Lunes, 16 de diciembre de 2019

El oro de los campos de Castilla

Entra en el coche número dos con prisa y se desploma en la silla haciendo ruido. Después, cierra los ojos con la intención de borrarse, de atravesar esa porción de su vida como si las dos horas de viaje no hubieran sucedido. Mientras tanto aquí, en el asiento 9C, el marco de esta ventana me tiende sus ofrendas para que yo las siga viendo cuando el camino las ponga en el pasado, ayer o en otro sitio. Fruición: esta palabra con rumor de sandía que derrama semillas contentas, este tren que hunde la trompa de su curiosidad en un paisaje amarillo. Allí hay una casa. Una casa sola igual que un lobo que espera su luna para ponerse a aullar. Hay cilindros de heno, un conjunto de vacas que mueven la boca con una pereza de magma, mientras rumian su paciencia sin horas en cada uno de sus cuatro estómagos. Ahora molinos con aspas futuristas saludan y giran y nutren su tallo-coraza-de-cables con unos cuantos grumos de la fuerza del viento. Hay esta extensión de océano sin olas, este escarceo de dunas sin arena, hay esta planicie, Castilla, sin bordes, que envuelve y su espesura de silencio.

Me gusta el viaje sin música de fondo. Me gusta encarar el hueco de este horizonte de caja vacía en donde se oyen mejor las preguntas para las que apenas hay tiempo. A él, en cambio, el ocio de esta quietud sin derrotero se le mete entre pecho y espalda con la misma rasquiña irritante de timbre que no cesa de sonar. Lo veo revolverse en su silla que enfrenta la mía, lo siento mover con inquietud sus rodillas y sacudir un embrollo de cables encima de la mesa, lo veo roerse de tedio. Entonces opina que qué agobio diciendo un puf anegado en énfasis.

Campo abierto, Castilla, con todos sus siglos encima de aquel espejismo en donde veo al Cid Campeador. Parpadeo, para sacudirme de encima este delirio, pero el campeador va cabalgando a Rocinante y me restriego los ojos y me digo que Díaz de Vivar es un listillo, pues ya encontró la manera de mangarle el caballo a Quijano que ahora viene en la mula de Sancho, pardiez, pero qué contrariedad de mediodía y su fragor alucinado. Es en ese momento del pardiez cuando su teléfono empieza a sonar. Y ya no para. Él decide lanzarse en picado sobre la piscina de estímulos Android cuando el horizonte lo muerde, cuando el muchísimo espacio se derrama en reflejo de añoranza en desmesura y se siente, así, tan solo, tan rebasado de agujas que lastiman, tan sumido en su exceso de porqués.

Le duelen los kilómetros de tiempo que lo separan de las olas de su infancia. El mar lo llama en sueños, le pregunta si están listos ya los vientos de zarpar, pero él no quiere recordarlo e intenta sacudirse de encima la nostalgia con movimientos convulsos de la pierna que golpetea la suela sobre el suelo. Hay una señora de gafas a su lado y la señora le pregunta por fin, a ese muchacho que se ahoga de silencio, y él dice que sí, que vive en Salamanca por amor y que hace viajes, cada día, hasta el lugar donde trabaja, y que regresa de noche para hundirse en el único abrazo que es capaz de salvarlo de su desolación. Añora el mar por todos sus costados y por eso se hunde en una agenda que rebosa su falta de vacío, su tumultuoso concierto de notificaciones de pantalla, bip bip para atiborrarse de prisa, bip bip para no ver el campo de Castilla, bip bip para arrancarse de tajo la posibilidad de algún sosiego.

Hay un soneto de Borges que siempre se enciende en mi memoria cuando paso por aquí: «Caminas por los campos de Castilla / y casi no lo ves. Un intrincado / versículo de Juan es tu cuidado / y apenas reparaste en la amarilla / puesta del sol. La vaga luz delira […]», entonces noto que el muchacho detiene su borrasca y veo, en el reflejo de la ventana que nos une, sus ojos extasiados. Porque el marco nos ofrece, en esta hora de luz vaga que delira, un mar distinto. La palabra fruición se sacude de encima las briznas del hastío y la pierna crispada del chico por fin se detiene. Los discretos, tan poblados de mundos sutiles y sus pompas de jabón, mis campos de Castilla abren las manos, nos arrullan. Y la ventana nos entrega el prodigio de los girasoles.

Salamanca, 13 de septiembre de 2019