Martes, 17 de septiembre de 2019

El verano se acaba y no sabemos realmente lo que sucede...

Los días pasan, el verano acaba, empiezan los gastos, los recibos, y pronto los turrones y el frío, y los ciudadanos acusamos la crisis entre el cansancio y la acritud. Algunos con el turismo vacacional se han dado cuenta de que los españoles no somos iguales ante la ley al hacer uso de la sanidad, las carreteras, los incendios forestales, la fiscalidad, la gravedad de la emigración subsahariana, la delincuencia,  etc., nada nuevo. Por otro lado algunos preferirían no leer ni escuchar ninguna noticia. Pero al final acabamos escuchando o leyendo para ver que se cuece. Pero, ¿realmente sabemos lo que sucede?

Unos y otros parece que ahora no ofrecen sus votos, los venden, y ahora resulta que cada vez tienen menos compradores. Llevamos varias décadas atribuyendo a los nacionalistas más inteligencia que la que les cabe o tienen. Por una vez asistimos a un momento en que el sentido común del ciudadano anónimo, empieza a caer en “el vayate tú a la m...”.Lo cual empieza a dar que pensar a la verdadera democracia. Cada día parece más que no sólo ha sido el Estado, los políticos, los ciudadanos o los bancos,  los verdaderos causantes de la crisis. Todo está en crisis pero nadie sabe por qué.


El mayor problema es que más allá de la demagogia, la ideología del sexo, la inmigración ilegal, la delincuencia tolerada y la tentación populista, existe una cosa que se llaman cifras, compromisos internacionales, cifras de competitividad, mercado de derivados, costes, presupuestos, etc. Cosas aburridas y con poco gracejo, pero indispensables para que funcionen las cosas. El problema está en que los ciudadanos de a pie no suelen tener mucha idea de la sala de máquinas de un Estado y menos de cómo funciona, y el político de la tribuna, sabiendo cómo funciona calla la mitad y agita a las masas para que aplaudan su opera particular. Tema de la profundidad intelectual de un charco, que cree que lo que vale para un roto, vale para un descosido.

Es sabido de que el dinero de los contribuyentes debe o debería revertir en los contribuyentes. Eso es lo que debería suceder en todos los países democráticos del mundo. Pero en estos momentos que no sabemos bien a qué jugamos, lo que si es patente es el pesimismo indignado ante una falta de soluciones o de liderazgo que se respira por todas partes, y que, en verdad, puede llevar a ahondar la separación entre clase política y ciudadanos, con las graves consecuencias que generaría al poderse aprovechar de ello algunos inconscientes y recién llegados, pues “Roma no se hizo en un día”, ni como decimos aquí “Zamora no se tomó en una hora”.