Miércoles, 16 de octubre de 2019

A la cuarta tampoco irá la vencida

El pasado sábado, durante el paseo que suelo dar con frecuencia por la zona monumental, un matrimonio de unos cuarenta años de edad, naturales de uno de nuestros archipiélagos, se me acercó en la Plaza del Corrillo para preguntarme por dónde se iba a la Universidad. Les dije que yo iba en esa dirección y que, si no tenían inconveniente, los acompañaría muy gustoso. Pronto noté en sus caras el recelo de quien no desea ser engañado por un falso guía. Aclarada mi desinteresada intención, a partir de ese momento, fui explicándoles lo esencial de cada uno de los monumentos que íbamos recorriendo. Debo aclarar que se trataba de una pareja muy educada, con muy buenos modales y, según me dijeron, exalumnos de la universidad de su autonomía. No quise preguntar su titulación.

Cuando íbamos desde la Universidad hacia las Catedrales, al pasar frente a la Casa Museo de Unamuno, el esposo me preguntó qué relación tenía Don Miguel con Salamanca. Al decirle que fue rector de nuestra Universidad, se quedó extrañado porque creía que era un político y no un docente. Tuve que extenderme algo más, explicando los detalles más conocidos de su personalidad y el manoseado enfrentamiento con Millán Astray. Ni les sonaba. Al mencionar la estancia de Franco en Salamanca durante nuestra guerra civil, me di cuenta que tampoco lo conocían.Pero lo que más llamó mi atención fue su comentario final: “Mire Ud., nosotros no habíamos nacido cuando murió Franco y, la verdad, tampoco nos importa mucho. Hemos vivido en democracia y lo que sabemos es que ahora se vive mejor y de lo de antes ya nadie se acuerda”. Terminamos la tournée invitándoles a un café, sentados junto a Torrente Ballester. Creo que desde ese día tengo dos amigos más.

Debo reconocer que sentí algo de pena al observar el menguado bagaje cultural de nuestra juventud. Tal vez pertenecemos a una generación que, por razones de edad, nos ha tocado hacer frente a otras preocupaciones, pero sigo pensando que da pena observar la sibilina utilización que se ha hecho de las diferentes leyes de educación, hasta conseguir una nueva generación empapada con unos conocimientos, si no opuestos, al menos encontrados. Los nacionalismos paletos han mutilado descaradamente la historia y la verdad. A la larga, la cultura y el idioma están consiguiendo, en buena parte de nuestros territorios, una “independencia con sordina”. Reconvertir la situación no será tarea fácil mientras no haya consenso ni ganas de alcanzarlo.

Todo este largo preámbulo tiene mucho que ver con la situación actual. El doctor Sánchez ha escogido la vía del engaño y no está dispuesto a abandonarla. Está tan obnubilado con el poder que nada le importa lo que piensen los demás. Ha llegado a la Moncloa con el freno echado por su escasez de diputados, pero está dispuesto a gripar el motor antes que levantar el pie. Fiel a su revanchismo, se olvida de los graves problemas que nos acucian y muestra sus preferencias por los métodos que más votos le proporcionen. Más de media España no conoció a Franco y, de los que le conocimos, sólo a cuatro resentidos les importa dónde esté enterrado; a los demás nos parece que Franco no está en el Valle de los Caídos. Como Churchill, Hitler, Stalin o Bonaparte, Franco ya está en la historia, y de ahí no les podrá sacar nadie, por mucho que se remuevan sus tumbas. Con la muleta de la exhumación, Pedro Sánchez está resucitándolo.

Sin entrar a analizar las luces y sombras que acompañaron a la dictadura -que las hubo-, Franco tuvo la desgracia de ser el único que consiguió ganar una guerra al comunismo, y eso no han acabado de digerirlo los perdedores. Sólo un grupo de Políticos (con mayúscula) fue capaz de hacer realidad ese término tan mancillado que se llama reconciliación, para emprender una nueva etapa de convivencia en democracia, capaz de sorprender agradablemente a todo el mundo. Pasados los años, apareció en escena el primer charlatán empeñado en acabar con el consenso para dar la vuelta a la historia y, de paso, llegar a un poder para el que demostró con creces no estar preparado. El socialista Zapatero -primer desmembrador del PSOE- llegó al poder merced a un trágico suceso que le puso en La Moncloa “de rebote”. La carencia de un programa real -por estar convencido de su derrota- le llevó a dar rienda suelta a sus ansias de desquite, olvidándose de los problemas de sus ciudadanos. Eso sí; había que resucitar la memoria de su abuelo y nada mejor para ello que alumbrar una Ley de la Memoria Histórica que, en contra de lo que dice en la primera frase de su Preámbulo - “El espíritu de reconciliación y concordia…”-, debería llamarse “Ley de la Memoria Histórica de Uno de los Bandos de la Guerra Civil”.

Toda guerra civil, por definición, es una aberración de la sociedad. Las iniquidades y la lucha entre hermanos están a la orden del día. Ponerse ahora a contar dónde hubo más abusos es hacer oposiciones a equivocarse. Todo el mundo admite que las guerras son el resultado del fracaso de los políticos. Los dos bandos hicieron gala de barbarie y víctimas inocentes de esos políticos lo fueron todas: los muertos en los campos de batalla y los asesinados en la retaguardia. Pretender contar solamente los de un bando es una puñalada por la espalda a la concordia y al consenso alcanzados en 1978.

Afortunadamente, el momento actual está muy lejos de parecerse al de los años de la II República, cuando un PSOE marxista y proclive al golpe de estado fue el máximo responsable de una serie de atentados, incendios y asesinatos que hicieron la paz imposible. Ahora bien, el compadreo con partidos independentistas, terroristas y partidarios de acabar con el orden político actual, está dando lugar a situaciones tan graves como la que ya se está viviendo en Cataluña. No se puede hipotecar el porvenir de una nación para satisfacer las propias ansias de poder. El Estado de Derecho ya no existe en esa comunidad. En la actualidad, no existe democracia que se precie de serlo y soporte las vejaciones que se vierten a diario contra los españoles de dentro y fuera de Cataluña. El que calla, otorga; y lo que es más grave, da pie a pensar que le interesa mantener tal estado de cosas. Tras el último consejo de ministros, su portavoz ha declarado que aún no se dan las condiciones necesarias para la intervención del Estado. Es decir, el Gobierno ni interviene en Cataluña ni contrarresta las maniobras independistas que orquesta la Generalidad fuera de España. Se está propiciando otro enfrentamiento con las FCSE que dé lugar a una nueva leyenda negra.

Pues bien, a juzgar por los primeros movimientos en los partidos políticos, y por mucho que se pretendan cocinar las encuestas demoscópicas, todo apunta a un nuevo arco parlamentario que verá aumentadas sus familias, pero que continuará mostrando dos partidos que sobresalgan del resto, sin posibilidad de aglutinar un número de escaños afines suficientes para gobernar. Como siempre, la solución estará en las urnas, no en las encuestas. Que cada cual, partidos y votantes, se aplique el cuento.