Martes, 17 de septiembre de 2019

Caridad

Si no tengo caridad, no soy nada

Pablo

 

Considero que la religión no consiste ni en las opiniones de una metafísica ininteligible ni en las diferentes manifestaciones, sino en la adoración y en la justicia. Hacer el bien: este es su culto; estar sometida a Dios: esta es su doctrina.

Voltaire

Amar no consiste solo en dar las propias riquezas, sino en revelar al otro las suyas, sus dones, sus valores y su capacidad de crecer. Es importante acercarse a las personas heridas con mucha humildad y respeto, aceptándolas tal como son, nos comentaba el recientemente fallecido Jean Varnier. El amor, o si se quiere la caridad es la identidad más importante del ser cristiano. Es un amor (Agápē) que reclama y exige la realización del otro, de compartir su suerte y ponerse en su lugar, algo que solo puede ser fruto de la voluntad y la libertad. El agápē es el Amor que nos introduce en el amor. Es el amor de Dios que nos permite amar con misericordia y hacernos responsables del otro. Todo proviene de la caridad de Dios, todo adquiere forma por ella, y a ella tiende todo. La caridad es el don más grande que Dios ha dado a los hombres, es su promesa y nuestra esperanza (Benedicto XVI, CV,2)

El agápē es un don de entrega, no es dar limosna, es el compromiso de la persona en todo su ser, es darse a sí mimo. Ese amor requiere humildad, servir a los hermanos, salir de sí mismo. El agápē es una disposición de ceder y perdonar, es una asimetría voluntaria, con la que se puede crear una sociedad verdaderamente humana y fraterna. Es una de las grandes contribuciones del cristianismo a la convivencia en sociedad.

El 5 de septiembre, día que falleció Teresa de Calcuta, desde al año 2013 se celebra el “Día Internacional de la Beneficencia”. Madre Teresa fundó en 1950 la orden de las Misioneras de la Caridad en Calcuta, para atender a los pobres entre los pobres. Durante 45 años ejerció su ministerio entre pobres, enfermos, huérfanos y moribundos, mientras las Misioneras de la Caridad se extendían, primero por la India y luego por otros países, con la creación de hospicios y residencias para los pobres y desamparados. Su labor obtuvo el reconocimiento y la alabanza del mundo entero y le granjeó numerosos premios y distinciones, entre otros el Premio Nobel de la Paz en 1979.

Las Naciones Unidas considera, que para mitigar la pobreza y preservar el planeta, se redactaron 17 objetivos de Desarrollo Sostenible para cumplir antes del 2030. Uno de los medios para alcanzar esos objetivos es promoviendo acciones altruistas entre las naciones, así como promover el voluntariado y la filantropía que contribuya a la promoción del diálogo, la solidaridad y la comprensión entre las personas y los pueblos. También la creación de sociedades inclusivas y resistentes para permitir aliviar los peores efectos de las crisis humanitarias y complementar los servicios públicos de atención de la salud, la educación, la vivienda y la protección de la infancia.

Promover la caridad es una buena plataforma para difundir los 17 objetivos del milenio, que tienen como elementos esenciales la dignidad de los seres humanos y del planeta, la prosperidad, la justicia y la solidaridad para hacer frente a los desafíos que se enfrenta la humanidad en los próximos años. También pueden proporcionar un marco para que diferentes instituciones encargadas de la solidaridad puedan contribuir a mejorar nuestro mundo.

La caridad cristiana no se contenta con ayudar, sino que empuja al discípulo y a toda la comunidad para ir a las causas de malestar y busca eliminarlas, en la medida de lo posible (Francisco en Palermo, 2018). La caridad que deja a los pobres tal y como están no es suficiente. La misericordia verdadera, es aquella que Dios nos da y nos enseña, es la que pide justicia, pide que el pobre encuentre su camino para dejar de serlo. La caridad, para Francisco, es desarrollo integral y comunión y vivirlos con el estilo de la pobreza, la gratuidad y humildad.

No olvidemos que el hambre de los pueblos desnutridos no tiene que ver solo con los alimentos, sino también con la dignidad, la responsabilidad y la libertad. La responsabilidad nace de ese amor que descubrimos como misericordia. La acción responsable es una respuesta de nuestra conciencia y de nuestro interior a la realidad que se nos impone como injusta y deficiente. La responsabilidad nos ayuda a recuperar una caridad basada en la justicia, no en la limosna. Una caridad que es el amor de Dios en el hombre y que no existe fuera de él para realizar un mundo más justo y más fraterno.

La primera obra importante de las misioneras de la Caridad fue la Casa de los Moribundos de Kaligat, donde alojaban a las numerosas personas abandonadas en las aceras. A la madre Teresa le confesó uno de los moribundos al que asistió en su muerte: “¡Gracias, Madre! He vivido como un animal por las calles. Gracias a sus amorosos cuidados, voy a morir como un ángel…”. Les trataba como personas y les enseñó a serlo, incluso en su muerte, apartándoles del espectáculo de las calles. Hacia el final de su vida, desveló que habían fallecido en este hogar unas 45.000 personas.

De los numerosos nombres que el amor o el agápē ha recibido a lo largo de los siglos hoy confluye en la palabra solidaridad. Un modo de ayudarse mutuamente los diferentes grupos humanos, pero haciéndose crecer mutuamente. La solidaridad es la caridad política, pero sin perder de vista la justicia, donde esta no llega debe llegar la solidaridad. 

En nuestras sociedades individualistas e insolidarias, en el día de la Beneficencia se nos recuerda que los grandes valores del amor, la justicia, la igualdad, solo pueden ser despertados por la solidaridad. Parece que el bienestar y el consumismo nos prohíbe pensar en los que más sufren, reprimiendo una cultura del corazón. Allí donde no hay corazón tampoco crece la esperanza. La misericordia no se ejercita en acciones concretas, se vive en cada instante, en la entrega gratuita y desinteresada se puede saborear ese verdadero amor, materializándolo en el hambre por la justicia, que es la verdadera solidaridad.