Chaves, el animalista

Adelaida Rodríguez echó ayer en Salamanca una corrida de las que reseñan para Madrid o Pamplona. Hombre, yo creo en mi humilde opinión, que lo mismo es pasarse por abajo que por arriba. Por eso, quizá cayó tan bien Adolfo Suárez, porque sus prédicas anduvieron por el centro, o por su centro. Seguramente en el centro está la virtud, que decía el otro. Grande la corrida, de las que no entran en las telas rojas. El encaste susodicho es de esa ralea, Lisardo- Atanasio. Mucha forma asustante, eso sí. A mí me interesa más el fondo y la fortaleza física y en eso me decepcionó bastante la corrida. Un toro con casi seiscientos kilos (el promedio de la corrida por ahí andaría) se hunde pronto. En el caballo, con un puyazo único, dejaron casi todos mucho resuello.

 El muestrario de joyería deslumbró al personal de salida (todos fueron aplaudidos). Pero luego los toros se fundieron enseguida.

 Y aquí entra en acción Domingo López Chaves, al que ayer los animalistas deberían felicitar porque no se puede tratar con más cariño, mimo y ternura a los toros como él lo hizo. Con el cuarto fue un dechado de mimosidad, complaciencia, paciencia y didáctica templanza. Un primor. Yo creo que ese toro fue injusto con Chaves. No estuvo el morlaco a la altura del bondadoso concepto de entrega que el de Ledesma tuvo con él. Le enseñó con tacto y cariño a mantenerse en pie y a seguir la muleta con suave son y sosiego. Debió darle una oreja en compensación y, por ende, la puerta grande. Bien sabe San Frades que la mereció.

 Destacar el descubrimiento de un torero: Damián Castaño. Ayer dejó poso importante en La Glorieta. Y otro que tal baila, con la suerte de espaldas, Alejandro Marcos. Su artístico y soberbio tesón en el sexto nos devuelve al torero que quiere ser y su toreo a la verónica en ese toro, los kilates de su  buen concepto torero.