Miércoles, 13 de noviembre de 2019

Los comuneros (1520-1521)

Bravo, Padilla y Maldonado fueron derrotados el 23 de abril de 1521 en Villalar

A principios de 1519 llegó a Castilla la noticia de la muerte del emperador Maximiliano, abuelo de Carlos I. A vuelta de correo Carlos envió mensajeros con grandes cantidades de oro. Sus partidarios se lo debían hacer llegar a los príncipes electores alemanes junto con su deseo de ser emperador. En el mes de mayo los cuatro príncipes electores alemanes optaron por designar emperador del Sacro Imperio Romano Germánico al rey de las Españas con el nombre de Carlos V.

Era necesario que el candidato marchase a Alemania para la coronación. Mas como el viaje y sus fastos precisasen de dineros que no tenía, en 1520 convocó Cortes en Santiago de Compostela para que los representantes de las ciudades castellanas votasen los servicios que el cargo comenzaba a demandar. Hubo amenazas, advertencias, máscaras y otros espantos, hasta que los procuradores castellanos aprobaron los subsidios y el emperador embarcó hacia Aquisgrán, dejando como gobernador a Adriano de Utrecht. 

El descontento de las ciudades castellanas por las nuevas cargas que tenían que pechar, unido a la ausencia del monarca, provocaron los primeros tumultos. Los representantes en Cortes fueron acusados de cobardes o corruptos y, en algunos lugares, los vecinos indignados los asesinaron.

Toledo, Segovia, Salamanca, Zamora, Ávila, Cuenca o Madrid expulsaron a los corregidores y se autoproclamaron “comunidades”. Los comuneros protagonizaron un levantamiento que tuvo marcado carácter político. Pretendieron imponer condiciones al monarca: la expulsión de los consejeros flamencos que ocupaban altos puestos en la administración castellana, la exigencia de que el rey permaneciese en estos reinos, aprendiese el castellano y acatase sus leyes y fueros, el respeto a la voluntad de las ciudades en Cortes y a sus representantes, la disminución de impuestos, que se pusiese freno al creciente poder de la nobleza y limitar la exportación de lana para proteger los telares castellanos.

En las poblaciones sublevadas organizaron el gobierno en concejos y eligieron nuevos cargos concejiles que recayeron en destacados comuneros. Cuando se supo que tropas imperiales de Adriano de Utrecht habían atacado e incendiado Medina del Campo las reticencias de los indecisos se disiparon. La rebelión se extendió por toda Castilla. Las ciudades enviaron representantes a Tordesillas para constituir un organismo director, la Santa Junta, que se reiteró en las exigencias al rey e intentó conseguir, sin éxito, el apoyo de la reina Juana.

Carlos I fue informado de las dimensiones que estaba tomando la galerna comunera y de la osadía de aquel desorden, y envió cartas selladas indicando que respetaba la voluntad de las Cortes, al tiempo que nombró a miembros de la alta nobleza castellana como cogobernadores junto a Adriano. Los comuneros no se dieron por enterados. Convirtieron el rumbo de la revuelta en el espejismo de una revolución y atacaron algunos señoríos. Esto terminó de decidir a los aristócratas que cerraron filas junto a la divisa del emperador y se presentaron unidos frente a los sublevados.

Algunas ciudades se retiraron de las “comunidades” –Burgos- y otras fueron reconquistadas por los clarines imperiales –Tordesillas-, lo que incrementó las dudas y discrepancias entre los líderes comuneros, que entorpecidos por las interminables discusiones y vigilias, fueron obligados a presentar batalla. Fue un aciago 23 de abril de 1521 en los campos de Villalar.

Aquel día salió un sol negro, inhóspito y los álamos que se abrían a la primavera vieron impasibles como los tres líderes de la rebelión comunera, Juan Bravo de Segovia, Juan Padilla de Toledo y Francisco Maldonado de Salamanca, fueron derrotados y ejecutados. Toledo resistió hasta el año siguiente y junto con Segovia sufrió una durísima represión. Al obispo de Zamora, Antonio de Acuña, le dieron garrote en 1526.