Miércoles, 16 de octubre de 2019

Cumpleaños

En Cataluña se celebra mi cumpleaños por todo lo alto con manifestaciones en las calles, lazos en las ventanas, discursos de autoridades en las plazas y banderas al viento; los medios de comunicación hablan de la fecha de mi cumpleaños como un día especial y hasta las fuerzas de seguridad del Estado aumentan allí sus dotaciones para proteger la tranquilidad del día de mi aniversario, y estoy seguro de que si pasease por cualquier calle catalana ese día, la gente se detendría a saludarme o a lanzarme vítores de felicitación y cariño...

Empeñarse en sacralizar, imponiéndola, una fecha concreta por el aniversario, la efeméride o el recuerdo que concita, puede desembocar en tantas interpretaciones particulares como cada quien pretenda otorgarles y, al tiempo, despoja de sentido ciertas suntuosidades que quieran imponerse. Sí, mi cumpleaños es el día 1 de octubre y durante años, siendo niño, ese día era festivo porque se celebraba el nombramiento de Franco como Jefe del Estado, y yo creía que la festividad se debía a mi cumpleaños, así que me daba mucha pena que otros niños celebrasen el suyo en día laborable (de diario, que se decía). Así que, con aquel mismo autoengaño, del que despertar me traumatizó gravemente, pero también con el mismo derecho a mentirme, puedo prolongar esa ilusión hoy en Cataluña, ya que el primero de octubre se ha convertido allí en una especie de fiesta de conmemoración, celebración, homenaje, recuerdo..., que no es más para mí que la fiesta de mi aniversario, y quiero juzgar que todo lo que de extraordinario allí sucede es en homenaje al día de soplar velas de este servidor de ustedes (que también se decía). Por eso no comprendo que haya gente que se ponga nerviosa, que se alarme o que se indigne porque los catalanes celebren el 1 de octubre... mi cumpleaños.

La antropología social define muy claramente los elementos que conforman los vértices de movimiento, referencia o identificación que las sociedades adoptan para reconocerse y, sobre todo, para diferenciarse. Y no son las fechas, precisamente, los que más las definen. Así que lo mejor es relativizar al máximo los jolgorios y reinterpretar en clave inteligente las algarabías. La deificación, consagración, ensalzamiento, elevación a lo simbólico por decreto y, sobre todo, la imposición de las fechas de celebración, es una muy extendida costumbre entre la clase política y gubernamental de muchos países, que han elevado, o pretendido elevar, a la categoría de símbolo, norte, meta o monumento aquellas fechas en que iniciaron, finalizaron, emprendieron, pensaron, fallaron, nacieron o concluyeron algo, imponiéndolas a la población como hito de celebración y objeto de reconocimiento. El franquismo, tan proclive al dictado, impuso su 18 de julio durante cuarenta años; también el 1 de abril, su día de la victoria, se impuso durante decenios como celebración obligatoria del triunfo del fascismo... y más: el citado 1 de octubre, el 9 de febrero, el 20 de noviembre... Hoy, en este país, fechas como el 6 de diciembre se celebran festivamente para conmemorar la aprobación de una Constitución que apenas se cumple, y las comunidades autónomas fijan fechas festivas de lo más variopinto para que el pueblo se vea en la obligación de “celebrar” aquellos días que casi siempre significan algo solo para quien los impone (o los saca, como las banderas, de algún viejo mamotreto). Los viejos dictadores africanos hacen celebrar sus cumpleaños a todo el país con festejos durante días, los reyes se pasean en carroza en sus aniversarios o hacen recepciones para que todos los celebren, los carros de combate orientales desfilan por las avenidas en el aniversario de... su primer desfile, y las religiones apañan los equinoccios y sacralizan los solsticios para imponer sus fechas de oración.... En muchos países, especialmente en Latinoamérica y los del Este de Europa, la que podíamos llamar “fechamanía” se ha extendido de tal modo que una gran cantidad de calles, avenidas, lugares, monumentos y hasta ciudades ostentan como nombre propio el de un día de un mes que, al paso del tiempo, deja de tener significado para convertirse solo en referencia postal o cartográfica a la que, como quien esto firma al 1 de octubre, cada quien puede dar o aplicar el significado que le convenga. Del mismo modo, empresas, instituciones, organismos o entidades de todo tipo se empeñan en celebrar, imponer o hasta a veces abofetear con aquellas fechas que conmemoran su inicio, su cambio, su fusión o hasta su muerte, obsequiosas por ello para procurarse abrazos. Hasta la ONU fija días internacionales de causas a las que deja de prestar atención los 364 días siguientes, y en las películas americanas no asistir personalmente al cumpleaños de un hijo, de un padre o de un perro, sea cual sea la causa, significa baldón de indignidad, menosprecio y vilipendio al culpable, y hasta rotura conyugal para cualquier progenitor, costumbre que en España, tan atenta a imitar todo, se ha extendido no solo a los cumpleaños sino a los aniversarios de bodas, defunciones y hasta catástrofes naturales, cuya no celebración o conmemoración se considera como desaire a poco menos que la misma condición de ser humano...

Nadie elige la fecha de su nacimiento, pero sí la forma de celebrarlo (o lamentarlo). Hace más de dos mil años, Horacio enunció el famoso “carpe diem”, que ha servido a tantas reflexiones filosóficas posteriores para el auto-reconocimiento del individuo como dueño de su instante y soberano de su tiempo. Cada día, y no ese día, el recuerdo o el homenaje (o el olvido) pueden ser decididos. Cada día, y no ese día, puede ejercerse la libertad.