Jueves, 13 de agosto de 2020

Si tú me dices ven

La masificación turística, provocada por las campañas y llamamientos ejercidos desde el propio lugar en sitios, ámbitos o poblaciones donde la celebración de antiguos ritos, puesta en escena de costumbres del lugar o tradiciones locales, las han convertido en celebraciones de imposible disfrute debido a la vulgaridad creciente de masas de gente del solo estar y fotografiarse allí, carentes de clase, sin interés concreto o conocimiento de aquello a lo que estorban o siquiera el mínimo respeto por lo que un día significó lo que, hasta para sus propios protagonistas, hoy es un mero reclamo hostelero. De igual modo espacios naturales de antigua belleza y pequeñas poblaciones que conservaban hasta hace poco fisonomía propia, hasta ayer lugares donde recuperar el contacto con la Naturaleza, descubrir pausadamente el pasado o recuperar sensaciones auténticas en soledad, silencio o retiro, han sido “vendidos” por consejerías turísticas, concejalías, ayuntamientos, confederaciones y hosteleros como parques temáticos de la vulgaridad, tanto que han conseguido convertirlos durante meses en lugares inhóspitos e inhabitables, sucios, incómodos y detestables hasta para sus propios habitantes, debido a la masificación, el ruido, la falta de educación, limpieza, sentido cívico y otras perlas conocidas de un turismo sin imaginación, tosco, vulgar e imitador cuyo único beneficio (económico) acaba siempre en manos que no son, precisamente, las de quienes lo provocan y menos las de quienes lo sufren.

La continuada celebración, especialmente veraniega, pero no solo, del griterío, la necedad, la borrachera y la masificación como elemento identificador del moderno turismo de selfie, botellón, vulgaridad y estupidez, ha cristalizado en un estupor que emerge precisamente en aquellas instancias en que se provocó, y busca hoy un intento, vano ya, de dar marcha atrás en un fenómeno desgraciadamente imparable.

Después de décadas inventando reclamos para llenar las ciudades de turistas, visitantes, viajeros y huéspedes; después de relajar, hasta casi suprimir, los límites en horarios de la hostelería para permitir la juerga, el vocerío y la borrachera colectiva hasta cualquier hora de la madrugada; después de permitir el encarecimiento abusivo de los precios de cualquier cosa, recuerdo, consumición, entrada, visita o mirador hasta límites que rozan el robo, y descuidar la calidad de tantos productos ofrecidos a los turistas a precio de oro y tolerar la masificación hostelera, la invasión de la vida ciudadana, la desaparición de la identidad de los lugares y más y más, ahora algunas (muchas) ciudades turísticas, que se han enriquecido durante años (al menos algunos sectores) con el turismo de toda clase y condición, se ponen “exquisitas” culpando a los propios turistas de la masificación turística (literalmente) que de tan diligente modo esas mismas ciudades han cultivado, aprovechado, impulsado, anunciado y rentabilizado durante muchos años.

Es lo que sucede con la penúltima (y enormemente ridícula) campaña informativa iniciada recientemente en Barcelona tanto por el Ayuntamiento como por algunas asociaciones vecinales y colectivos ciudadanos que, también literalmente, piden a los turistas que “no visiten la ciudad” porque contribuyen a la masificación turística (!), y en unos folletos “informativos” que reparten a los mismos turistas, y que parecen sacados de la antología del disparate, les piden que, ya que han visitado la ciudad, “no cuenten que han estado en la ciudad”, recomendándoles, rogándoles que, como “Barcelona es un tesoro, ¡escóndelo!”, además de pedirles encarecidamente a sus visitantes que no animen a sus conocidos a ir a la ciudad y que, en la medida de lo posible, no publiquen en redes sociales videos, fotografías ni noticias que animen a otros a visitarla. Tal cual.

A la inconmensurable ridiculez de esa campaña informativa al turista para que deje de ser turista, cuya intencionalidad, de una u otra forma y con diferentes procedimientos ya se inició hace años en lugares tan míticos como desagradables hoy de visitar como Venecia, Praga o Atenas (o la misma playa española de las Catedrales, ciertos miradores de Ibiza, las gargantas de La Vera o algunos monumentos muy conocidos), viene a unirse la realidad de que, por ejemplo, la mayor parte de los trabajadores relacionados con el turismo en esas ciudades, en todas sus facetas y modalidades, han sufrido un abaratamiento en sus condiciones laborales y económicas, por tanto, de vida, que no se corresponde con los continuados aumentos de los precios que aplican al turista los establecimientos donde trabajan, además de que en el inicio de lo que ahora se considera una agresión al modo tradicional de vida de las ciudades, nadie de los que ahora parecen poner el grito en el cielo movió un dedo (salvo para tomar beneficios) para atajar en origen una realidad como la actual.

El hipócrita lamento de cebada al rabo que ahora elevan las ciudades y los responsables de entornos hipermasificados por la invasión del turismo, sin duda se extenderá a otros lugares donde todavía es posible caminar por las calles, pero que emiten ya señales de estar gestando idéntico problema del que ahora quiere culparse a los mismos visitantes a los que hasta hace poco se llamaba poco menos que con altavoz. Sucede en ciudades como Salamanca, centro de celebraciones alcohólicas y botellones de despedidas de solteras y solteros, nocheviejas universitarias, reclamos alcohólicos para incentivar la matrícula universitaria, bares desmontables en las calles, ofertas de borrachera y otros eventos destinados a convocar un tipo de turismo, este alcohólico y drogadicto, cuya vulgaridad, molestia e improductividad en todos los aspectos menos en el beneficio hostelero generará, más temprano que tarde, problemas similares a los que ahora ciudades como Barcelona pretenden atajar con campañas “de racionalización” tan abstrusas como inoperantes.