Miércoles, 16 de octubre de 2019

El imposible describir.

Se me ocurre que existen tres clases de personas que utilizan la pluma: los escribientes, los escritores y los escribidores. Los primeros lo hacen para los medios, los segundos para las editoriales y los últimos para ellos mismos. El mundo periodístico está lleno de escribientes, la Real Academia y aledaños de escritores y el anonimato de escribidores.

Los escribientes suelen ser currantes que tienen que llegar a fin de mes. Si el jefe les dice: “escribe sobre la Virgen del Rocío”. Van y lo hacen. Tal encomienda está dentro de su oficio. Profesión, por cierto, muy respetable y necesaria para que siga existiendo la democracia. Lo peor es cuando los jefes les mandan linchar a un político o viceversa.  Los mejores, pocos, se refugian en un periódico digital independiente o se van al paro. (Salamanca rtv  al día es una publicación independiente) Otros obedecen avergonzados y al resto les importa un comino. Lo curioso del caso, es que los últimos invocan, sin cesar, la sacrosanta “libertad de expresión”. Son mercenarios. Hoy pelean en un bando y mañana en el contrario. Money, money, money/Must be funny/In the rich man's world.

Los escritores pertenecen a otra tribu. Existen dos clases de escritores. Los que escriben para los demás y los que se escriben. Los primeros lo hacen a la carta. Ahora mola una de chipirones a la plancha y mañana un cocido madrileño. Los segundos lo hacen a su aire, caiga quien caiga. Pongamos algunos ejemplos: Jean Paul Sartre versus Albert Camus, Arturo Pérez-Reverte versus Miguel Delibes, Vargas Llosa versus Ernesto Sábato. Los que escriben a la carta lo hacen para alcanzar fama y dinero. Los segundos para sus diferentes alias: “Ahora soy Don Quijote, luego Sancho Panza”. Quiero decir: los primeros sólo han descubierto a lo largo de su vida una identidad, los segundos varias. Los que perduran son los segundos. En efecto, ellos hablan un lenguaje intemporal. Se preguntan sobre cuestiones, que un hombre o mujer de cualquier época se las ha formulado: Antígona, Ulises, Job, Hamlet, Sancho Panza, Joseph K, Biberkopf… En ellos se resume el meollo de todos los relatos, de todos los arquetipos, mitos, angustias y exultaciones. Los escritores que permiten hablar por su boca a sus sosias son magos. También honrados héroes. Para ellos ningún tópico, religión o ideología resultan definitivos. Lo único definitivo son las personas que transitan y viven a pie de calle. Lo mismo pasa con la música y la pintura. Escuchen con atención la Lacrimosa de Mozart, contemplen con atención el cuadro de Van Gogh “En la puerta de la eternidad”.

Luego viene la categoría de los “escribidores”. Me emociona hablar de esta anónima tropa. Genuina, sincera, humilde y sencilla. Usualmente, un “escribidor” lleva un diario. Entre las hojas de su cuaderno, de vez en cuando, intercala alguna flor marchita. Recuerdo de un encuentro o de una despedida. En fin, de una intensa emoción. Los adolescentes suelen hacerlo durante algún tiempo. Las mujeres son más persistentes en tales quehaceres. Los hombres “bien dotados”, en cambio, se dedican a tareas, según ellos, “productivas”. En todo caso, el “escribiente” escribe su diaria vida sin alharacas. Escribe para entenderse, para entender a los que le rodean, para mitigar su dolor o expresar su alegría. De vez en cuando, nos llega algún diario escrito por tales anónimas personas. Escritos henchidos de enorme calidad literaria. La editorial de turno sopesa la oportunidad de su publicación. ¿Qué es lo que mola? A pesar de tanto filtro contable, por suerte, nos han llegado auténticas joyas: ¿Han leído a Etty Hillesum? ¿A Katherine Mansfield?

No tomen al pie de la letra mis disquisiciones taxonómicas. Las categorías se confunden. De un escribiente surge, en ocasiones, un escritor de pura cepa y al revés. Los únicos que se quedan, al margen de tal clasificación, son los escribidores. Y ello por propia decisión. Lo que sucede es, que el “sino”, el “karma”, el “azar”, rescatan sus escritos depositados en una botella, lanzada al océano y varada en alguna lejana playa.

Aníbal Núñez, en diez palabras, resume el oficio del imposible describir: “a meditar sobre la arrebatada/ palabra: la hermosura/niega la voz que intenta proclamarla”.