Viernes, 14 de agosto de 2020

La última puerta grande

“Salamanca abría la última puerta grande y proclamaba a los cuatro vientos que Pablo Hermoso, el rey, ya tiene heredero. Y cantaba la clase de Lea Vicens, que vive por y para el toro desde su montura elegante y su espíritu torero en vena”
Dos nombres propios en la última de Feria | FOTO: Miguel Hernández

La puerta grande de La Glorieta ha abierto sus hojas de doble filo para que Lea Vicens y Guillermo Hermoso de Mendoza acariciasen el cielo de Salamanca. Un cielo que amenazaba lluvias, desapacible, pero que dejó despedir una feria ya vivida con el toreo a caballo, el epílogo que es santo y seña en el día de San Mateo, en el día del patrón.

Salamanca abre su puerta grande y abre la puerta al otoño, que llamaba con sus nudillos húmedos a las puertas desde primera hora, con sus borrascas y sus vientos, con sus tardes más cortas y esta sed de toros apagada tarde tras tarde en los tendidos de La Glorieta, día tras día.

Salamanca abría la última puerta grande y proclamaba a los cuatro vientos que Pablo Hermoso, el rey, ya tiene heredero. Y cantaba la clase de Lea Vicens, que vive por y para el toro desde su montura elegante y su espíritu torero en vena.

Salamanca abría su última puerta grande y con ella la memoria de un feria vivida con pasajes eternos, como eterno es el toreo de Diego Urdiales, la exquisitez; el poso de magisterio de Domingo López Chaves, la cabeza privilegiada del Juli, la bronca monumental a Morante (que al día siguiente abría la puerta grande en Murcia, ay, Morante de mi alma), el empaque y la elegancia de Manzanares; la promesa, la caricia de seda de Pablo Aguado; la garra de Juan del Álamo, el cambio de manos de Cayetano que aún no ha terminado en el ruedo, o el arrojo de un Damián Castaño que jamás volvió la cara ante un toraco de Adelaida que le pidió el carné. 

Y la bravura. La bravura de uno de Montalvo, de dos de Garcigrande entre los que Barquito fue el buque insignia, un toro que hoy debería estar padreando.

Todo esto cantaban y contaban esta tarde las puertas de La Glorieta mientras San Mateo descendía de los cielos a cerrar con llave la feria hasta el año que viene. Pronto la Mariseca abandonará la espadaña de la Plaza y el frío campará a su libre albedrío entre las encinas.

Mientras Lea Vicens y Guillermo Hermoso salían a hombros, por la puerta grande se colaban, hacia los adentros, el viento, el silencio, las tardes mudas, los tendidos vacíos de un nuevo otoño.

Con la luz ya muriendo, Salamanca abría su última puerta grande y quedaba en brazos de nadie mi Glorieta preciosa.

Espéranos, que volveremos a la cita, que acudiremos de nuevo a tus puertas.