Martes, 17 de septiembre de 2019

Hartos de mirar sin ver

“¡Ojos que a la luz se abrieron
un día para, después,
ciegos tornar a la tierra,
hartos de mirar sin ver!”

ANTONIO MACHADO

Si el mayor pecado de la Humanidad es la indiferencia, la peor enfermedad de los hombres y las mujeres es la abulia moral que aquélla genera. Quiere la casualidad que quien esto firma oiga el relato turístico de un grupo de jóvenes recién llegados de su periplo vacacional mediterráneo, que exhiben casi como trofeos cientos de fotografías realizadas en uno de los más hermosos paraísos europeos, la isla griega de Lesbos, mientras narran sus andanzas, entre festivas y alcohólicas, por las playas de Plomari, en el ferry desde Salónica o en las almenas del castillo de Mitilene. El sol salvaje del sur ilumina las fotografías, y el colorido paisaje de un Egeo lujurioso no oculta que las risas amplias y las poses repetidas y burlonas ante el gran anfiteatro, junto a las villas romanas o cerca de alguna iglesia bizantina, dan noticia de que el viaje de este grupo de acomodados jóvenes europeos no ha tenido inquietudes culturales y sí el corto vuelo viajero de los que miran sin ver. Preguntados por su conocimiento de la “otra” realidad de Lesbos, la isla que al parecer han recorrido entre borrachera, fiesta, fotos y posturas, ya casi ni sorprende su obscena ignorancia cuando afirman desconocer de qué se les habla, ignorar de plano lo que se les pregunta y no tener conciencia (ni preocupación) de la existencia en la isla de uno de los más terribles infiernos de la Tierra, el campamento de refugiados de Moria, uno de los lugares más violentos del mundo, donde las violaciones, el hambre, la inseguridad, el robo, la venta de personas y el asesinato campan por sus respetos ante la incapacidad (o la culposa pasividad) de unas autoridades que han pasado de un acogimiento precario de los gobiernos progresistas a la expulsión inmediata de los actuales conservadores. Y uno oye esas carcajadas indiferentes y orgullosas de su propia ignorancia de los que, justo al lado del horror, mientras disfrutaban del privilegio no ganado de haber nacido en brazos y lugares que quizá no merezcan, ni saben ni quieren saber de las llegadas diarias a Lesbos de barcas con refugiados hambrientos y muertos, ni de la violencia en el campo, la barbarie y la podredumbre que se genera en toda la isla entre miles y miles de menesterosos fugitivos de otras miserias, viejos y niños también, que se hacinan, convenientemente ocultos a los gordos turistas del selfie, no solo en Moria, también en Olive Grove, Kara Tepe y otros centros griegos donde la indignidad de los gobiernos europeos se alza como una bandera.

De la tragedia humana de los refugiados, a la que el mundo da la espalda elevando muros de piedra y de soborno en Turquía, en la frontera mexicana, en Melilla o en Gaza; de la costumbre de mirar a otro lado y hacer de la tragedia humana de los que huyen de la muerte y la miseria un tema solo de telediario; de la aceptada, ya imparable y vergonzosa división de las personas en grupos con derechos y sin ellos, con algo y con nada, y en connivencia con gobiernos negligentes y criminales, se ha generado esta otra especie de turistas indiferentes, ignorantes y ajenos, que toman fotos o son sedentarios de boca abierta que exigen, gritan y reclaman su derecho a la tranquilidad de no saber, a que no les despierte de su modorra el griterío del sufrimiento ajeno...; esa especie indigna a la que pertenecen los que mostraban sus mezquinas fotografías y los que les ríen la gracia, capaces de pasar sin mover una ceja por delante de una valla de donde cuelga la esperanza de los hambrientos, el jirón de vida de los expulsados y la última esperanza de los perseguidos; grupos, países, gentes cada vez más numerosos entregados a la ruindad de la fiesta a un kilómetro del hambre, al lado ciego de las violaciones, sordos para la angustia e inmunes a la desesperanza...

Es sabido que el sufrimiento y la indiferencia ante el sufrimiento son fuente de demagogia política, populismo barato y facundia vacía. Y de pereza. En eso estamos, y cuando un prócer que luego hará nada eleva al cielo su santa indignación por el drama de los refugiados, cuando alguien presume de ignorarlos o despreciarlos, cuando la indiferencia triunfa y la risotada oculta el grito, los ojos del último muerto en Moria, suicidado o asesinado ayer mismo, califican exactamente la estatura moral de cada uno.