Sábado, 21 de septiembre de 2019
Las Arribes al día

La presa rota

Pruebas de caza práctica en la localidad de Puente de Sanabria organizadas por el Setter Club de España
Monumento a los fallecidos en la tragedia de Ribadelago hace 60 años

Tras llegar tardísimo al hotel de la organización que el Setter Club de España había dispuesto para jueces y personalidades en la localidad de Puente de Sanabria para la realización de las pruebas de Caza Práctica de  montaña que se celebraron los pasados días 30 y 31 de agosto y 1 de septiembre en la montaña sanabresa, los saludos de rigor tuve que hacerles la mañana siguiente a la hora del desayuno. También se produjeron las presentaciones de aquellos que eran nuevos y tenían como encargo   prestarnos todo  tipo de ayuda, en la zona y en  el campo.

Entre estos últimos estaba José Manso, un asturiano que es la persona que ostenta el aprovechamiento cinegético del coto donde se hicieron las pruebas, Vigo de Sanabria. Es, además, un cazador que patea los montes de  la zona desde hace muchas décadas, cuando no había ni cotos, después    se integró como un lugareño más y  fue titular del mismo coto para, tras el devenir de los  tiempos  y la caza, pasar a ser, como dije antes, la persona que tiene, en la actualidad,  el aprovechamiento cinegético del mismo de manera exclusiva. Él es por lo tanto la persona a la que debemos el agradecimiento por permitirnos hacer allí las pruebas y por ser nuestro Cicerone en la zona y en la montaña. También, dicho sea de paso, mi agradecimiento a la guardería de la Junta de Castilla y León dispuesta en la zona entre la que se halla un paisano mirobrigense.

Preguntado, José Manso, con el café en la mano, sobre las peculiaridades de la montaña donde íbamos a ver las evoluciones de los perros nos daba todo tipo de explicaciones y hacía mención repetidas veces a  la "presa rota" como si de un paraje se tratara; ya explicó, después,  que la "presa rota" era la presa  del embalse  de Vega de Tera sobre el rio del mismo nombre  que se rompió la noche del 9 de enero de 1959  y cuyo caudal de agua  se llevó  por delante la localidad de Ribadelago causando 144 muertos de los que, al parecer,  se recuperaron poco más de  una veintena de cadáveres ; al parecer esta presa podía verse bien desde uno de los terrenos donde una batería debía ir a concursar.

Completó, José Manso, su lección de historia  haciendo referencia a la nueva localidad que se construyó después de la tragedia en otra zona próxima (Ribadelago Nuevo) y cómo algunos descendientes  de las víctimas han vuelto a construir sus casas  en el lugar de siempre dando vida a lo que hoy es Ribadelago Viejo.

Vino, entonces, a mi mente el artículo que en este mismo medio  publicó  Carlos Javier Salgado hace ya varios meses explicando detalladamente  aquella tragedia y quedé preso de la curiosidad por ver la presa y visitar ambos pueblos.

En efecto, el segundo día de concurso me correspondió ir al paraje ‘Borzaduelos’ y pudimos estar durante casi toda la jornada en contacto visual con la" presa rota"; desde la zona se divisa en la parte contraria, margen derecha del rio Tera, un sendero de bajada  y acceso a la misma; hoy es difícil entender que por aquel sendero pudieran bajarse los materiales para su construcción.

Aquél mismo día, por la tarde, al no tener que juzgar la prueba de perros jóvenes que hubo aproveché para hacer turismo y visitar ambos Ribadelago. El Nuevo es un pueblo construido al estilo de otros de la época franquista que fueron trasladados de lugar por quedar sumergidas  por el agua de algunos embalses sus antiguas ubicaciones; dos personas y la  terraza de un bar desocupada es todo el bagaje que esa tarde se observa desde la calle principal del mismo.

A  Ribadelago Viejo se  accede tras pasar por un puente sobre el rio Tera;  a la izquierda sobre el césped de una gran casa de nueva construcción dos  niños juegan con su mascota en presencia de una  persona mayor (quizás su abuelo) que descansa en un sillón; la calle de acceso, quizás la única arteria principal por donde circular con coche bordea las edificaciones existentes a la derecha; pocos metros más adelante y, también  a la derecha, sobre una peña, un monumento recuerda a las víctimas de la fatal madrugada.  Tras aparcar a la sombra de los árboles que inundan los prados que hay en la parte izquierda y antes de acercarme al monumento otro coche se detiene y aparca;  de él bajan dos mujeres jóvenes con un niño de unos 8 ó  9  años; segundos después, ya a mi lado, observan  también el monumento y una de ellas explica al niño el significado de aquello. Además de la estatua de una mujer con un niño en brazos, sobre la roca hay clavado un panel de hierro donde figura el nombre de los 144 desaparecidos; no faltan las flores; de inmediato otros coches van llegando y más personas se suman a rendir tributo con su visita a las víctimas; aunque la catástrofe nos queda lejos, por el tiempo transcurrido y por afinidad con las víctimas, nos es difícil contener la emoción, a todos,  en  tales momentos.

Cuando los ojos se humedecen lo mejor es tomar de nuevo el coche y continuar calle adelante buscando un lugar donde poder dar la vuelta. Al final de la calle, a la derecha, un quiosco-bar tiene sus 4 ó 5 mesas repletas de clientes  en una terraza improvisada sobre la hierba; no tiene  música pero igualmente  sirve de reunión a visitantes o lugareños, refresco  en mano, en una tarde  de agosto, soleada y de excelente temperatura.

Allí mismo, aprovechando un sendero que sale hacia la izquierda, se  hace un cambio  de sentido  y se retorna hacia el monumento de recuerdo a las víctimas que ahora queda a la izquierda y se enfila de nuevo hacia el puente de salida tras volver a ver a los niños jugando en el jardín de la casa. Antes de esto he podido ver algunas casas nuevas, algunas construidas  en lugares altos mientras se adivina que el resto de calles son inaccesibles a los coches. Precisamente  el no haber pateado las calles interiores del pueblo debe ser lo que me ha impedido ver algunas placas  que las gentes de Ribadelago Viejo  ha puesto en memoria de sus seres queridos en aquellos lugares donde, supuestamente,  estaban sus casas antes de la catástrofe  y que me habían dicho que se podían ver.

 La salida del pueblo no es un adiós sino un hasta la próxima, porque si regreso en el futuro al lago sanabrés, rendir visita en recuerdo a quienes perdieron la vida aquella fatídica madrugada de hace 60 años se hace ya de obligado cumplimiento.

Antonio Vicente
Juez Internacional Canino