Miércoles, 16 de octubre de 2019

El año que la UDS pudo ser España Olímpica

En los años 70, en una reunión del director general de Deportes sobre la representación de España en la Olimpiada, el jefe de Deportes de ABC propuso llevar al Salamanca “que juega muy bien y es capaz de ganar a cualquiera”
El Salamanca de García Traid en Primera División en la temporada 74-75

Se aproximaba la cita con los Juegos Olímpicos y una vez más estábamos ante un perverso conflicto. Las selecciones de fútbol del bloque comunista y el resto competían en desigualdad. Para los comunistas no existía oficialmente el fútbol profesional, aunque en la práctica sus jugadores gozaban de una situación económica y social que para sí quisieran muchos de sus colegas viviendo el capitalismo a este lado del telón.

A la hora de competir en los Juegos, ellos acudían con sus mejores selecciones. No incumplían  ninguna regla olímpica porque ante los ojos del COI y del mundo entero estaban limpios de profesionalismo. Y casi siempre el título era para ellos. Hasta que en 1984 la FIFA, harta de tanta hipocresía, tomó la decisión de no poner cortapisas al fútbol de los demás países.

Hasta entonces ¿qué hacer con el fútbol olímpico donde reinaban los mejores, pero dentro del profesionalismo prohibido? Cada cual tomaba la decisión que creía conveniente.

En España, Anselmo López, un millonario enamorado del baloncesto y durante un tiempo director general de Deportes, se encontró con esa patata caliente. Anselmo no quería oír la palabra democracia, le sonaba muy mal eso de elegir y prefería designar, pero ante ese conflicto, se reunió con un grupo de periodistas para que le aconsejasen a tomar una decisión.

Hablaron todos y cada uno expuso una idea. Y fue sorprendente la de Gilera, nieto de Ricardo de la Vega el escritor que entregó a nuestro Tomás Bretón el libreto de “La verbena de la Paloma” para que el salmantino pusiese la música. Gilera lanzó al aire una pregunta. ¿Y por qué no llevamos al Salamanca que juega muy bien? No es un equipo con historial de títulos europeos, no levantará sospechas, pero puede darnos una alegría porque es capaz de ganar a cualquiera - argumentó el jefe de la sección de deportes de ABC.

Para mi regocijo, la propuesta de Gilera cuajó durante un par de horas. Ya veía yo a Salamanca pronunciándose en todos los idiomas del mundo y la tremenda expansión olímpica. Al final, la idea de Gilera se desechó por arriesgada y por no romper la paz de dentro, que la envidia es muy mala. Y se eligió mandar futbolistas menores de 23 años.

La Unión Deportiva Salamanca que mentaba Gilera era la que acababa de subir a Primera División de la mano de García Traid, un futbolista con la carrera truncada por una gravísima lesión y un entrenador temperamental al que una confabulación arbitral le robaría más tarde el título de liga con el Atlético de Madrid. García Traid murió joven absurdamente en una operación de cirugía estética.

Antes de llegar a rozar la gloria olímpica con la punta de los dedos, antes de ganarle al mismísimo Real Madrid en el Bernabeu, estuvo la UDS de El Calvario. El Calvario ponía fin a la ciudad. Más allá un amplio descampado, y al fondo el barrio de Los Pizarrales, poco recomendable entonces. A la izquierda, una vereíta que casi no cuajaba yerba de tantos anocheceres con parejas de estudiantes pobres y enfermeras bellísimas. Un espacio para el amor solitario que llevaba al barrio de El Castigo.

Sobre el espectro de El Calvario se alzan los centinelas de la memoria llamados Miguel (un portero bajito de la casa al que siempre buscaban un sustituto más alto y siempre acababa jugando él porque era mejor; Miguel era lechero, de esos de repartir leche por las casas). Pedraza, que era fontanero y luego tuvo un  sobrino heredero del nombre y del puesto. Huerta, que tenía mucho tirón. Fernando “El Chato”. Calero que se mató en un accidente de coche y Amancio se parecía mucho a él. Octavio, compañero mío de clase, que hizo creer a sus padres que había terminado la carrera y estaba en primero. Amantegui, calvo y médico o estudiante de medicina. Argi, Miri, Abilio, Barrado, Manolín, Pollo (a Pollo le quiso fichar el Atlético de Madrid por un millón de pesetas pero él prefirió no dejar su puesto de funcionario de la seguridad social), Neme que triunfó en el Pontevedra, Lozano, Salazar (que emigró al Sporting de Gijón), Cela, Maxi…

Y antes de todo esto la Salamanca rural esperaba noticias del equipo los martes, que es cuando llegaba algún periódico de la ciudad contando cómo había quedado el partido contra el Hullera, el Arandina, la Ponferradina, el Zamora, la Cultural Leonesa, el Béjar (donde jugó Paulino, una promesa que le quitó la propia Unión a los bejaranos y no dio mucho de sí). O contra el propio Salmantino, donde destacaba mi compañero de estudios Montero. Era como si se enfrenasen los grandes contra los chicos, que vestían con camiseta morada. Siempre ganaban los grandes, claro.

Aquellos grandes jugadores en la fascinación de los  niños, que edificaban año a año la ilusión de abandonar la tercera división y siempre había un casi al final lo evitaba.

Cuando desapareció la Unión Deportiva Salamanca, el club tenía una deuda de 23 millones de euros. En 2001, la deuda del Real Madrid ascendía a 46.263 millones de euros.

Nuestra Unión murió. Para salvar esa montaña de deuda madridista se confabularon todos los poderes fácticos al mando de un millonario (que no puso un solo euro de su bolsillo), y cuatro millones de cadáveres madrileños avalaron un futuro de lujo y despilfarro. Me pregunto si existen las clases sociales institucionalizadas en torno a un club, una asociación, una iglesia.

Y a partir de esta reflexión escrita desde la evocación de aquel momento en que la Unión Deportiva Salamanca representó durante dos horas a todo un país en los Juego Olímpicos, tengo que confirmar una certeza más: ser pobre no te hace más feliz.