Pedro Sánchez – Nerón 

Debo comenzar este comentario pidiendo disculpas por repetir machaconamente mis intuiciones. Efectivamente, ya sé que lo he dicho otras veces, pero no puedo evitarlo: desde que apareció Pedro Sánchez en la escena política, cada vez me está proporcionando más motivos para afianzarme en la idea de que lo que él abandera no es el PSOE que siempre he conocido. Aquel socialismo que abrazó Felipe González en Suresnes en nada se parecía a este revoltijo de revanchismo, egocentrismo, falso progresismo, arrogancia, embuste y desvergüenza que nos propone el empecinado aspirante al sillón de La Moncloa. La socialdemocracia que se practica en el mundo occidental en nada se asemeja a lo que se cuece en Ferraz, 70. El socialismo que ahora se nos quiere vender se parece más al de Largo Caballero que al de nuestra Transición.

          Si en 1978 nuestros políticos fueron capaces de anteponer el diálogo, la concordia, la comprensión y el consenso, frente al interés particular -partiendo de unas posiciones iniciales mucho más distantes que las actuales-, algo funciona mal para que en 15 meses no hayan sido capaces de salir de esta situación tan desagradable, tan perjudicial y yo diría que tan peligrosa.

          Cuando los dos grandes partidos que nos han gobernado durante más de tres décadas vieron cómo iban disminuyendo sus votos en forma de incipientes grupos de inconformistas, el espectro político se multiplicó y el bipartidismo vio asomar el final de su hegemonía. Las mayorías absolutas monocolor resultaban inalcanzables. De estos corrimientos de votos los únicos responsables son el PP y el PSOE. El examen de suficiencia para calificar la labor de gobierno de todo partido descansa en la nota alcanzada en tres asignaturas: sinceridad, honradez y eficacia. Por más que intenten negarlo, ambas formaciones han suspendido en las dos primeras – y con muy baja nota. En cuanto a la eficacia, sí que han existido diferencias, y no siempre debidas a su forma de entender la política. El empeño de la izquierda en satanizar al capital ha dado como resultado un pesado lastre al final de cada legislatura, en forma de declive de la economía y aumento de la deuda y el desempleo. Cuando un gobierno popular sustituía a otro socialista, habrá que reconocer que la economía resurgía de sus cenizas, se creaba más empleo y la deuda disminuía. La izquierda nunca lo admitirá, aunque sabe que es cierto.

 Lo grave del problema es que la izquierda del siglo XXI no le hace ascos a ese capital, cuando está en su bolsillo. El padre Marx predicaba la igualdad -pero sólo para los de abajo. Si fuera verdad lo de café para todos ¿por qué no hay un solo dirigente de nuestra izquierda que cobre menos de cuatro o cinco veces el salario mínimo? Y más grave aún es que los comunistas “pata negra” de Podemos no se avergüenzan por saltarse a la torera ese catecismo. Están tan atados al pesebre que, ante las flaquezas de su macho alfa, adoptan un silencio que nunca respetan a cualquier dirigente de otra formación.

La atomización de nuestro Parlamento ha traído consigo una encrucijada muy difícil de superar. Mientras nuestra Constitución -que es la única inocente en esta situación- siga vigente, los llamados bloques constitucionalistas van a tener muy difícil alcanzar una mayoría que facilite la necesaria estabilidad. O mucho cambian las cosas o tendrán que acudir al apoyo de fuerzas que aspiran a terminar con el actual sistema político. De algunos partidos de la derecha se puede asegurar que nunca caerían en esa trampa; de la formación naranja no pudo estar tan seguro porque ya ha efectuado algún ensayo, muy poco después de haberlo negado.

  Si Pedro Sánchez llegara a ser sincero, aunque sólo fuera una vez, dejaría de acercarse a esa parte del arco parlamentario. Como no sería la primera vez, no hay por qué pensar que esta vez no va a mentir. De Podemos -que se declaran contrarios al independentismo, pero con la boca pequeña- no quiere saber nada, dos días después de haberles prometido tres ministerios. Cuando Sánchez se esfuerza en decir que quiere salir de esta situación, ¿qué ha hecho para negociar con el centro derecha? A la hora de gobernar, nadie puede pretender una ayuda de los adversarios a cambio de nada. Eso se queda únicamente para situaciones graves que afecten a la soberanía, la unidad o el orden constitucional. Precisamente, en ese orden de cosas, y ante el bloqueo en que se encontraba, tuvo propuestas de apoyo supeditadas a la promesa de cumplir unos requisitos indispensables para velar por el correcto funcionamiento de nuestro Estado. Pedro Sánchez, en un alarde de sordera y cinismo, no sólo miró para otro lado, sino que culpó a los demás del rotundo fracaso de su gestión. Se ve que estaba acordándose de cuando Nerón prendió fuego a la ciudad de Roma y culpó de ello a los cristianos.

No concibe otro gobierno que no sea el presidido por él, ni que tenga intrusos de otro partido. Con el CIS y los medios de comunicación en su poder, pretende obtener un número de diputados que haga más contundente su hegemonía. Vuelve a mentir cuando dice que buscó un acuerdo que le facilitara la investidura. Está tan convencido de lograrlo por sí solo que, si en la noche del 10-N, las cuentas vuelven a fallarle -cosa bastante probable-, tendrá que volver a repasar su apócrifo “Manual de resistencia”.

Así pués, está claro que Pedro Sánchez no está dispuesto a abandonar la presa. Si la repetición de las elecciones no soluciona el problema, bordeará la legalidad para conseguir sus fines. Ya lo está intentando con promesas de subida de salarios y pensiones, sacando los fondos de la chistera de los decretos. No hace falta ser discípulo de Tezanos para comprobar el hartazgo que impera entre el españolito de a pie. El sufrido ciudadano observa cómo se dilapidan los millones en unas elecciones que no van a solucionar el problema, o se promete el maná con unos presupuestos de la época de Montoro. Cuando se pretende tomar por tonto al elector, suele suceder que las encuestas también las carga el diablo. Más vale que, por una vez, nuestro presidente en funciones se olvide de Maquiavelo, de lo contrario, nuestro bloqueo se va a consolidar en el momento más peligroso.

En cualquier caso, los partidos políticos con posibilidades de gobernar deberán estudiar la fórmula que garantice mejores resultados y dejar que los españoles, en vez de quejarnos, tengamos la última palabra a base de expresarla con el voto, sin caer en el engaño de la abstención.