Lunes, 21 de octubre de 2019

A través de la lente, la ciudad letrada

Salamanca tiene quien la retrate, quien la pinte, quien la fotografíe, quien la haga cine para que la veamos, la gustemos, la disfrutemos. Ciudad de artistas, ciudad de película, el paseo, pincelada a pincelada de la Exposición del Casino de Salamanca nos recuerda a los pintores que la habitan, la aman y la acarician, paleta de ocres y cielos de septiembre que retrataba Jonathan Cenzual Burley en su imprescindible película “El pastor”. Para él, el otoño era el mejor tiempo para mirar a las nubes en la infinita Armuña de suaves ondulaciones, barbecho, tierra recién arada con el regusto de los rebaños del espigadero. El cine ha paseado Salamanca con ritmos ancestrales de la mano de Gabriel Velázquez y su “Zaniki” y nos ha vuelto nostálgicos y conscientes en las conversaciones de un Martín Patino que no dejó nunca de llevar la ciudad letrada en sus ojos sabios y claros.

La escriben, la pintan, la ruedan, la acarician con su paso de habitantes enamorados, de gentes que vienen y van, salmantinos que regresan y viven entre sus piedras plenas de historia. Nuestro Ramiro Tapia, el más internacional de nuestros pintores, recuerda a Jaime de Armiñán rodando “El nido” en las calles de una ciudad coqueta, paraíso perdido de quienes se fueron como Carmen Martín Gaite, dejando entre sus calles el rastro de su palabra y de su presencia. Unamuno se pasea pertinaz y tozudo mientras Torrente Ballester se hace estatua, Adares sigue en su plaza, Ledesma se ajusta su capa y Aníbal Núñez confía en la bondad de nuestra memoria. Salamanca a veces es ingrata, lenta, pero ahí va, dejando que pase el tiempo, reticente en ocasiones, pero siempre ahí, agazapada porque tiene memoria aunque tarde en entregar el reconocimiento de los que ama. Tarde, pero llega, llega ese futuro de homenaje y de lectura sosegada… de ahí los vítores a nuestros magníficos filólogos, Bustos Tovar, Real de la Riva… de ahí el próximo y necesario homenaje a nuestro hombre de cine, de ahí que ahora llenemos las salas de reconocimiento unamuniano y vayamos todos con las manos entrelazadas en la espalda, encorvados frente a los recuerdos de un tiempo de necesaria lectura.

La película de Aménabar es un espejo negro. No refleja más que lo queremos ver. Y yo quiero un relato, no un documental, de ahí que no me importen los errores históricos, familiares y hasta literarios. Uno cose a su manera, hilvana y zurce para que el espectador se emocione. Y para que reflexione. Nada más certero en estos tiempos que la conversación de Unamuno y Vila frente al paisaje. Es la contradicción y la pelea. Unamuno era el buitre fiero que se devoraba a sí mismo, el hombre que tardó, cierto, pero que supo ver y con qué sutileza lo retrata el director, no solo lo que pasaba, sino lo que nos duraría el empeño de ese hombre pequeño que tan bien retrata. El Francisco Franco de Aménabar es un acierto. Lo es el guante blanco de Doña Carmen, tendido y violentamente retirado. Lo es mi Salamanca bella en esta película, la historia, tan compleja, tan poliédrica, tan falta de maniqueísmo en este valiente intento de leer sus páginas más dolorosas. Hay mucho que decir, cierto, y mucho que sentir y es agradecimiento lo que siento. Porque todos los cielos de Cenzual, todas las encinas de Velázquez, todas las películas de Martín Patino, todos los Unamuno son el retrato de una ciudad que amo. Una ciudad madre y madrastra. Una ciudad que habitamos, discrepamos y retratamos. Y que no cese la voluntad de seguir recorriéndola…    

Charo Alonso.

Fotografía: Fernando Sánchez.