluquería: “en el cole es donde deberías estar, niña…, mira cuántos millones de niños no tienen ni qué comer...”. Y el caso es que Greta lo admite: "… yo no debería estar aquí. Debería estar en la escuela al otro lado del océano. Pero vosotros venís a la gente joven a por esperanza". Esa es la cuestión. Fue precisamente en Suecia, su país, donde puede decirse que surgió formalmente la bandera del ecologismo con la conferencia de Estocolmo de 1978, auspiciada por la ONU y presidida por Olof Palme. Y surgió ya entonces como algo global, referido a “un solo mundo”, y relacionado con los demás grandes problemas de la humanidad: la pobreza, los derechos civiles y sociales, la calidad y dignidad de vida, en fin. Así sigue planteándose ahora: los graves problemas mundiales están interrelacionados.  Pocos años después el informe Brundtland (primera ministra noruega) enunció además la necesaria solidadridad intergeneracional implícita en el concepto de desarrollo sostenible. Han pasado los años, las generaciones, y ni la de los padres ni la de los abuelos de Greta han hecho –hemos hecho– gran cosa por enmendar una situación que ha ido agravándose mientras tanto. Sí es verdad que se ha hablado e investigado mucho, tanto es así que los términos generales del problema, como sus soluciones, están enunciados desde hace mucho tiempo. Lo que no es poco, pero no es suficiente.

Así pues, el cambio climático es cosa de niños y niñas, de jóvenes. Por supuesto: especialmente de ellos.