Viernes, 14 de agosto de 2020

Lección de Tauromaquia de Ferrera

Lució templado a la verónica a su primero, quitó por chicuelinas de mano baja y con la muleta, series templadas por ambos pitones
Antonio Ferrera dio todo un curso de Tauromaquia en La Glorieta. Foto: Miguel Hernández

La palabra Maestro se ha convertido en el mundo taurino en una rutina descarada y bendecida de la banalidad más estrafalaria por aquellos que no tienen el mínimo pudor de pronunciarla venga o no a cuento. En Tauromaquia, cuando no hace tanto hablábamos de maestros, relacionábamos inmediatamente a un hombre excelso, impecable, con personalidad y apostura singular. Pudiera tratarse de apoderado, ganadero, o empresario... Pero generalmente la palabra maestro se la hemos atribuido en mayor medida a un artista, en este caso, al torero genial, de indiscutible personalidad y, sobre todo, a aquel que ha dejado su huella y escrito una página que lo une al reconocimiento histórico, por sus modos, gestos de presentarse ante el público, al que por encima de otras legítimas causas siempre respetó.

La maestría (en cualquier faceta de la vida, y el mundo taurino no es una excepción) es un grado de perfección psíquica y profesional, casi inalcanzable y en esto nuestro del toro poco se puede instruir si no se conocen las causas, incógnitas, motivos y vericuetos de la trascendencia trama torera. A quien se le reconocía por maestro era una persona elegida por el mundo que le rodeaba con todos sus personajes y esta proporcionaba magistrales lecciones bien galvanizadas, siendo un ejemplo. El ver cómo un diestro en edad, sabiduría, actitud y aptitud,  gestionaba, el cómo, el cuándo y el porqué de las situaciones en la plaza y fuera de ella. Por todo ello, como digo al principio, algunos se empeñan en devaluar en el toreo la palabra Maestro… son gentecilla, papanatas y pamplinosos de la más variada catadura que buscan un amiguismo, sensacionalismo mediático no exento de un protagonismo fanfarrioso y cutre que proporciona una rebaja del significado de Maestro que más de uno no debería tolerar. Al prestigio reconocido se llegaba por medio de la discreción, de la sencillez, de la humildad, hasta el punto de restar importancia al mérito.

Hoy La Glorieta cerraba el toreo a pie, y de nuevo a Ferrera, un torero que está cerca de ser catalogado como maestro en esta parte de su dilatada carrera. Esperábámos de él una lección en Tauromaquia, le acompañaban Manzanares, que por aquí tiene muy buena plaza, y el tercero, por méritos propios nuestro torero Juan del Álamo, que a buen seguro saldría a darlo todo.

Y que pasó, pues que efectivamente Antonio Ferrera dio todo un curso de Tauromaquia, lució templado a la verónica a su primero, quitó por chicuelinas de mano baja, y con la muleta, series templadas por ambos pitones, rematando en el sitio, sin perder terreno, y además “despacito”. Lo dicho, debemos instituir el premio “Tauromaquia”. Mató a recibir de entera caída, y dos orejas de premio. También cortó otra de su segundo animal, donde estuvo variado de capote, con buen par de banderillas de Sánchez, y de nuevo el relajo, el temple, la disposición y la confianza que imprime de torería, todo aquello que realiza este torero del que podemos casi gritar “Quien te ha visto y quién te ve”, ahora la despaciosidad el exquisito trazo, la ligazón y el gusto que expresa en cada lance.

Le acompañó Manzanares, su primero punteaba los engaños, pero en la muleta del alicantino se fue corrigiendo, montando una faena de trazo exquisito bien rematada, siempre apoyándose en su clasicismo, en ese empaque que llena la plaza de elegancia: La cosa, tal y como nos acostumbra, fue despegada, pero lució con buen tono, mató de entera desprendida y cobró un apéndice. En su segundo estuvo mejor asentado, sorteó  defectos del animal, y con suavidad,  limpieza y temple llegó bien al tendido; luego se lió con la espada, cuestión nada normal, pero pinchó y pinchó, aún así fue ovacionado.

Cerraba la terna nuestro Juan del Álamo, tenía toda la plaza a favor, comenzó sin mucha conexión, luego se fue afianzando, puso empeño, y ligó series, pero sin terminar de cogerle el aire a un toro pastueño. Mejoró en el final de la faena con naturales de buen tono y armonía y tras otra serie contundente se fue tras la espada y pinchazo más un bajonazo y dos avisos. Le pidieron la oreja que el palco “orejero” concedió, sinceramente creo que Juan no debería haber aceptado una oreja ganada así.

Al que cerró plaza se le picó en buen sitio, pero afloraron las prisas, la ansiedad, y el nerviosismo en el torero, comenzó con derechazos un tanto acelerado, se fue confiando a medida que avanzaba la faena, le puso pundonor y ganas, la faena fue intermitente, con pasajes de trazo exquisito, y buenos remates, pero la cosa no tomaba la altura necesaria. Sin embargo, hoy el público apoyó y respeto mucho a Del Álamo, y con una estocada rotunda le pidieron otra oreja, para salir en hombros junto al “Maestro” Antonio. Evidentemente, la plaza remó a favor. Y aquí finalizó el toreo a pie, a esperar los caballos para cerrar La Glorieta.

FICHA DEL FESTEJO

Plaza con ¾ de aforo, amenazó lluvia que no llegó de pleno. Toros de Núñez del Cuvillo, terciados, manejables, nobles y de buen juego.

Antonio Ferrera: dos orejas y oreja (salió a hombros)

José María Manzanares: oreja y ovación

Juan del Álamo: oreja y oreja (salió a hombros)