Miércoles, 16 de octubre de 2019

Dios habla nuestra lengua

“La teología tiene su fundamento en la Escritura y en la Tradición. El estudio de la Escritura debe ser como el alma de la teología y de todo el ministerio de la palabra".

Dei Verbum, 24

 

“Exhorto, pues, a los Pastores de la Iglesia y a los agentes de pastoral a esforzarse en educar a todos los fieles a gustar el sentido profundo de la Palabra de Dios que se despliega en la liturgia a lo largo del año, mostrando los misterios fundamentales de nuestra fe.  El acercamiento apropiado a la Sagrada Escritura depende también de esto”

Verbum Domini, 52

El 30 de septiembre la Iglesia Católica celebra el día de San Jerónimo, dedicó toda su vida al estudio de las Escrituras y por petición del Papa Dámaso, traducirá la Biblia del griego y hebreo al latín. Es la llamada “Vulgata”, acercando la Palabra de Dios para que pueda ser leída por el pueblo y no solo por una minoría de eclesiásticos e intelectuales.

Por otro lado, el 28 de septiembre de 1569, se publica en Basilea la primera traducción completa de una Biblia al castellano por Casiodo de la Reina, monje jerónimo sevillano convertido al protestantismo. Queriendo poner en manos del pueblo la lectura de la Biblia en la lengua del pueblo. En este año se conmemora el 450 aniversario de su publicación.

La Biblia es el libro más leído y traducido de la historia. Es el único libro declarado Patrimonio de la Humanidad. La Biblia es más que un libro, es “El Libro”. Víctor Hugo, en su obra el prefacio a Odas y Baladas, comentaba que sólo dos libros se han de estudiar, Homero y la Biblia. En un cierto modo contienen toda la creación, en Homero a través del genio del hombre, en la Biblia a través del espíritu de Dios.

Hay que dejarse empapar por ella, para que poco a poco, impregne hasta el fondo nuestra manera de ser y de obrar, como individuos y como comunidad. Desde ahí, la Biblia se convierte en el libro de la vida. De la vida de la gente y de la vida de Dios, dado que esas dos vidas tienen que acabar coincidiendo. La Biblia presenta una realidad que atañe a todos, creyentes y no creyentes, es una experiencia y una realidad humana, interpretada por el creyente en clave de su lenguaje religioso, pero no desprovista de sentido para el no creyente, sobre todo para aquellos que estén cercanos a lo que comentaba el filósofo Marco Aurelio: “Nada humano me es ajeno”. En Occidente, al igual que en otras partes del planeta, la Biblia determina, en buena medida, nuestra identidad histórica y social, comentaba el pensador judío George Steiner.

 

El poeta Zamorano León Felipe, remojaba y amasaba la Palabra en uno de sus poemas, tocándole el corazón: Me gusta remojar la palabra divina, amasarla de nuevo, ablandarla con el vaho de mi aliento, humedecer con mi saliva y con mi sangre el polvo seco de los Libros Sagrados y volver a hacer marchar los versículos quietos y paralíticos con el ritmo de mi corazón. (Obra poética escogida. Espasa-Calpe, Madrid 1981, p. 176).

 

Esta colección de libros no es obra de un solo autor, Es la aventura de fe de cientos de creyentes de diferentes lugares y culturas, intereses y lenguajes, que expresan su fe en diferentes formatos literarios y, en constante evolución histórica, con una relación singular con Dios. También hoy, el creyente actual que lee la Biblia, hace nacer en él la misma pasión por Dios y por el hombre. El Pensador J. L. Borges, comentaba que “La Biblia, más que un libro, es una literatura” ...¿No es maravilloso? Es decir, obras tan dispares como el Libro de Job, el Cantar de los Cantares, el Eclesiastés, el Libro de los Reyes, los Evangelios y el Génesis: atribuirlos todos a un solo autor invisible”.

 

Pero la Biblia posee un rasgo único que la diferencia de todos los otros grandes libros espirituales de la humanidad, en ella la revelación divina se inscribe en el universo humano, nos traslada a un mundo distinto. La historia de la Biblia muestra que Dios habla nuestra lengua, o mejor, él está presente en lo que nosotros hablamos y en lo que pensamos. No hay que buscarlo más allá de las nubes, nos lo recuerda Moisés (Dt. 30, 11 -14). Habla con Moisés cara a cara, como se habla a un amigo (Éx 33, 11). Los cristianos creemos que ese diálogo de Dios con Moisés fue continuado y llevado a su plenitud por Jesús de Nazaret (Jn 15, 15). Así, la Biblia, refleja la conversación que las personas de fe entablaron con Dios y en ella han ido descubriendo ese misterio en sus vidas y, sobre todo, el enorme amor que Dios tiene por el hombre. Y esa conversación no ha acabado todavía.

 

En los últimos años, sobre todo desde el Concilio Vaticano II, la Palabra ha recuperado entre los cristianos un puesto central, han florecido dentro de la Iglesia numerosos cursos y escuelas bíblicas, así como encuentros diocesanos y parroquiales. La constitución Dei Verbum invita a que todos los fieles de la Iglesia lean la Escritura, después de pedir que todos tengan fácil acceso a la Biblia (DV 22) y la lean y estudien asiduamente (DV 25a). Tales palabras recogen la exhortación más solemne y autorizada que la Iglesia haya hecho jamás a sus fieles para inculcarles la lectura de la Biblia. La Biblia anima la liturgia, es un libro de la comunidad esencial para celebrar la fe; es básica en la catequesis y la evangelización, como elemento fundamental para la transmisión de la vivencia y la profundización de la fe; es un pozo espiritual y fecundo en la oración personal de los creyentes y no menos importante para la vida cotidiana y el compromiso personal.

Dios no sólo se ha hecho carne en Jesús, ni sólo pan en la eucaristía, sino también palabra escrita en el Libro Sagrado. La Biblia está ahí: te espera y me espera. ¡Ni un solo día sin palabra de Dios!  Comentaba San Jerónimo “Sé muy asiduo en la lectura y aprende lo más posible. Que el sueño te coja con el libro en las manos y que tu rostro, al caer rendido, caiga sobre la página escrita. Porque ignorar las Escrituras es ignorar a Cristo”. “Nunca se aparte el sagrado libro de tu mano ni de tus ojos”. “¿Queréis penetrar en la intimidad de Dios? Escuchad su palabra, estudiad y meditad cada día la Sagrada Escritura” (San Gregorio Magno). Señor, Dios mío, decía san Agustín, tus Escrituras sean mis castas delicias.

Numerosos creyentes, jóvenes y adultos hambrientos se acercan al pan de la Palabra con deseos de vivir y compartir sus experiencias de fe y transmitir sus vivencias a todos aquellos que les rodean. La experiencia de fe de todos los tiempos es expresar el misterio de Dios con todo lo que somos, al principio y al final de nuestra existencia.