Miércoles, 16 de octubre de 2019

La banalidad del mal

También comprendo que el subtítulo de la presente obra puede dar lugar a una auténtica controversia, ya que cuando hablo de la banalidad del mal lo hago solamente a un nivel estrictamente objetivo, y me limito a señalar un fenómeno que, en el curso del juicio, resultó evidente.

Hannah Arendt

 

No, Eichmann no era estúpido. Únicamente la pura y simple irreflexión —que en modo alguno podemos equiparar a la estupidez— fue lo que le predispuso a convertirse en el mayor criminal de su tiempo. Y si bien esto merece ser clasificado como «banalidad».

Hannah Arendt

El 1 de septiembre se conmemoró el 80 aniversario del comienzo de la Segunda Guerra Mundial, un conflicto internacional entre sesenta países y que provocó casi setenta millones de muertos. El delirio expansionista del régimen nazi no solo provocó la guerra más mortífera de la historia, además llevó a cabo el intento de extinción del pueblo judío. La Shoah, ha sido una de las mayores catástrofes de nuestra historia reciente, la máxima expresión de la crueldad humana que el mundo ha sido testigo, un horror que se resiste a cualquier tipo de explicación o justificación.

Quisiéramos recomendar en la entrada de este día, un libro que se escribió hace 56 años por la pensadora Hannah Arendt, Eichmann en Jerusalén: Un estudio sobre la banalidad del mal. Una obra que sigue estando de plena actualidad, no solo porque es uno de los mejores libros para entender el Holocausto nazi, sino para comprender el siglo XX. La pensadora estudia en este ensayo las causas que propiciaron el holocausto, la participación de los consejos judíos, pero también, la naturaleza y la función de la justicia, aspecto que la lleva a plantear la necesidad de instituir un tribunal internacional capaz de juzgar crímenes contra la humanidad.

Hannah Arendt será enviada a Jerusalén por la revista The New Yorker para informar sobre el proceso contra Eichmann. Teniente coronel de las SS, encargado del transporte de judíos a los campos de concentración y creador de los “consejos judíos” que colaboraron en la selección de los deportados. Fue capturado por el Mossad (operación Garibaldi) en Buenos Aires en 1960. Eichmann fue el encargado de materializar la llamada “Solución Final al problema judío”, esto es, la aniquilación total de ese pueblo en los campos de exterminio.

El Estado de Israel, que se había saltado todas las reglas del Derecho Internacional al secuestrarlo en Argentina, quería mostrar a Eichmann como un monstruo despiadado para, de ese modo, poder justificar sus cuestionables prácticas anti-nazis. Fue juzgado ante un tribunal judío que le condenó a la pena de muerte por crímenes contra la humanidad y contra el pueblo judío. Fue ahorcado el 1 de junio de 1962 y sus restos incinerados y arrojados al mar.

Hannah Arendt, cuando llega al juicio de Eichmann, ya había escrito en el año 1951, una de sus grandes obras, Los Orígenes del totalitarismo. En el libro intentaba comprender los mecanismos ocultos de uno de los mayores males del siglo XX, donde todos los valores políticos y espirituales se diluyen en un horror en donde no se reconoce el rostro ni los fines humanos. Llegó a la conclusión de que fueron el antisemitismo y el imperialismo las causas del horror; el primero llegó a convertirse en el catalizador del movimiento nazi y, el segundo, creó unas condiciones económicas tales, que llegó a trasformar los elementos políticos y de masas. A ello debemos añadir la propaganda y la utilización del miedo y el terror como verdadera esencia del totalitarismo como forma de ejercer el poder.

Su informe sobre el juicio, que desató una enorme polémica, se publicó en 1963, primero en la revista The New Yorker en cinco capítulos, más tarde en forma de libro. La experiencia del juicio y su controversia provoca en Hannah Arendt, un nuevo ímpetu para reflexionar sobre el estatuto de la verdad y la función crítica del pensamiento. Ahí está el Post scriptum añadido a la segunda edición (1965) de Eichmann en Jerusalén.

La pensadora no vio en Eichmann al horrendo genocida que se presentaba en todos los medios, sino a un pobre hombre, obsesionado con el cumplimiento de las órdenes y disponible a todo requerimiento de sus superiores. Para colmo, contó con la ayuda de algunos líderes judíos a la hora de seleccionar a las víctimas que debían de ser deportadas a los campos de concentración. Esto no produjo ningún vuelco en su identidad, ni una quiebra de su conciencia, siguió siendo un ciudadano normal y cumplidor con las tareas asignadas por el poder. Comenta la autora, Eichmann no era estúpido. Únicamente la pura y simple irreflexión, que en modo alguno podemos equiparar a la estupidez, fue lo que le predispuso a convertirse en el mayor criminal de su tiempo.

De ahí la calificación de la banalidad del mal.  El mal, no se esconde en las grandes mentes criminales, sino en la estructura insignificante de cualquier ciudadano, tal vez padre de familia y aparentemente normal, como Eichmann. Hannah Arendt, nos ha mostrado, lo terriblemente normal que puede ser el mal, en la cotidianidad de la vida y del individuo. En realidad, comenta Hannah Arendt, una de las lecciones que nos dio el proceso de Jerusalén, es que ese alejamiento de la realidad y de irreflexión, pueden causar más daño que todos los malos instintos inherentes a la naturaleza humana. Cuando se deja de pensar, la conciencia desaparece.

En nuestra realidad globalizada y del cansancio, sigue el peligro de la irreflexión. Tenemos grades fauces para tragar todo aquello, aunque sea falso, que nos llega sin hacer un juicio o una crítica. Debemos “atrevernos a pensar”, pensar por nosotros mismos de manera crítica, independiente y sin prejuicios, como nos apuntaba I. Kant. Si el exceso de pensamiento produce monstruos, no pensar y no ser críticos, es lo que propicia que se difunda “la banalidad del mal”.

Individuos indiferentes hacia lo público que están dispuestos ha cometer crímenes sin remordimiento ni juicio, o gobiernos irresponsables ante el hambre, la guerra o la inmigración. Nuestra pasividad e indiferencia ante tantas muertes en el mediterráneo o en las fronteras, pone en evidencia nuestra incapacidad para concebir y defender sus vidas como dignas de ser vividas. Esta indiferencia e irreflexión, está ayudando a difundir “la banalidad del mal”. No podemos permanecer callados, denegar la condición humana a los inmigrantes, como hacen algunos políticos o algunas personas. Debemos pensar y ser críticos y ver una realidad que no puede dejarnos indiferentes y no banalizar el valor de la vida humana.