Sábado, 21 de septiembre de 2019

Jugar con fuego 

Cuando alguien se permite la licencia de menospreciar a un personaje y, con el tiempo, se demuestra que tal apreciación era inexacta, lo sensato y honrado es reconocer el error y subsanarlo. Este es mi caso.

Hay que reconocer que los primeros pasos de Pedro Sánchez, en su afán por llegar a La Moncloa, no han sido, ni mucho menos, un dechado de cordura ni de rectitud. Comenzando por las artimañas empleadas para fabricarse un curriculum claramente falseado, siguiendo por las constantes ocasiones en que ha alterado sus promesas y culminando con su rápida adaptación a servirse de las prebendas oficiales para satisfacer fines privados, indican que todo su caminar por la vida política está salpicado de constantes resbalones.

La verdadera personalidad de nuestro presidente en funciones se está haciendo patente cuando las adversidades se tornan más reales y su posibilidad de continuar en La Moncloa se ve más amenazada. Consumado su fracaso en el primer intento de conseguir la investidura en el Congreso, está valiéndose de todo un repertorio de ardides que le lleven a un final feliz para lograr su empeño. Estamos ante una nueva versión del Dr. Jekyll y Mr. Hyde. Pedro Sánchez quiere ser el nuevo presidente del gobierno, pero por la puerta grande; a ser posible, sin nadie que pueda llevarle la contraria en sus decisiones. Huir, como el gato escaldado, de todo lo que huela a gobernar en coalición. Las felices ideas sólo pueden ser suyas. Las contrarias, aunque sean iguales, por orgullo no le sirven.

La encrucijada en que está inmersa España -más de un año con un gobierno hilvanado o en funciones- no cesará hasta que no haya un otro estable, dotado de un programa -no progresista, sino realista- y con un presupuesto dirigido a paliar las carencias en materias tan esenciales como sanidad, educación y asistencia social, y para reconvertir esta economía claramente afectada por la nueva crisis que atraviesa nuestro entorno; crisis que el coro de ministros no percibe.

Ahora reconozco que había minusvalorado a Pedro Sánchez. No se trata de un lerdo. Es, más bien, un espabilado para las trapacerías. Tergiversando los verdaderos principios que adornan la democracia, se ha inventado uno nuevo: la oposición no puede ejercer como tal, cuando sea él quien aspire a la investidura. Aunque el programa -más que el programa, sus verdaderas intenciones- sean totalmente opuestos a los de la oposición, ésta estará, por real decreto, obligada a apoyar al aspirante. De no hacerlo, incurrirá en un claro caso de traición a los ciudadanos. La advertencia va dirigida a los encuadrados a su izquierda y derecha. A los primeros, con la amenaza de que, caso de negarse, facilitarán la llegada de la derecha al poder -con el trastorno que acarrea una política tan regresiva. No reconocerá, sin embargo, que toda salida del gobierno equivale a un montón de allegados que se quedan sin nómina oficial. A los segundos, haciéndolos responsables de que formaciones secesionistas y anti constitucionalistas puedan tener influencia en las decisiones de gobierno. Es decir, no hay más remedio que apoyarle a él. O susto, o muerte.

En este tira y afloja, hay actitudes para todos los gustos. En el centro derecha, parece clara la postura de oposición a ese modelo de apoyo. Digo parece, porque de todo hay en la viña del Señor. En el caso de VOX, la negativa a cualquier tipo de apoyo es radical y manifiesta. Pablo Casado ha manifestado su predisposición a apoyar un gobierno que respete una serie de asuntos previamente consensuados para, a continuación, ejercer su labor de oposición en los temas que sean contrapuestos. La posición de Albert Rivera es, como en tantas otras cosas, confusa. Se “parte la cara” con Sánchez a cada momento y, acto seguido, no tiene inconveniente en aliarse con él si se trata de desplazar al PP de algunos sillones de poder. Que no es buen compañero de viaje, lo justifica más de una zancadilla puesta a última hora. El auge evidente que alcanzó en sus primeros momentos de gloria pudo nublarle la vista hasta verse entre sueños al frente de la oposición – o tal vez del gobierno. Las últimas deserciones se deben a una postura de su jefe aparentemente tan radical como la de Abascal. Personalmente, a la vista de su trayectoria, no me fío de la palabra de Albert Rivera, porque el simple papel de oposición le es insuficiente -aunque lo tiene difícil- y el de fuerza mayoritaria, hoy por hoy es un espejismo

El mayor peligro para estos momentos de indecisión radica en la reacción de aquellos partidos que, siendo claramente contrarios a nuestra Constitución, se muestran decididos a facilitar la investidura de Sánchez, antes de unas nuevas elecciones. A todos ellos les empuja un interés perverso.

Los populistas de extrema izquierda porque persiguen una república de corte marxista-bolivariano muy sui generis. Constituyen una nueva secta cuyos dirigentes predican la igualdad -aplicando la fórmula a los más desfavorecidos y saltándosela para ellos mismos. Cuando el embeleso de los simpatizantes de Iglesias les impide ver la realidad del chalet de Galapagar, forzosamente estamos hablando de una nueva especie de cienciología política. El marxismo engendró en su día el Gulag soviético. En la actualidad, puede disfrazarse de progreso como en China -pero siempre igualando a los de abajo y socavando las libertades, véase la situación en Hong Kong- o puede llevarnos a escenarios como el de la actual Venezuela. Para ese viaje no necesitamos salvadores.

A vascos y catalanes, en diferente grado de maduración, les interesa un gobierno de Sánchez para alcanzar lo que otros han negado. Unos y otros nunca han apoyado a un gobierno central por simple solidaridad. Además del vil dinero -del que nunca se sienten satisfechos- aspiran a separarse de España, cuanto más pronto mejor. Cataluña hizo un intento de emplear la violencia -Terra Lliure-, que pronto fue anulado, pero siempre ha dado la sensación de estar más cerca de la secesión que el País Vasco. La prueba la dieron el 1-O. Todo su montaje actual descansa en la próxima sentencia que dicte el Supremo. Ya no saben qué hacer para presionar al juez Marchena porque, en el fondo, saben que se pasaron de frenada. Celebrarán su Diada antes de conocer esa sentencia y emplearán todos los altavoces mediáticos que puedan, porque sueñan con canjear apoyos por indultos. Ahí está el verdadero peligro de jugar con fuego.

La reacción a posteriori, si la sentencia tiene aparejada alguna condena importante, y Pedro Sánchez no incurre en la vileza de conceder indultos, servirá de freno a muchos de los que sacaron pecho el 1-O. Cuando escribo estas líneas, así están las cosas. Tardaremos poco en saber el desenlace.