Sábado, 7 de diciembre de 2019

La felicidad perdida

“Los que creen tener merito, consideran que su desgracia es un honor, y así intentan persuadir a los otros y así mismos de merecer un cambio favorable de fortuna”

(La Rochefoucauld)

ENTRE PUENTES

LA FELICIDAD PÉRDIDA

Existe una relación dinámica entre nosotros, el entorno y la sociedad. La sociedad es un reflejo de cómo somos y actuamos las personas y, al mismo tiempo, influyen en nosotros el entorno y su cultura. Podemos libremente decidir si actuar o no según la cultura dominante, que puede contribuir a promover y cultivar valores que humanicen a las personas o, por el contrario a su deshumanización. Por su incidencia, es importante conocer rasgos de cultura en la que vivimos.

Vivimos frenéticamente, en un constante cambio social, laboral, político y hasta climático que se identifica con algo positivo per-se el progreso. En este contexto, no importa tanto la dirección que ese cambio tome, como la velocidad y frecuencia con que lo hace. El cortoplacismo y la propia velocidad e intensidad de los cambios dificultan la reflexión sobre qué dirección tomar a medio o largo plazo, - recibimos, como digo en otro artículo- sobredosis de información que no siempre puede digerirse bien-. Esa información se difunde instantáneamente en multitud de medios de comunicación en formatos estandarizados que unifican  las ideas. Como resultado se produce una ausencia de reflexión, de contraste de opiniones y soluciones diferentes. Lo “políticamente correcto” se impone al pensamiento propio, ajeno a lo establecido, y desde un punto de vista de pretendida “neutralidad” se van creando nuevos estereotipos y tabúes. Este contexto es un buen caldo de cultivo para la llamada “post-verdad”, a través de la última palabra de moda que hemos incorporado a nuestro acervo: Las fake-news.

Hoy se impone una “paz romana” basada en la obligación - de estar bien – y que todo es posible- con tal de que no perturbe nuestra apacible vida. Todo es cuestionable, excepto la “libertad”, la “tolerancia” y la “democracia” entendidas como instrumentos para evitar que se generen problemas que nos puedan perturbar. De este modo, se confunde el respeto con el interés por los demás.

Nuestro –leiv motiv- es buscar la felicidad, un concepto difícil de concretar y delimitar. Por este motivo, con frecuencia lo sustituimos erróneamente por la idea de bienestar, una noción más accesible, medible y susceptible de ser legislada. Por otra parte, el desarrollo económico y social ha dado lugar al ejemplo de Estado del bienestar que bien podría llamarse Estado del bien tener, equivalente a vivir bien, disfrutar del ocio y del amplio abanico de servicios públicos. De este modo se cierra un círculo en la que la felicidad se equipara al bienestar y queda anclada en el materialismo extremo y cortoplacista que mide el éxito en función de lo que se tiene: algo medible y externo.

La cultura se ha vuelto frívola, banal y divertida. La falta de un sentido más profundo se suple con el consumo y la diversión, produciendo un trastorno de impulsos y de ausencia de ideales. La felicidad depende entonces del Estado, de los royalty televisivos, o de que nos toque la lotería, no de nuestro propio proyecto ni de nuestra riqueza interior, ni de nuestro esfuerzo. El bienestar y las comodidades son la idea que tenemos de felicidad y delegamos su adquisición en el Estado: como pagamos impuestos tenemos derecho a que se nos de todo lo necesario. Somos esclavos de una sociedad que nos exige consumo para lograr el éxito esperado. Pero la realidad es tozuda, y el ser humano no se siente feliz ni pleno ante la situación descrita; no somos más felices por vivir en una sociedad opulenta. Tenemos una muestra palmaria cada día, personas de éxito, ejecutivos, banqueros, políticos etcétera, que se sienten vacíos ante sus propios logros. La razón hay que buscarla en la contradicción de esta lógica: entendiendo de este modo, el bienestar nos ofrece todo al precio de deshumanizarnos y arrasamos las pautas de nuestra libertad personal.

               

   Fermín González salamancartvaldia.es           blog taurinerías