Martes, 17 de septiembre de 2019

Rosalía y la izquierda

Cada vez que oigo que la izquierda española ni gana ni  gobierna porque está muy dividida, me acuerdo de Cheíto el alucinero esquivo.  Al sevillano le han detenido 131 veces y otras tantas salió ileso de la policía y los jueces. Es evidente que en alguna parte hubo incompatibilidad de caracteres, aunque 131 veces parecen excesivas hasta para un andaluz por muy amante que sea a las hipérboles.

Lo mismo que a Cheíto le pasa a Rosalía, esa muchacha catalana que encabronó a Valladolid porque para cantar pidió el dinero que le dan en todas partes. Mejor dicho que le daban, porque el tiempo y ella misma se encargaron de desmentir a un alcalde que no supo ver en la rotunda catalana la primera española en ganar  un MTV Music Award. Ahora cobra cinco veces más. Para llegar adonde está la joven de Malamente arrasó por donde pasó, conquistó antes a Almodóvar, chascó los dedos y decenas de miles de fieles salen a su encuentro cada día.

Lo de menos es que Almodóvar esté enamorado de ella,  eso a mí me trae al fresco. Confieso que verdeo otra vez y salgo de la isla de los viejos cuando la oigo tan quedito esa mixtura del flamenco y pone de los nervios a las Cien Mil Hijas de San Luis que llevan tantos años luchando por su trono y su parné. Qué le vamos a hacer si la vida se nos va a unos sin dejar un solo rastro y a otras como ella les llega de pronto como una luz en vez de un asesino de esquinas en las novelas por entregas que las madres compraban en aquellos  tiempos del pan negro.

A Rosalía la acusan de todo y, al contrario de Cheíto, no ha hecho nada. Salvo cantar como Dios le da a entender y como nos gusta a los pueblerinos de este país de exilios. Dicen que uno de sus pecados es el de apropiación cultural. Yo no sé qué es eso. Quien lo sabía de verdad era Pemán, presidente de la comisión de depuración que dejó sin trabajo a miles de maestros y artistas. O un señor de Salamanca que intentó hacerse con el botín de la cultura salmantina y casi lo consigue del todo. Fue muy bien pagado durante toda su vida, pero no pudo evitar que varios poetas se tiraran al monte de la libertad. Y encima ejercieran como Rosalía, pero con dinero del franquismo. Caraduras.

Desde que se instaló en España el régimen del 78, oímos con frecuencia que la izquierda no gana por la abstención. Dan por hecho que quienes se quedan en casa y no votan son los suyos. Ni siquiera contemplan que la abstención es también un derecho democrático. Y no se paran a pensar que quizás la seducción de la izquierda no se ve por ninguna parte.

Muñoz Molina desmitifica a la izquierda española en su novela “La noche de los tiempos”. Cuando había en este país una izquierda. (También desmitifica a Pedro Salinas, pero esto de poetas es un tema muy raro. Y tengo que decir que yo llegué a Salinas antes que Muñoz Molina, a través de muchas conversaciones con su hijo Jaime).

Hablo de la izquierda española en tiempo pasado. Y lo hago conscientemente. Ya sé que no hay valor absoluto como dejó escrito en un poema de clavijas mi hermano Manuel López Azorin. Y que todo es relativo, hasta la presunta belleza de la esposa que no puede contestarse en abstracto sino siempre comparada con quién.

El partido que surgió en Suresnes en 1974 sobre las ruinas de unas siglas testimoniales que comandaba en el exilio el viejo Rodolfo Llopis nunca fue un partido de izquierdas. Ese mismo año empezó un viaje hacia la socialdemocracia para ocupar el espacio del centro donde habitaban las clases medias y que tarde o temprano habría de dejar libre el invento apresurado de UCD. Adolfo Suarez ni tuvo partido ni tuvo partidarios. Ganó las primeras elecciones agitando el fantasma de la llegada de los rojos. Luego se desmoronó.

Si rebobinamos y volvemos a Francia (allí se coció todo) quieran o no quieran los durmientes, la legitimidad democrática española en Europa la tenía el PCE. Este sí siempre fue un partido de izquierdas, con Carillo, con Anguita, con Iglesias. En cuanto comenzó a diluirse en otras siglas “para modernizarse” se inició su hemorragia. Y ahora mismo es un residuo dentro de otro partido emergente que lleva el  mismo camino, aunque sea de izquierdas.

¿Qué queda de la izquierda española? Muy poco. En la que vino de  Francia y la que estaba luchando dentro en los cinturones rojos de las ciudades nunca hubo vocación de gobernar. Cambiar la vida de la gente, sí. Pero un país viviendo en la libertad condicional de los generales, no era terreno abonado para hacer ni siquiera amago de acercarse al poder.

En cuanto al PSOE, en el famoso congreso de 1979 donde Felipe González -a quien su ex mujer Carmen Romero, la luchadora sindicalista hija de un coronel, le hizo sitio en la política y no al revés- formuló la orden de borrar del mapa al marxismo, se le cayó la careta. Porque se supone que ser de izquierdas es luchar por repartir la riqueza. Pero no instalarse en el almacén de la riqueza, ignorando la igual de oportunidades económicas para todos, irrenunciable principio marxista y cristiano. En manos de Solchaga y Boyer, (los dos venían de la Banca y tuvieron “amistades peligrosas”) el socialismo se convirtió ya en un recuerdo. Esta pérdida de identidad significa mucho, pero no lo explica todo. Sencillamente: el PSOE moderno  es otra cosa porque abandonó la política por la aritmética. A veces, gobernar es traicionarse. Y otras, ni siquiera eso. Lo que resulta indudable es una apropiación indebida por parte del PSOE, mientras que la inocencia de Rosalía salta a la vista.

Si el PSOE fue alguna vez de izquierdas, fue antes de nacer yo, no digamos ya Cheíto o Rosalía. Claro que al decir esto hay que repensar lo de las comparaciones sobre la belleza de la esposa. Porque  si ponemos en la balanza a Ivan Redondo, ideólogo del actual PSOE, con los que gobiernan cuatro Comunidades Autónomas ahora mismo, seríamos  benévolos con el partido más votado. Y virgencita, que me quede como estoy.

Y porque en  mi tierra hay cuatro alcaldes de extrema derecha, proclaman los que llevan las cuentas. No me hagáis reir: hay cuatro alcaldes que ahora tienen marca propia, pero siempre hubo muchos aunque la voz fuese más popular. Tendemos a mirar lejos lo que come y bebe en  nuestro nidal. Para lo bueno y para lo malo, que la listeriosis no se llama así por Líster el guerrero rojo español, sino por un inglés, ya ves tú.

Y el líder ultraderechista de esos alcaldes acaba de profanar el Parlamento con un discurso que creíamos no volveríamos a oír. Pánico dan las nuevas elecciones que se avecinan, mientras los desterrados por la gente -el Nuevo Trío de las Azores- se frotan las manos. Verás cómo estos se entienden, porque aunque parezca que no, hablan el mismo idioma. Y estoy por apostar que piensan lo mismo. Ay, Cheíto cuantas multiplicaciones tuyas nos acechan.