Miércoles, 16 de octubre de 2019

¿Por qué el Ayuntamiento salmantino no pone sanciones a cotidianas conductas incívicas?

Quizás algún lector pueda pensar que no es muy coherente fijarse en un “tema menor”, como este de  conductas individuales incívicas que no son graves delitos, cuando la ciudad tiene muchos problemas más graves y  acuciantes.

La respuesta a esta objeción es que esa serie de conductas (que describiremos a continuación) diariamente repetidas, imprimen un carácter a Salamanca que pudiéndola describir como ciudad “limpia, acogedora, tranquila” nos sale describirla objetivamente como “sucia, ruidosa, muy poco acogedora”.

¿Cuáles son esas conductas incívicas? Empecemos por aquellas que ensucian la ciudad: papeles en el suelo, botellas y latas de todo tipo en cualquier parada de autobús, bancos de jardines o ALREDEDORES de las papeleras, que un sector de la población arroja, por costumbre. Lo sabemos; seguramente la mayoría de la población tiene la suficiente educación para no hacerlo, pero hay una minoría que lo hace CONTINUAMENTE. La primera conclusión, si se quiere resolver el problema (y esto sirve para las demás conductas incívicas a las que nos referiremos), no es incrementar  el personal de limpieza ni, en general, el número de papeleras; hace muchos años que sabemos, por otras ciudades españolas y extranjeras que lo han resuelto,  que el único modo de resolverlo es  sancionar esa conducta. La administración local salmantina también lo sabe pues actuó en el tema del pintarrajeo caótico de grafitis y en unos meses de sancionar a una muestra de “grafiteros” el fenómeno ha disminuido muchísimo.

Lo mismo ocurre con esa minoría de automovilistas para quienes las leyes de la ciudad no existen: los que aparcan a pesar de todas las prohibiciones en zonas peatonales o en las aceras a cualquier hora, incluso en los parques y jardines, los que, con los cristales de la ventanilla bajados, atruenan las calles con su estrepitosa radio o similar, o la minoría de padres que para dejar o recoger a sus hijos en el colegio, convierten los 10 minutos que los ayuntamientos conceden, en 100 minutos de mal aparcamiento y polución.

En una ciudad en la que hay una numerosa población de personas mayores, como la de Salamanca, no se puede permitir que, en los autobuses, los pocos asientos reservados a personas mayores estén ocupados por gente joven.  O que en las esperas de los consultorios médicos los móviles sigan sonando y se hable a gritos en un espacio dedicado a la salud. O que no se ayude a una anciana en silla de ruedas que va a travesar una calle céntrica. O que…no se cumpla aquello que nos enseñaron ¡hace tantos años!: las normas de urbanidad, las llamábamos.

Señores concejales, ¿qué les detiene para decidir esta política tan concreta y tan beneficiosa para la ciudad y para la mayoría de la ciudad, como son ejecutar las necesarias sanciones? ¿Quizás el temor de perder unos cuantos votos en las siguientes elecciones? Sería un temor infundado. Esa minoría de la población que tiene fobia a las normas de convivencia son los mismos que nunca votan.